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C I N E
29 de julio de 2004
RECONSTRUCCIÓN DE UN AMOR
Por Maite Alberdi Soto
RECONSTRUCCIÓN DE UN AMOR
Título original:
Reconstruction
Origen: Dinamarca- Año: 2003
Dirección: Christoffer Boe
Guión: Christofer Boe y Mogens Rukov
Fotografia: Manuel Alberto Claro
Montaje: Mikkel Nielsen y Meter Brandt
Música: Thomas Knak
Elenco: Nikola Lie Kass( Alex), Maria Bonnevie(Aimee y Simone), Krister Hernriksson(August).
Duración: 92 minutos
Fecha de estreno: 29 de julio

Difícil resulta hacer una sinopsis de la ópera prima del danés Christoffer Boe. De todas formas, trataré de contextualizar al lector, aunque en este caso cualquier resumen resulte simplista; de no ser así, hechos concretos se inundarán de una enorme subjetividad. Eso, porque esta película nos descontextualiza, nos sumerge en la atemporalidad, en un mundo de ficción explícito que tiene sus propias reglas o al parecer no las tiene, porque todo es una gran fantasía en la mente de alguien, aunque no sabemos de quién; puede ser el guionista, el narrador omnipresente o uno de los personajes de la historia.

Una voz over nos comienza advirtiendo que la historia está manipulada: “Esto es una ficción. Una reconstrucción”. Con esto auguramos un distanciamiento más cercano a Godard que a los compatriotas de Boe, Vinterberg y Von Trier, aunque este último en Dogville tratara de hacer patente que observamos una película, una representación de la representación de la realidad -idea casi platónica.

Alex se encuentra con una fascinante mujer -Aimee- en el metro de Copenhague mientras esperaba a su novia y al mismo tiempo escapaba de ella. Por su parte, Aimee huía de su hotel mientras su marido -escritor profesional- estaba obsesionadamente inmerso en la escritura de una historia de amor, que se oxigenaba gracias a la relación con su mujer. Desde aquél encuentro casual no se separarán. Al parecer ya se conocían, o jugaban a hacerlo. Sin embargo, no sabemos si esta relación de amantes es parte de un sueño que menciona Alex o si realmente sucedió. Extrañamente, Aimee es muy parecida físicamente a su novia, pero representa todo lo que ella no es. A veces se conocen, otras se ignoran totalmente, incluso Alex llega a ser desconocido por todo su entorno -algo parecido a lo visto en Abre los ojos-, lo que nos hace pensar que ese sueño lo hacía escapar de su propia realidad. Así, nos envuelve una atmósfera onírica, más realista que surrealista, y esa fantasía en la mente del personaje se manifiesta explícitamente en algunas imágenes: observamos planos sin continuidad de montaje que se asemejan a un conjunto de fotos, que podrían haber sido tomadas por el mismo Alex que era fotógrafo -recuerda a lo sucedido a ratos en Ciudad de Dios.

Copenhague es un personaje más, la ciudad se hace presente como un mapa y las múltiples relaciones que se pueden establecer en este cuadrante. Es un espacio en constante movimiento donde Alex y el resto de los personajes son sólo una partícula más de esta rapidez, la velocidad de su historia que supuestamente transcurre en veinticuatro horas, es una posibilidad de la conjugación que ofrece el tiempo y el espacio, y aunque la unión es justificable de toda formas resulta sorprendente, fantasiosa e imposible.

El azar es el protagonista, al ser éste tan sutil e indeterminado. La historia se convierte en eso, es impalpable, no nos da certezas, sólo visiones de instantes indescifrables. Es extraño como se suele relacionar la casualidad injustificable con el amor, o quizás es sólo ese el azar que percibimos, como sucede en las cintas de Medem. Estas relaciones tan fugazmente ligadas son parte de un gran rompecabezas que es necesario reconstruir, así como August –el esposo de Aimee- trata de resolver su propia novela. No es descartable que él mismo se haya hecho partícipe de ésta como personaje; tal como Unamuno, Charles Kauffman y muchos otros escritores, August pelea con el resto de los protagonistas. August repite el manuscrito del capítulo que le desagrada. Así, nosotros observamos nuevamente las mismas escenas resueltas de distintas maneras. Por lo tanto, todo podría ser parte de los titubeos de un escritor y las imágenes de su mente.

Esta película me recuerda muchos elementos de otras cintas y temas de la literatura universal, sin embargo, aunque tenga recursos utilizadísimos desde antaño aspirando a novedosos, Boe los irradia de una estética particular muy distinta a la que vemos en cartelera en este momento. Presenciamos una ficción que nos libera de la obligación de entender plenamente lo que vemos. Las sensaciones nos invitan a someter durante unas horas a la razón. No necesitamos saber cabalmente si la historia es sacada de un libro, si son fotos de un fotógrafo, o un sueño, en fin, basta con intuirlo.

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