Con Yo,
Robot uno puede darse cuenta de diversos
fenómenos paralelos y transversales que han cincelado
y perfilado a la industria cinematográfica últimamente.
Por un lado, tenemos la figura del director con “mirada”,
en este caso Alex Proyas, quien luego
de dirigir Dark City y El Cuervo,
es decir, cintas con atmósfera, con elementos
estilisticos recurrente, etc, da el salto a una megaproducción
impulsado y avalado por ese estilo propio que, ante
los ojos de los productores, lo desmarcaba de otros
realizadores. Pero es un salto que, como en Matrix,
ofrece a la vista del inseguro el escalofriante panorama
del abismo que aguarda, inmenso, bajo los pies que lo
surcan. Alex Proyas, creo, miró hacia abajo.
Alfonso Cuarón, en cambio, en Harry Potter
3, pasó impávido la prueba y triunfó.
Lo mismo Sam Raimi. Pero basta de eufemismos. Lo que
quiero decir es que es precisamente en las megaproducciones
y no en las películas personales donde un director
como Proyas demuestra su verdadero temple y aún
su verdadero talento. Y el talento comprende aristas
que tienden a ser niveladas por la industria. Aquella
mirada de Proyas ya no lo desmarca más de, por
ejemplo, Roland Emmerich.
El otro tema
es que la ciencia ficción, en el cine, demuestra
cada vez más ser no tanto un género como
un aditivo superficial. Las investigaciones, aún
aquellas eminentemente teóricas, realizadas por
el grupo de sabios ARTORGA en los 60´ (donde participara
nuestro querido Humberto Maturana), en el campo de la
cibernética, arrojaron conclusiones y posibilidades
mil veces más intrigantes y fascinantes que la
de los imaginarios más osados de Spielberg y
compañía. Creo que algo tiene que ver
la capacidad no tanto de mostrar, sino de insinuar en
la pantalla las verdaderas interrogantes que surgen
cuando tocamos el tema, por ejemplo, de la inteligencia
artificial. Porque, cuando un robot empieza a cumplir
todas las tareas, tanto orgánicas como intelectuales
de un ser humano, surge la necesidad de redefinir qué
se entiende realmente por un ser vivo, qué es
la inteligencia y, especialmente, qué es el espíritu.
La perfección de la máquina nos lleva
a preguntarnos qué tan perfectos somos nosotros.
En una de
las mejores partes de la película, Will Smith,
un cínico detective, interroga a un Robot que
él considera culpable de asesinato. Tres leyes
rigen el comportamiento de estas máquinas, leyes
que, en teoría, son tan perfectas, que es imposible
que un Robot cause el más mínimo daño
a una persona. Pero Will Smith tiene sus razones para
desconfiar de la inefabilidad de este sistema. Le pregunta
al acusado (que es como un cruce entre un Macintosh
y un alien Rosewell) si acaso es posible que un robot
haga una obra de arte literaria, musical, pictórica,
etc. El robot, parsimoniosamente, le contesta a Will
con otra pregunta; ¿acaso puede usted hacerlo?
A fin de
cuentas, se extraña hoy por hoy una innovación
en el campo de la ciencia ficción, algo que supere
o al menos iguale al HAL de Kubrick o a la
visión espástica de Terry William en Brazil,
por ejemplo. Existenz, de Cronemberg, lo logra
a mi juicio con un sano matrimonio entre el lenguaje
del video juego y el cine. Es la búsqueda de
que la ficción, la buena ciencia ficción,
supere para nuestro deleite a la realidad.