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UN
HOMBRE APARTE
Directores: Bettina Perut e Iván Osnovikoff
Fotografía: Sebastian Moreno
Premios
en Festivales: Amsterdam Doc 2002, Havana 2002, Guadalajara
2003
Duración: 58 minutos
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Más
que ninguna otra cosa, el registro documental se encuentra poderosamente
ligado a la memoria y a la muerte. Atestigua el acontecer del tiempo y
la desaparición de los cuerpos, reproduce al infinito lo ya sido,
lo ya muerto. Por eso, el género documental tiende a ser doloroso,
inseparable de la muerte. Provoca esa mezcla de pena y placer, nostalgia
y fugacidad, la insoportable levedad tal vez. Es una práctica que
trata con fantasmas, con los tiempos muertos, abriendo una misteriosa
tensión entre la brevedad del instante y la posteridad de la escena
registrada. Tomando a Barthes diríamos que el documental "registra
mecánicamente lo que ya no podrá existir existencialmente".
En los documentales las cosas resurgen no exactamente igual como fueron
vividas, sino tal cual fueron filmadas y narradas. Su "verdad",
en este sentido, es ambigua, paradójica; es visible e intangible,
presente y ausente, real e irreal al mismo tiempo.
Todas las
películas tienen algo de documental, de un contexto, de una sociedad,
de una país, etc. Dijo alguna vez Truffaut que "todo buen
film debe expresar simultáneamente una idea sobre el mundo y una
idea sobre el cine". Como sea, la mayoría de las películas
son el testimonio de algo, en último término, documentalizan
la posición de quienes hacen la obra. Sin embargo, en las cintas
documentales la materia prima esencial es el mundo que les rodea. Existe
algo que llamamos "realidad" y ese algo es lo que pretende captar
en toda su inasibilidad la cámara cinematográfica del documentalista.
Es una cámara que se esmera por "estar allí",
en el segundo y lugar preciso, más allá de los montajes
u otras técnicas. Pero, si existe alguna obligación del
documental, esa no es reflejar una realidad precisa -¿quién
puedo hacer eso?-, sino más bien explicitar y ofrecer una mirada
honesta y limpia sobre esa realidad que quiere mostrar.
El documental
chileno Un hombre Aparte (Bettina Perut e Iván
Osnovikoff), es un buen ejemplo de lo que venimos hablando. Es la
historia del ocaso de Ricardo, una suerte de héroe trágico
que alcanzo a ser un reconocido ex promotor de Martín Vargas, pero
que ahora busca el reconocimiento que la sociedad nunca le brindó.
No se conforma con el olvido y la soledad, con la desdicha del paso del
tiempo y su vejez. Por eso, y a pesar de su evidente angustia e inconformidad
frente al mundo, la esperanza de este hombre robusto sigue en pié.
Así, el filme se convierte en un angustiante y por momentos formidable
relato sobre la vida de este promotor de boxeo, que deambula por Santiago,
abatido por la muerte que lo espera y sus fantásticos sueños.
La principal
fortaleza del Un hombre Aparte es la premisa antropológica
que, a mi juicio, puede vislumbrarse, protegiendo a la obra de cualquier
sensacionalito periodístico. La premisa queda expresada en la última
y quizá más fuerte -visual y humanamente hablando- escena
del documental: vemos a Ricardo quedarse dormido en un cuarto oscuro,
completamente solo y desnudo ante el televisor. Esta imagen final refleja
que nada, ni los programas de televisión ni la certeza de los buenos
tiempos de su vida, que se han ido para no volver, le permiten vivir en
paz. Ricardo, al fin de cuentas, es el artífice de su propia desgracia,
un hombre lleno de buenas ideas y sentimientos pero, como todo ser humano
normal, cargado también de traición, ingenuidad, odio y
absurdo. El protagonista de la cinta prueba cómo el odio y la soledad
pueden convertirse en nuestro mejor arte, en lo único seguro de
la vida.
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