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La historia de la música está protagonizada por compositores y ejecutantes. Aunque no muchos les den la importancia que realmente tienen, éstos últimos sí han jugado un papel importantísimo en la historia de la música, sobre todo si hablamos de períodos anteriores al romántico tardío. Con menos ahínco en el romántico y mucho más, sin lugar a dudas, en el clásico y el barroco, los músicos compositores tenían la misión de generar música para los distintos acontecimientos sociales, artísticos y demás. Es así como el tipo de obra que pensara un autor estaría directamente relacionada con los instrumentistas que éste tuviera a la mano en ese momento. Mozart, por ejemplo, compuso su más grande concierto, el Op. 622 para Clarinete dedicándolo a su gran amigo y alumno -clarinetista por cierto- Franz Süssmayr, quien terminara el Réquiem. Asimismo, Robert Schumann, que pasara por numerosas etapas como compositor, abordando las más disímiles formas musicales, no pierde la particularidad de una y otra vez volver al piano como instrumento de referencia. No sorprende a nadie este hecho, si consideramos que Clara Schumann, esposa del compositor, era una de las más grandes pianistas de la época, junto con Felix Mendelssohn, gran amigo de Robert y compositor también él. Es así como en 1845, con Clara al piano, Schumann estrena su Concierto para Piano y Orquesta en La menor Op. 54. En todo caso, la idea de un concierto para piano no era nueva en él. Cabe recordar que, aunque él podría haber utilizado como referentes los conciertos de Mozart y Beethoven, éstos ya se encontraban pasados de moda en sus días, ya que una obra tan grande no se acomodaba bien a la estética romántica, mucho más lírica y menos escandalosa, que permitían los novísimos pianos de cola. Sin embargo, Schumann insistía en la idea de mezclar en una sola obra la grandeza de la sinfonía, con el diálogo concertante y el lirismo de las sonatas para piano. Su concierto para piano se alza como una gran sinfonía, expresiva a más no poder, con magistrales cadencias solistas. Algo similar sucede con el Quinteto para piano, dos violines, viola y cello en Mi bemol mayor Op. 44. Esto porque Schumann, durante sus años en Leipzig, contaba con un cuarteto de cuerdas extraordinario, el Gewandhausquartett, que estaba a su cargo y le permitía experimentar y explorar con nuevas formas y combinaciones. Es así como nace el primer quinteto de la historia, estrenado en 1843, primero para un reducido grupo de personas en las manos de Felix Mendelssohn y luego para el gran público por Clara Schumann. Este disco del sello Deutsche Grammaphon, lanzado por Universal, contiene las dos enormes composiciones de Robert Schumann en una genial versión de la pianista portuguesa Maria João Pires junto a la Orquesta de Cámara de Europa, dirigida por Claudio Abbado. Para el Quinteto se hace acompañar por interesantísimos músicos, entre los que destaca Augustin Dumay en el primer violín. Maria João Pires fue niña mimada de su país por joven pianista destacada en sus años mozos. Luego de ganar el primer puesto en el Concurso para Pianistas de Bruselas, en 1970, se abrieron todas las puertas ante ella. Aclamada en esa ocasión y de ahí en adelante por todos los públicos, ha actuado en los más importantes teatros del mundo, desde Estados Unidos a Japón, Latinoamérica y, por supuesto, por toda Europa. Su singular forma de tocar, desapasionada y sin alardear, aunque extrayendo una expresividad suprema del piano le ha merecido el apodo de "Antidiva". Su técnica interpretativa y el respeto por la partitura hasta en sus más mínimos detalles le ha ganado el respeto de sus colegas. En esta, como en sus otras tantísimas grabaciones, toda su técnica se posa sobre las teclas para regalarnos un CD de gran calidad artística. |
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