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16-09-2003
LA OVEJA COMO MISERICORDIA
 
Por Daniel Reyes León

Exposición EWE-03 de Max Corvalán
Entre 1 y 25 de agosto del 2003
Museo de Arte Contemporáneo
Parque Forestal s/n.

Si bien la obra montada en el MAC durante el mes de agosto no produjo ninguna demanda de parte de los grupos ecologistas y ya ha pasado su período de muestra, me parece pertinente en un momento en que el país vive una profunda revaloración simbólico-histórica, publicar los comentarios que me suscitó aquel trabajo de Max Corvalán. La obra fue descrita así en la misma págian del MAC:

La sala Valenzuela Llanos del MAC ha sido dividida a lo largo, por una vitrina de 10mt x 2.10mt. El primer espacio -un especie de pasillo- sirve como mirador del segundo, donde el espectador puede ver a la oveja que vivirá el tiempo de la exhibición y además una proyección a gran escala donde aparecerá él mismo (el espectador). La oveja tendrá sobre su cabeza, sujeta con un arnés, una diminuta y sofisticada cámara de video inalámbrica que trasmitirá a tiempo continuo hacia el proyector antes mencionado. El piso se cubre con un linóleo que aisla de las deyecciones del animal y se recubre con pasto seco para que el animal se sienta mas cómodo, el espacio por razones practicas y plásticas se encuentra con un numero indeterminado de fardos de alfalfa y se ha contratado una persona que se hará cargo de alimentar y asear diariamente el lugar.

Catalogar esta obra de Max Corvalán como una obra religiosa no es del todo descabellado. La oveja es un símbolo potentísimo desde la historia de las religiones y no sólo como un animal sagrado, sino como ejemplo de sumisión y benevolencia, valores o cualidades que son la base fundamental de toda religión en un contexto social. El hecho de poner una oveja en el museo desde una plataforma teórica ligada a la ciencia, está determinado por el gesto de poner a circular socialmente un símbolo, con la salvedad que este símbolo, codificado bajo el nuevo contexto del museo, trasciende a las interpretaciones religiosas y/o científicas, y se propone como el animal que sencillamente es.

Existen otras historias de ovejas: la de los arrieros y la zoofilia, la de Dolly y el futuro de una humanidad clonada, incluso las ovejas seccionadas de Damien Hirst, que también desde una plataforma de experimento científico-artístico, vincula el impacto de la bisección -de las vísceras- y el espectáculo. De alguna manera, la presentación de Corvalán es una manifestación empírica de la realidad; nos deja una puerta abierta para confeccionar nuestro ideario simbólico desde el cual inevitablemente configuramos y ordenamos la percepción. No quiero parecer redundante, pero en la actualidad y bajo el constante bombardeo de códigos de interpelación e interpretación al cual nos someten tanto los medios de comunicación como la publicidad, puede ser perfectamente posible que vayamos a ver la oveja al museo y no seamos capaces de, efectivamente, ver la oveja. El estado adormecedor con el cual se estacionan las obras en los museos nos obliga a la pasividad y a mirar todo con ojos distantes, sin siquiera darle un sentido o una posible lectura, aunque sea de manera tentativa.

La oveja de Corvalán en su sencilla actitud de animal útil y de símbolo digerido socialmente, invita al visitante a mirar la oveja. Para reafirmar la propuesta se ha instalado un juego de cámaras y monitores, que establecen un juego de miradas básico entre el ver y el ser visto, de verse de uno a uno con la oveja -con el símbolo y con el animal-, con el olor a heces y con los monitores que juegan a transformar al espectador en parte de la obra.

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