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OBABAKOAK
Autor: Bernardo Atxaga
Editorial Punto de Lectura
Edición: Barcelona, 2000
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Original
y perturbadora como una conversación entre vascos para un oído
romance, Obabakoak reconstruye el terreno que va entre la novela decimonónica
y los cuentos infantiles. Reunión en Obaba: infancia, deseo, campo,
viaje nocturno por una carretera, charla con dos ancianos, relato de viaje
exótico. Un escritor cansado que recuerda cómo su padre
extranjero despreció el lugar. El cura que perdió a su hijo
en el bosque. El escritor famoso que cree que las lagartijas se meten
por los oídos de los niños para comerles el cerebro. El
tío que hizo su fortuna en Montevideo y se reúne con su
famoso sobrino una vez al mes para leer cuentos borgianos. La joven profesora
que sólo encuentra calor y compañía en su pequeño
criado, por un equívoco del servicio de correos. No intentemos
aún describir la sofisticada forma literaria del libro. Las historias
que contiene son suficientes para pretender, también, llegar alguna
vez a la última palabra.
Si la función
del título de un libro es ilustrar la sensación de su lectura,
Obabakoak, contra lo que podríamos esperar tras finalizar su lectura,
connota certeza y precisión. Se trata, empero, de una precisión
fértil porque no es antónima de la extrañeza, del
misterio inarticulable a que me suena la lengua vasca. El mérito
de Atxaga es que logra traducir el efecto de ese pasmo lingüístico,
esa imposibilidad comunicativa -uno cree que es la única relación
que puede existir entre culturas vecinas tan desiguales como la castellana
y la vasca, pero no- a preciosas historias, diálogos, personajes.
El método que utiliza para romper el cerco es tan antiguo, hay
que remontarse más allá de Sheherezade: al principio. La
violencia engendra violencia, sabemos -también la ETA, a propósito.
Es preferible seguir el consejo dado al personaje Wei Hui de uno de estos
relatos: sólo es posible salvar la vida mediante el uso de la palabra.
Sin duda la traducción de Obabakoak que he leído pierde
la impronta de recia soledad del euskera. Pero gana en aperturas. Puedo
leer en la lengua vasca, al fin.
Es hermosa,
en exposición y propuesta, la teoría sobre el plagio del
Tío de Montevideo que fundamente el libro: se aparece Pedro Daquerre
Azpilicueta, el primer y más grande escritor vasco hasta Atxaga,
y conmina al autor a pedir prestadas anécdotas y nombres de otras
tradiciones. Sólo llenando la novela vasca de ingleses, alemanes,
castellanos, irlandeses, mongoles, franceses, peruanos, incluso de vascos
apócrifos y fantaseadores como los que hay en Chile, es posible
que la lengua solitaria tenga respuesta. Obaba -¿hace falta que
lo diga?- es un pueblo imaginario de Euskal Herria. En el último
relato, La antorcha, Atxaga contradice a ese personaje suyo que afirmó
que la literatura es sólo un juego de ingenios. Más que
eso, replica, es una recreación que permite superar la paradoja
de la identidad, "el nombre que el mundo toma en cierto lugar",
para enfrentarnos a cara descubierta.
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