|
AL
SILENCIO
Autor: Gonzalo Rojas
Edición de Mario Salazar y Regina Rodríguez,
con fotografías de Mariana Matthews y Claudio Bertoni,
y diseño de Manuel Araneda
Editorial: Dirección de Bibliotecas, Archivos y
Museos, DIBAM
Edición: Santiago, 2002
207 páginas y Disco Compacto
|
|
Lo primero
que debía hacer era advertir al lector que estas palabras sobre
Al silencio, el tercer volumen antológico de la
obra poética de Gonzalo Rojas publicado por la Biblioteca
Nacional, iban a tener como punto de partida una incomodidad ante la figura
pública del poeta publicitado como el arúspice de la sensualidad
de cartón, apoyado por la falsedad de la edición de los
libros de mesa de centro que hicieron. Hasta podía permitirme adjetivos
agresivos y preguntas: belleza, poesía, turismo. Por incomodidad
quiero decir ese insondable rechazo que provoca hallarse de pronto ante
una página de una revista de mujeres exitosas en la que aparece
una fotografía de estudio de Gonzalo Rojas bien maquillado
y tumbado sobre el cubrecamas de pluma de una cama de cuatro plazas en
un dormitorio minimalista, declarando lo regias que son las mujeres chilenas.
Pero no.
Al fin y
al cabo sentía la necesidad de aproximarme a una crítica
literaria de Rojas, entre tanta alabanza a la exquisita ars amandi del
Viejoven están sus poemas, los que debían suspender mi incredulidad
ante homenajes prepóstumos y ediciones definitivas. Me aboqué
al libro despojado de toda relación cultural inevitable. Intenté
leer, en una primera sentada, pero me interrumpían las límpidas
fotografías de paisajes marinos y naturalezas susurrantes de Mariana
Matthews y Claudio Bertoni. Bellas, sí. Estilizadas, sí.
"Pero el hombre, ¿dónde estuvo?" El problema está
en que el objeto, de prolija impresión y un diseño que casi
no molesta a la lectura, se presenta como un libro de poesía de
Gonzalo Rojas. Pero no lo es.
El descubrimiento
alimentó mi incomodidad: se trataba de una interpretación
más de la poesía de Rojas, de una apropiación indebidamente
transparente, esta vez no de una torpe revista, ni tampoco de quienes
nunca lo han leído pero lo respetan porque tiene más de
setenta años, sino del Estado, a través de las ediciones
de la Biblioteca Nacional. El Estado de Chile pretendió, en estos
tres volúmenes "de lujo", filtrar la obra literaria de
Gonzalo Rojas y reducirla a objeto de decoración. Si no
se preocupó de preparar una edición completa y anotada por
los muchos especialistas en su lírica que existen, como corresponde,
menos -no nos engañemos- hay que creer que la antología
Al silencio es un diálogo de libre y fértil
asociación entre las disciplinas visuales de los fotógrafos,
el diseñador y el poeta del relámpago. Hay que darse cuenta
de que estas instituciones oficiales en las que nos gusta participar cometen
una y otra vez el mismo error populachento: creen que los escritores grandes
deben ser disecados primero, hasta que no quede más que una caricatura
de su obra, para que la gente los entienda y los adore después.
Así Neruda, poeta del caldillo de congrio, así la Mistral,
poeta de los piececitos de niño, Parra poeta de los poetas que
bajaron del Olimpo, y Rojas de las muchachas en fulgor inmemorial.
Empero, cuando
ya me acostumbré a esta incomodidad, pude al fin leer. Me olvidé
de fotografías y papeles transparentes, me olvidé del sintético
sonido de agua que abre el compact disc en que Rojas lee y comenta, lamentablemente,
sus poemas. Todo ese brillo artificioso con que el poeta ha querido rodearse,
entendí, es fragmento de esa estruendosa contradicción que
resuena en cada una de sus imágenes: "Me obstino en ver a
los otros con mis ojos vacíos", anuncia. Y luego "ver
a los otros a través de sí mismo". Es el mérito
de la literatura; un juego de egos, sí, pero que trasciende el
acto de jugar. Recordé el fulgor de una lectura en mi adolescencia
de algunos poemas de "La miseria del hombre" y "Contra
la muerte". La imagen literaria de la muerte y el deseo como una
misma luz reversible, en estado puro frente a mí, sin importar
el formato. Que sea sobre papel couché, que sea a través
de los parlantes de una radio o por azar en el lobby de la embajada de
Chile en México, los versos de "En cuanto a la imaginación
de las piedras" ya no me incomodan más, sea todo lo contrario.
|