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didpress.com / Madrid La crítica musical, como la literaria, tiene una parte objetiva y otra subjetiva. Cuando un director mide correctamente, consigue un adecuado balance entre las diferentes familias y no altera el normal discurso de la obra que interpreta, estamos ante una buena batuta. A partir de ahí, debe ser el gusto el que juzgue. Lo mismo sucede con un pianista. Comprobar el éxtasis de la crítica madrileña ante el recital de la estupenda pianista que es Helene Grimaud justo cuando ella se quejó en una entrevista publicada en el primer diario español de estar mal del hombro y 'haber tocado al sesenta por ciento' es sordera de los críticos. ¿Qué dirán cuando la Grimaud toque como de verdad sabe? Luego está el aspecto verdaderamente subjetivo. Entre los más grandes pianistas del mundo están Krystian Zimerman y Grygori Sokolov. Cada uno puede tener pasión por el que desee, siempre que admita que son técnicamente irreprochables y que se encuentran en el olimpo del pianismo contemporáneo. Hago esta pequeña introducción para justificar el objetivo título de la crítica. En mi opinión, entre los grandes hay un grupo de monstruos sagrados que me parecen los mejores directores de la actualidad. Estos son Salonen, Rattle, Nagano, Minkowski y quien este compacto firma: Riccardo Chailly. La ventaja de este último y de Salonen sobre los demás estriba en el instrumento que manejan y estos no son otros sino la Orquesta de la Royal Concertgebouw de Ámsterdam y Los Angeles Philharmonic Orchestra, respectivamente. Aquella, en mi opinión, la mejor orquesta sinfónica de Europa. Ésta, una de las más grandes de los Estados Unidos. Riccardo Chailly es uno de los mejores por innumerables motivos objetivos y es uno de mis favoritos por los consiguientes motivos subjetivos. Tiene una técnica prodigiosa y se mueve con similar suerte en los más diversos repertorios. No olvidemos que dirige ópera de su más tierna juventud -de lo que da buena prueba su referencial "Turandot" con Caballé y Pavarotti en San Francisco en 1977-, es indiscutible en grabaciones de músicos de vanguardia como Varese -"Obra Completa" en un necesario doble compacto editado por Decca-, ha grabado espléndidas versiones de Shostácovich y Bruckner -¡menuda quinta!- y se pone así a la cabeza de una generación sobre la que hay mucho que decir y a la que le quedan muchos grandes conciertos por ofrecer. Su ciclo de Mahler continúa avanzando después del excelente sabor de boca dejado por una gran sexta y una monumental quinta. Probablemente, sea este ciclo a su fin el único de grabación reciente que pueda competir con el de Leonard Bernstein. La entrega de la "Sinfonía nº 2 'Resurrección'" es siempre de las más esperadas y aquí está esplendorosa y sin fraude posible. Ya he dicho todo lo que tenía que decir de la Royal Contertgebouw Orchestra, que no merece sino un diez, a pesar de un error concreto (y sin importancia) de un oboe en el quinto movimiento que parece increíble que no fuese oído por nadie antes de la edición del disco. Chailly deja que la música fluya tratando de introducir la menor cantidad de pausas posibles. Así, une frases y frases gracias a su sentido del "tempo" y va construyendo una versión abrumadora. Entre sus principales virtudes está la de cuidar el sonido. Éste no es el aristado de las versiones de la tradición europea oriental ni el romo y dulce de muchas versiones "mediterranizadas" (Abbado, por ejemplo). Su orquesta suena como un bloque en el que descollan sin aparente complicación los detalles infinitos de la orquestación. El gran mérito de este Mahler está en su claridad, en su aparente sencillez, que no ha restado ni un ápice de fuerza. Chailly es un consumado director de voces que cuenta con una notable Melanie Dieter y con una inconmensurable Petra Lang. No las deja destacar y las sumerge en el sonido del conjunto evitando en lo posible el "microfonazo" tan usual en otras versiones, y acusado en cierto modo en el 'O glaube, mei herz'. El Coro Filarmónico de Praga es muy bueno y funciona del mismo modo. La unidad de la versión es total. En definitiva, Chailly y su flexibilidad, sus pausas y sus silencios nos cuentan una historia y no nos ofrecen sólo ochenta minutos de espléndida música. Ahora, sólo falta que escuchen el tercer movimiento y el "Totenfeier" para que den su propia opinión. |
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