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Que
el título de este artículo tenga tantas
siglas por descifrar no es una casualidad. Tampoco lo
es que el comienzo se retuerza tautológicamente
en describir las instituciones que nos permiten mirar
obras que muchos solo hemos conocido por medio de la
reproductibilidad técnica de la imagen. En artículos
anteriores reflexiono sobre la posibilidad de ver en
vivo y en directo pinturas que solo eran visibles por
medio de la iconografía de la reproducción;
sin embargo, ahora creo necesario abrir esta lectura
al hecho que la pintura, como la expresión artística
más representativa de una época y como
posibilidad artística actual, requiere más
que nunca de la presencia física para constituirse.
Y no es solo para apreciar y conocer los diferentes
recursos técnicos, sino porque el amaneramiento
adquirido por la reproducción aplana la realidad
y desvanece las expresiones pictóricas que, hoy,
en contraste con la instantaneidad de la infografía,
podemos separar y entender tanto dentro como fuera de
los contextos históricos que nos propone una
pintura.
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Releer
formalmente induce a volver a mirar, pero no porque
necesitemos beber aguas servidas y acondicionar los
anticuerpos para hacernos más resistentes, sino
para acercar la imaginería pictórica y
saltar las épocas a favor de la comprensión
del mundo actual. Porque, aunque los viajes al espacio
ya no requieran de ojos humanos para afirmar las hipótesis
de los científicos y lo que envían las
sondas espaciales sean solo información en código
binario, siempre será necesario comprender los
fenómenos desde la mirada. Este fenómeno
se alimenta por varias vías que no culminan en
el trampismo, sino que connotan la noción de
realidad que un individuo pueda manejar. La colección
del BBVA en el MNBA no es un código enviado por
una sonda a millones de kilómetros de distancia,
sino una serie de pinturas conservadas para ampliar
e incluso introspectar desde las lecturas más
triviales.
Un
cráneo pintado por Sorrolla cuando éste
era un aprendiz de pintor me trae de inmediato las primeras
clases de pintura con modelos de la misma índole;
y los cielos cubiertos con lámina de oro en algunas
pinturas religiosas, las vinculo directamente con los
actuales poderes económicos mundiales. La lectura
histórica no nos obliga a entender la historia,
y la denotación -es decir, el gesto que nos desvía
hacia el tema- de una de estas pinturas no tiene porqué
confundirse con su denotación -es decir, lo que
nos lleva a desplegar sus posibles contenidos. Con esto
pretendo desvincular el nexo a veces forzado entre época
y obra, para así plantear una de las primeras
preguntas que surgen cuando se ve una de estas pinturas:
¿Por qué existen estas pinturas? Y sin
necesidad de entrar en lo que son las problemáticas
institucionales, aquellos códigos de los que
hablaba en un principio, podemos entrar a cambiar las
premisas y, ante el hecho irrefutable de su existencia,
ver que existe en ellas cambiando la pregunta a: ¿Qué
existe en estas pinturas?
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Paul
Virilio plantea que, en la actualidad, la verdadera
tercera dimensión de la representación
radica en la información, en cómo cada
individuo y cada sociedad deposita una carga informativa
-no necesariamente estadística- en el entendimiento
y comprensión de algo que irrumpe como fenómeno
cultural. Es así como la posible profundidad
de esta muestra radica justamente allí, en esa
tercera dimensión tan ilusoria como la de Durero
en su momento, pero conectada con el devenir de una
serie de ilusiones que en el futuro estaremos condenados
a denominar historia y contrastar con estas magníficas
expresiones de la pintura.
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