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RECONSTRUCCIÓN
DE UN AMOR
Título original: Reconstruction
Origen: Dinamarca- Año:
2003
Dirección: Christoffer
Boe
Guión: Christofer
Boe y Mogens Rukov
Fotografia: Manuel Alberto
Claro
Montaje: Mikkel Nielsen
y Meter Brandt
Música: Thomas Knak
Elenco: Nikola Lie Kass(
Alex), Maria Bonnevie(Aimee y Simone), Krister
Hernriksson(August).
Duración: 92 minutos
Fecha de estreno: 29 de julio |
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Difícil
resulta hacer una sinopsis de la ópera prima
del danés Christoffer Boe. De todas formas, trataré
de contextualizar al lector, aunque en este caso cualquier
resumen resulte simplista; de no ser así, hechos
concretos se inundarán de una enorme subjetividad.
Eso, porque esta película nos descontextualiza,
nos sumerge en la atemporalidad, en un mundo de ficción
explícito que tiene sus propias reglas o al parecer
no las tiene, porque todo es una gran fantasía
en la mente de alguien, aunque no sabemos de quién;
puede ser el guionista, el narrador omnipresente o uno
de los personajes de la historia.
Una
voz over nos comienza advirtiendo que la historia está
manipulada: “Esto es una ficción. Una reconstrucción”.
Con esto auguramos un distanciamiento más cercano
a Godard que a los compatriotas de Boe, Vinterberg y
Von Trier, aunque este último en Dogville tratara
de hacer patente que observamos una película,
una representación de la representación
de la realidad -idea casi platónica.
Alex
se encuentra con una fascinante mujer -Aimee- en el
metro de Copenhague mientras esperaba a su novia y al
mismo tiempo escapaba de ella. Por su parte, Aimee huía
de su hotel mientras su marido -escritor profesional-
estaba obsesionadamente inmerso en la escritura de una
historia de amor, que se oxigenaba gracias a la relación
con su mujer. Desde aquél encuentro casual no
se separarán. Al parecer ya se conocían,
o jugaban a hacerlo. Sin embargo, no sabemos si esta
relación de amantes es parte de un sueño
que menciona Alex o si realmente sucedió. Extrañamente,
Aimee es muy parecida físicamente a su novia,
pero representa todo lo que ella no es. A veces se conocen,
otras se ignoran totalmente, incluso Alex llega a ser
desconocido por todo su entorno -algo parecido a lo
visto en Abre los ojos-, lo que nos hace pensar que
ese sueño lo hacía escapar de su propia
realidad. Así, nos envuelve una atmósfera
onírica, más realista que surrealista,
y esa fantasía en la mente del personaje se manifiesta
explícitamente en algunas imágenes: observamos
planos sin continuidad de montaje que se asemejan a
un conjunto de fotos, que podrían haber sido
tomadas por el mismo Alex que era fotógrafo -recuerda
a lo sucedido a ratos en Ciudad de Dios.
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Copenhague
es un personaje más, la ciudad se hace presente
como un mapa y las múltiples relaciones que se
pueden establecer en este cuadrante. Es un espacio en
constante movimiento donde Alex y el resto de los personajes
son sólo una partícula más de esta
rapidez, la velocidad de su historia que supuestamente
transcurre en veinticuatro horas, es una posibilidad
de la conjugación que ofrece el tiempo y el espacio,
y aunque la unión es justificable de toda formas
resulta sorprendente, fantasiosa e imposible.
El
azar es el protagonista, al ser éste tan sutil
e indeterminado. La historia se convierte en eso, es
impalpable, no nos da certezas, sólo visiones
de instantes indescifrables. Es extraño como
se suele relacionar la casualidad injustificable con
el amor, o quizás es sólo ese el azar
que percibimos, como sucede en las cintas de Medem.
Estas relaciones tan fugazmente ligadas son parte de
un gran rompecabezas que es necesario reconstruir, así
como August –el esposo de Aimee- trata de resolver
su propia novela. No es descartable que él mismo
se haya hecho partícipe de ésta como personaje;
tal como Unamuno, Charles Kauffman y muchos otros escritores,
August pelea con el resto de los protagonistas. August
repite el manuscrito del capítulo que le desagrada.
Así, nosotros observamos nuevamente las mismas
escenas resueltas de distintas maneras. Por lo tanto,
todo podría ser parte de los titubeos de un escritor
y las imágenes de su mente.
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Esta
película me recuerda muchos elementos de otras
cintas y temas de la literatura universal, sin embargo,
aunque tenga recursos utilizadísimos desde antaño
aspirando a novedosos, Boe los irradia de una estética
particular muy distinta a la que vemos en cartelera
en este momento. Presenciamos una ficción que
nos libera de la obligación de entender plenamente
lo que vemos. Las sensaciones nos invitan a someter
durante unas horas a la razón. No necesitamos
saber cabalmente si la historia es sacada de un libro,
si son fotos de un fotógrafo, o un sueño,
en fin, basta con intuirlo.
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