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C I N E
07 de agosto de 2004
YO, ROBOT
Por Juan Eduardo Murillo
YO ROBOT
Título Original:
I, Robot
Año, país: USA, 2004
Director: Alex Proyas
Actores: WillSmith, Bridget Moynahan, James Cromwell
Guión: Isaac Asimov (historia), Jeff Vintar
Estreno: 05/08/2004

Con Yo, Robot uno puede darse cuenta de diversos fenómenos paralelos y transversales que han cincelado y perfilado a la industria cinematográfica últimamente. Por un lado, tenemos la figura del director con “mirada”, en este caso Alex Proyas, quien luego de dirigir Dark City y El Cuervo, es decir, cintas con atmósfera, con elementos estilisticos recurrente, etc, da el salto a una megaproducción impulsado y avalado por ese estilo propio que, ante los ojos de los productores, lo desmarcaba de otros realizadores. Pero es un salto que, como en Matrix, ofrece a la vista del inseguro el escalofriante panorama del abismo que aguarda, inmenso, bajo los pies que lo surcan. Alex Proyas, creo, miró hacia abajo. Alfonso Cuarón, en cambio, en Harry Potter 3, pasó impávido la prueba y triunfó. Lo mismo Sam Raimi. Pero basta de eufemismos. Lo que quiero decir es que es precisamente en las megaproducciones y no en las películas personales donde un director como Proyas demuestra su verdadero temple y aún su verdadero talento. Y el talento comprende aristas que tienden a ser niveladas por la industria. Aquella mirada de Proyas ya no lo desmarca más de, por ejemplo, Roland Emmerich.

El otro tema es que la ciencia ficción, en el cine, demuestra cada vez más ser no tanto un género como un aditivo superficial. Las investigaciones, aún aquellas eminentemente teóricas, realizadas por el grupo de sabios ARTORGA en los 60´ (donde participara nuestro querido Humberto Maturana), en el campo de la cibernética, arrojaron conclusiones y posibilidades mil veces más intrigantes y fascinantes que la de los imaginarios más osados de Spielberg y compañía. Creo que algo tiene que ver la capacidad no tanto de mostrar, sino de insinuar en la pantalla las verdaderas interrogantes que surgen cuando tocamos el tema, por ejemplo, de la inteligencia artificial. Porque, cuando un robot empieza a cumplir todas las tareas, tanto orgánicas como intelectuales de un ser humano, surge la necesidad de redefinir qué se entiende realmente por un ser vivo, qué es la inteligencia y, especialmente, qué es el espíritu. La perfección de la máquina nos lleva a preguntarnos qué tan perfectos somos nosotros.

En una de las mejores partes de la película, Will Smith, un cínico detective, interroga a un Robot que él considera culpable de asesinato. Tres leyes rigen el comportamiento de estas máquinas, leyes que, en teoría, son tan perfectas, que es imposible que un Robot cause el más mínimo daño a una persona. Pero Will Smith tiene sus razones para desconfiar de la inefabilidad de este sistema. Le pregunta al acusado (que es como un cruce entre un Macintosh y un alien Rosewell) si acaso es posible que un robot haga una obra de arte literaria, musical, pictórica, etc. El robot, parsimoniosamente, le contesta a Will con otra pregunta; ¿acaso puede usted hacerlo?

A fin de cuentas, se extraña hoy por hoy una innovación en el campo de la ciencia ficción, algo que supere o al menos iguale al HAL de Kubrick o a la visión espástica de Terry William en Brazil, por ejemplo. Existenz, de Cronemberg, lo logra a mi juicio con un sano matrimonio entre el lenguaje del video juego y el cine. Es la búsqueda de que la ficción, la buena ciencia ficción, supere para nuestro deleite a la realidad.

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