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En la época en la que Gericault creó su célebre Balsa de la Medusa, la pintura era todavía el medio encargado de retratar y difundir los acontecimientos importantes de la historia, tarea que hoy en día realizan el cine, la televisión y la fotografía principalmente. De hecho, Paul Virilio señala que ya por aquél entonces se manifiesta, en alguno de los pintores, el interés de la prensa actual por las noticias escandalosas y violentas, tal como lo es el naufragio del barco La Meduse. Cuan camarógrafo de CNN, Gericault capturó el momento mismo en el que los náufragos divisan, a lo lejos, la fragata francesa que se niega a rescatarlos, y lo transmitió mediante su pintura de tal forma que el espectador creyera estar presenciándolo en vivo y en directo. De esa manera, según Virilio, el pintor sobrepasa toda representación para ofrecer la presencia misma del acontecimiento, tal como la fotografía instantánea. Ante los ojos del espectador, solamente desfilan la "galería de expresiones humanas" que componen la obra; no hay "obstáculos" que medien entre él y el acontecimiento representado -tales como el artista, la técnica o los materiales empleados-. El pasado diez de marzo se instaló en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago "La Balsa de la Medusa" de la artista chilena Judith Jorquera, cuya realización tomó alrededor de un año de trabajo. Hasta hace no más de dos meses, a simple vista, la pintura de Judith sólo se diferenciaba del original por el tamaño, ya que -a pesar de contar con el financiamiento del Fondart- no fue posible dar con un espacio apropiado para la realización de una pintura que tuviera los cinco metros por siete metros con los que cuenta la tela ubicada en el Louvre. Sin embargo, las diferencias formales entre estas dos pinturas aumentaron una vez que la más reciente de éstas fue terminada. Con la ayuda de la marina chilena, la autora lanzó su pintura al mar desde el puerto de Valparaíso, dejando que permaneciera a la deriva -tal como la balsa misma- durante ocho días, para ser nuevamente rescatada y expuesta en el MAC. "La Balsa de la Medusa" de Judith Jorquera es a "La Balsa de la Medusa" de Gericault, lo que el Quijote de Pierre Menard es al Quijote de Cervantes, y -tal como en el cuento de Jorge Luis Borges- es en el contexto en el cual surgen cada una de esas obras donde reside gran parte de su significancia. Tanto la época como el lugar en donde estas pinturas fueron realizadas las individualiza como piezas únicas e irrepetibles -a pesar de ser casi idénticas entre sí-. El naufragio retratado por Judith carece de la violencia que rebosa la tela de Gericault. Aún suponiendo que dicha "galería de expresiones humanas" que compone la obra haya sido realizada con una maestría equivalente a la del pintor romántico, la no-inmediatez del suceso retratado aminora el efecto de espanto y asombro en el espectador -tal como sucedería si en doscientos años se retratara el accidente aéreo producido en los Andes, llevado al cine bajo el nombre de "Viven!". Siguiendo esa línea, se puede decir que la contemplación del naufragio a través de la Balsa de Judith se asemeja a la segunda lectura de un libro clásico. Por otro lado, el referente inmediato de la pintura de Judith no es tanto el naufragio mismo como el retrato del naufragio realizado por Gericault en el año 1819. En ese sentido, ninguna de las dos pinturas puede ser considerada original o copia de la otra. Sin embargo, visto desde la perspectiva de la reproducción del acontecimiento, entre la pintura de Gericault y la de Judith se produce cierto desgaste en la imagen; la "transparencia" conseguida por Gericault se aminora, y lo que antaño fue para el espectador pura presencia, hoy es de nuevo pintura. Los "obstáculos" que median entre el hecho del naufragio y el espectador, eludidos intencionalmente por Gericault, aumentan en número e intensidad. Por un lado, para quien posea un registro visual de la "Balsa " de Gericault, le será difícil no analizar -aunque sea a la ligera- el nivel de acierto o error técnico en la pintura de Judith, acentuándose de esa manera el ser pintura de la obra. Pero por otro lado, las huellas de la operación poética a la cual la tela de Judith fue sometida -el sumergimiento en el mar- conducen la atención hacia el proceso mediante el cual fue realizada la obra, otorgándole prioridad, en términos de Virilio, al trayecto por sobre el punto de llegada. La Balsa de la Medusa de Judith Jorquera prueba que dentro de las artes plásticas contemporáneas, la violencia no sólo cumple el papel de un referente que debe ser representado lo más fielmente posible a la idea que de él tiene el artista, tal como en el caso de Gericault. La sola realización de una pintura puede comprender en sí un acto violento, así como hay quienes han creído ver en atentados terroristas manifestaciones artísticas. Las cartas al director que últimamente ha publicado El Mercurio, en las cuales distintas personas han manifestado su indignación con respecto a la Balsa de la Medusa de Judith, así lo demuestran. El argumento principal con el que justifican su desacuerdo consiste en que son sus impuestos, transformados en fondos concursables, los que en definitiva financian esa manifestación que ellos no alcanzan a considerar artística. Ignoran que sus quejas no son más que una respuesta ante la violencia de la cual están siendo víctimas. La contemplación de toda obra que atente contra lo que el espectador entiende por arte resulta violento. Es muy probable que para estos lectores del Mercurio no haya nada artístico en el derroche que significa tirar por la borda, literalmente, una pintura que le tomó a su autora casi un año de trabajo. Para finalizar, quisiera utilizar la frase de Peter Weibel con la que concluye el artículo "Cuando el arte es el campo de batalla" del suplemento de Artes y Letras del Mercurio del pasado domingo dos de marzo: "El arte que produce sentimientos de identificación no puede evitar la guerra, ya que al 'nosotros' que se forma, se opone un 'ellos' al que debe rechazarse". |
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