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T.L.C.
(INTERNATIONAL SOPAIPILLA)
Formato: Escultura
Artista: Rodrigo Piracés
Multisala Cultural Baquedano
Hasta el 21 de Junio |
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A
veces, la preocupación por realizar un arte que
tenga que ver con lo contemporáneo produce cierta
confusión y se enlaza con un tipo de contingencia
banal, más bien, con una banalización
de la contingencia, en un sentido declamatorio, en el
que queda tapiada la posibilidad de una (otra) interpretación.
Este es el caso de la exposición de Rodrigo
Piracés, actualmente en exhibición
en la Multisala Cultural de la Estación Baquedano,
llamada T.L.C. International Sopaipilla S.A.
con el subtítulo de "arte para quedar bien
en el extranjero".
La
exposición contiene una serie de esculturas cuyo
eje conceptual pareciera ser el movimiento, relaciones
con anemómetros y ventiladores, junto con reiteradas
menciones hacia obras de arte cuyo estandarte fue cierto
cinetismo, entre otras cosas (La rueda de Bicicleta
de Duchamp, en este caso), pero reposicionadas, o aparentemente
"politizadas" respecto a sus títulos
y a las imposiciones textuales sobre los mismos objetos.
Con
la intención de parecer más atractivo
al gran público, (como una campaña publicitaria,
sostiene el texto de presentación) las esculturas
están maquilladas con elementos que se suponen
característicos de una identidad de lo chileno,
sopaipillas y celulares. Queda poco claro, en este caso,
las intenciones de este autoboicot por parte del artista,
¿está parodiando la posibilidad de ser
un artista reconocido en el extranjero mediante la chilenización
de dispositivos artísticos tradicionales? ¿Está
banalizando la posibilidad de realización de
un arte más allá de una contingencia volátil?
La respuesta no queda clara.
Si
acudimos a la producción objetual de Nicanor
Parra, podríamos encontrar un referente más
claro en cuanto a la utilización de estrategias
textuales al interior de las obras. No obstante, en
el caso aquí tratado, el cruce entre una tradición
escultórica y una poética quedan a medio
camino, su objetualidad es demasiado elaborada para
la precariedad del aparato textual.
Quizás,
el problema en esta exposición, sea precisamente
la verbalización de las alegorías, o la
alegorización de objetos artísticos que
podían llegar a tener una lectura más
amplia; da la impresión que las esculturas hubieran
sido encajadas a presión en un tipo de crítica
gubernamental como una suerte de militancia añeja
que presume que la única posibilidad crítica
del arte es la ilustración semi-metafórica
de las contingencias del gobierno.
Con
esto no quiero decir que sea imposible concretar una
crítica contingente mediante un trabajo de arte,
más bien, que frecuentemente estas críticas
quedan matizadas bajo una tenue cortina de algo que
es políticamente correcto, o sea, una crítica
que no incomoda, que sólo refleja el pensamiento
crítico más básico en relación
con un estado socio-económico de cosas.
En
la exposición, al contrario de lo sostenido por
Piracés en el texto de presentación, los
títulos y los elementos temáticos clausuran
la posibilidad de una profundización en relación
con la crítica (política) que inaugura,
cada escultura señala su funcionalidad, y esa
funcionalidad sobrerrepresenta el problema.
No
obstante, y a pesar de ese forzamiento, hay otro forzamiento
que parece funcionar. Me refiero a la individualización
escultórica de cada objeto (al tener cada obra
un plinto y un título), que produce una especie
de parodia museal al interior de una galería
de tránsito. Creo que el blanqueo de las obras
contribuye un poco a eso también, una exhalación
de tradición parodiada, que reduce la molestia
de la imposición neoliberal (de las sopaipillas,
a fin de cuentas, como forzamiento innecesario de la
identidad de país) y de las metáforas
políticamente correctas de la artisticidad chilena.
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