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EL
VIAJE DE CHIHIRO
El viaje de Chihiro
Título original: Sen to Chihiro no kamikakushi
País, año: Japón, 2001
Dirección: Hayao Miyazaki
Guión: Hayao Miyazaki
Música: Joe Hisaishi
Voces: Rumi Hiragi (Chihiro, Sen), Miyu Irino (Haku),
Mari Natsuki (Yubaba, Zeniba), Takashi Naito (Padre de Chihiro),
Yasuko Sawaguchi (Madre de Chihiro)
Duración: 125 minutos
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A partir
de Akira, de Katsuhiro Otomo, ha quedado claro que el mundo del cine animé
guardaba todo un universo a explorar de directores y películas,
enfocados a diversos tipos de público y de los más distintos
niveles. Así, cuando en occidente los cómics y las animaciones
aún eran mirados como un género menor dentro las artes,
durante los 90 el ingreso masivo de estos géneros ha sido un fenómeno
a analizar, considerando la falta de creatividad de una industria que,
en lo grueso, ha bajado ostensiblemente la calidad. La premiación
en el festival de cine de Berlín de esta hermosa cinta vino a confirmar
dos cosas: por un lado oficializar que parte de la esperanza del cine
y las imágenes del mundo muy posiblemente se guarde en estos géneros
"menores" provenientes de Oriente y, segundo, que el ingreso
a occidente de estos directores debe ser por la puerta grande.
Miyazaki
es un autor, si entendemos por esto un director que tiene preocupaciones
específicas y muy profundas para con el cine. Le interesa hacer
películas para su gente, relatando historias que se encuentran
dentro de sus propias esferas míticas. El viaje de Chihiro
es, en gran medida, una historia que le debe mucho más a la tradición
japonesa, sus creencias y formas de comprender y aprehender el mundo,
la vida y la muerte (ese sustrato mítico que pareciera esconderse
en el subconsciente) que a las archi repetidas convenciones blandas de
héroes y malvados que se espera que traguen las maquinarias de
imaginarios de occidente. Aquí esos binarismos quedan muy atrás
en una historia donde cada personaje es un mundo a descubrir.
Miyazaki
nos cuenta un cuento, el viaje de Chihiro hacia otro mundo, un lugar donde
los espíritus, las brujas, ciudades y dragones viven bajo sus propias
reglas, y donde no tiene cabida la lógica inmediata, sino sólo
el espacio del mito, la sorpresa constante, y la extravagancia.
Una galería
de personajes únicos, entrañables, tiernos y bellos desfilan
en una historia contada de tú a tú, como en las mejores
historias para niños que uno pueda recordar. La magia, la poesía,
y la imaginación a raudales se despliegan en un espectáculo
único, donde el trayecto mítico, un sueño que tuvo
lugar en algún destello, pertenecen a un tiempo otro, el tiempo
de los cuadros dibujados por Miyazaki.
El dibujo
(en su estilización máxima), los colores (ensoñadores,
claros, pincelados), el ritmo narrativo (en ascenso, pero dándose
los tiempos para cada cosa), el excelente uso de las perspectivas y del
movimiento (escenas de acción que construyen espacios ágiles,
múltiples en su punto de vista), los múltiples detalles
en los diseños y dibujos, la preocupación de estar atento
siempre a lo central de la historia pero sin dejar de lado la sutileza,
hacen darnos cuenta que estamos frente a una película mayúscula
y ante una factura visual única donde la imaginación se
entrega desde el primer minuto.
No queda
más que estar contento porque, al fin, este tipo de filmes se estrenen
en cine y a toda pantalla en nuestro país, que claramente necesita
refrescarse con productos industriales -como este- de mayor calidad.
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