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C I N E
14 de junio de 2004
TROYA
Por Iván Pinto
TROYA
Titulo Original:
Troy
País, año: Estados Unidos, 2004
Director: Wolfgang Petersen
Guión: David Benioff, Homero (La Ilíada)
Actores: Brad Pitt, Peter O´Toole, Orlando Bloom, Eric Bana, Diane Kruger
Música: James Horner
Dirección de Fotografía: Roger Pratt

Querer comparar Troya con La Ilíada es como querer desentrañar verdades históricas de los libros de Valerio Massimo Manfredi. Y esto sea dicho sin ningún juicio de valor; ahí donde la entretención se adueña de la Historia se genera inmediatamente una reacción de volver la mirada al período histórico representado, ya sea desde perspectivas eruditas o, las más, simplemente curiosas, llevadas por la Moda. Y esto en ningún caso atenta contra la Historia, sino que nos la recuerda, y la saca de ese anquilosamiento escolar en el que permanece la mayoría del tiempo; al menos les podemos poner rostros a nuestros héroes.

De esta forma, la última entrega de Wolfgang Petersen (El Submarino, En la línea de Fuego, Enemigo Mío, etc) hay que mirarla como una fórmula de Hollywood que se está quedando sin muchos más escenarios; algo que comenzó con Corazón Valiente y que ha dado resultados tanto económicos como de "crítica". El enfrentamiento entre dos partes, dos pueblos, dos reinos, dos mundos, dos religiones, entre el bien y el mal, enfrentamiento motivado por el deseo de libertad, por la ambición de unos pocos o por el simple deseo de sobrevivir, como ocurre en El día de la Independencia; este es el tópico al que se recurre para efectuar despliegues dantescos de extras o, en su defecto, sucedáneos humanos en 3D y salpicar de sangre el lente de la cámara, para hacernos sentir ¿culpables? de estar pagando por una matanza que efectivamente se realiza ante nuestros ojos. A Troya puede seguir "Mapuches", y las cosas no cambiarían. Lo preocupante sería que un chileno hiciera esa película.

Volviendo al film hacemos un breve resumen; Paris (Orlando Bloom), príncipe de Troya, rapta a Helena (con consentimiento de esta) poco después de firmar un pacto de paz con Menelao, su marido. La guerra es inevitable, pero no se desata solo por la ira de Menelao, sino más bien por la ambición del hermano de este, Agamenón, que ve en la deshonra de Menelao una buena oportunidad para invadir Troya, en su deseo de ampliar su imperio y unificar Grecia. El único "pero" en este plan es el díscolo Aquiles (Brad Pitt), el mejor guerrero que haya conocido alguna vez la humanidad, cuyas diferencias con Agamenón harán que la guerra entre Troyanos y Aqueos sea para él solo un telón de fondo sobre el cual desatar sus rencores, venganzas y miedos, en una brutal búsqueda de la gloria inmortal.

Gloria inmortal… ¿no eran los griegos quienes quemaban a sus muertos inmediatamente, en una forma de "solemne aniquilamiento y negación de la permanencia histórica"? (Spengler, "La Decadencia de Occidente"). En ese sentido, y aunque he dicho que no sacamos mucho excavando históricamente en un producto que se dirige al entretenimiento, es preciso decir que el abuso que se hace en los diálogos de la cuestión "inmortal" en esta película desdibuja y atenta contra la propia personalidad de los personajes, en sus motivaciones y en la diégesis. En la época de la gran guerra de Troya los motivos pasaban por los tesoros, por el saqueo, por las pasiones, en cambio, aquí se les da a los personajes voces que no les pertenecen en los momentos cruciales que viven; Aquiles ya sabe que será inmortal, y de esta forma no hay obstáculos que obstruyan dicha predestinación.

Del mismo modo, quería destacar el episodio del Caballo de Troya. Sabemos que La Ilíada termina con las fiestas fúnebres que Aquiles permite a los Troyanos por la muerte de Héctor. El episodio del Caballo, en cambio, es narrado por Eneas, sobreviviente Troyano, en La Eneida. Tomando eso en cuenta, Petersen hace desaparecer repentinamente a los griegos y nos muestra la invasión final a Troya desde la perspectiva de los Troyanos.

Para terminar, Troya es una película de "hombres", sin Dioses, como una especie de La Pasión de Cristo, donde el carácter sobrenatural de dos hijos de dioses, en este caso Jesús y Aquiles, queda demostrado por actos, comportamientos y capacidades jamás logradas por algún otro hombre, pero actos humanos, al fin y al cabo.

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