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P L Á S T I C A
07 de junio de 2004
COLECCIÓN BBVA EN EL MNBA
Por Daniel Reyes León

Que el título de este artículo tenga tantas siglas por descifrar no es una casualidad. Tampoco lo es que el comienzo se retuerza tautológicamente en describir las instituciones que nos permiten mirar obras que muchos solo hemos conocido por medio de la reproductibilidad técnica de la imagen. En artículos anteriores reflexiono sobre la posibilidad de ver en vivo y en directo pinturas que solo eran visibles por medio de la iconografía de la reproducción; sin embargo, ahora creo necesario abrir esta lectura al hecho que la pintura, como la expresión artística más representativa de una época y como posibilidad artística actual, requiere más que nunca de la presencia física para constituirse. Y no es solo para apreciar y conocer los diferentes recursos técnicos, sino porque el amaneramiento adquirido por la reproducción aplana la realidad y desvanece las expresiones pictóricas que, hoy, en contraste con la instantaneidad de la infografía, podemos separar y entender tanto dentro como fuera de los contextos históricos que nos propone una pintura.

Releer formalmente induce a volver a mirar, pero no porque necesitemos beber aguas servidas y acondicionar los anticuerpos para hacernos más resistentes, sino para acercar la imaginería pictórica y saltar las épocas a favor de la comprensión del mundo actual. Porque, aunque los viajes al espacio ya no requieran de ojos humanos para afirmar las hipótesis de los científicos y lo que envían las sondas espaciales sean solo información en código binario, siempre será necesario comprender los fenómenos desde la mirada. Este fenómeno se alimenta por varias vías que no culminan en el trampismo, sino que connotan la noción de realidad que un individuo pueda manejar. La colección del BBVA en el MNBA no es un código enviado por una sonda a millones de kilómetros de distancia, sino una serie de pinturas conservadas para ampliar e incluso introspectar desde las lecturas más triviales.

Un cráneo pintado por Sorrolla cuando éste era un aprendiz de pintor me trae de inmediato las primeras clases de pintura con modelos de la misma índole; y los cielos cubiertos con lámina de oro en algunas pinturas religiosas, las vinculo directamente con los actuales poderes económicos mundiales. La lectura histórica no nos obliga a entender la historia, y la denotación -es decir, el gesto que nos desvía hacia el tema- de una de estas pinturas no tiene porqué confundirse con su denotación -es decir, lo que nos lleva a desplegar sus posibles contenidos. Con esto pretendo desvincular el nexo a veces forzado entre época y obra, para así plantear una de las primeras preguntas que surgen cuando se ve una de estas pinturas: ¿Por qué existen estas pinturas? Y sin necesidad de entrar en lo que son las problemáticas institucionales, aquellos códigos de los que hablaba en un principio, podemos entrar a cambiar las premisas y, ante el hecho irrefutable de su existencia, ver que existe en ellas cambiando la pregunta a: ¿Qué existe en estas pinturas?

Paul Virilio plantea que, en la actualidad, la verdadera tercera dimensión de la representación radica en la información, en cómo cada individuo y cada sociedad deposita una carga informativa -no necesariamente estadística- en el entendimiento y comprensión de algo que irrumpe como fenómeno cultural. Es así como la posible profundidad de esta muestra radica justamente allí, en esa tercera dimensión tan ilusoria como la de Durero en su momento, pero conectada con el devenir de una serie de ilusiones que en el futuro estaremos condenados a denominar historia y contrastar con estas magníficas expresiones de la pintura.

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