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C I N E
14 de abril de 2004
OCÉANOS DE FUEGO; HIDALGO
Por Juan Eduardo Murillo
OCÉANOS DE FUEGO
Título original:
Hidalgo
País / Año: Estados Unidos, 2004
Director: Joe Johnston
Guión: John Fusco
Reparto: Viggo Mortensen, Zuleikha Robinson, Omar Shariff
Dirección de fotografía: Shelly Jonson
Música: James Newton Howard
Duración: 135 minutos
Estreno: 15 de abril de 2004

Joe Johnston, autor de películas tan entrañables como Querida, encogí a los niños, Rocketeer y October Sky, vuelve con Hidalgo, protagonizada por Viggo Mortensen (El Señor de los Anillos), película de aventuras con un aire decididamente a lo Indiana Jones (Johnston dirigió varios capítulos de la serie del Joven Indiana para la pantalla chica), pero alejada de ese género por la madurez de una historia que, talvez por su fuente autobiográfica, se siente algo más cercana, pese a todos los ingredientes épicos que la construyen.

En rigor, debería decir que la película está co-protagonizada por Mortensen y el caballo "Hidalgo". Más aún, esta es una historia de caballos, algo así como un esbozo de la historia del hombre desde la perspectiva de este animal. El argumento intenta destacar, por un lado, su dimensión sagrada, presente tanto en las culturas orientales como en las indígenas pre-inglesas de Norteamérica, y por el otro su simbología, como alegoría de conquista, de poder.

La historia nos presenta a Frank T. Hopkins, personaje histórico que vivió en el oeste de fines del siglo XIX, mestizo de madre india. Frank y su caballo "Hidalgo", de raza impura o Mustang (que quiere decir "sacado de lo salvaje", o algo así), conforman un legendario dúo, ganador de carreras de larga distancia y al servicio del correo militar. Un día deben llevar la orden para trasladar una tribu a una reserva, acción que termina en una masacre por parte de los militares. Desde entonces Frank se hunde en la humillación de trabajos circenses, representaciones que muestran grandes peleas y triunfos heroicos, alejándose de las cobardes matanzas que conociera. Todo esto cambia cuando un representante del Sheik Riyadh (Omar Shariff) desafía a Frank a competir con su caballo en la "Gran Carrera de los Océanos de Fuego", milenaria prueba de 5.000 kilómetros a través de los más hostiles paisajes del Medio Oriente. Todo esto para conservar el honor de la raza de caballos del Sheik por sobre el impuro "Hidalgo". Además, por supuesto, de un suculento premio.

El gran tema de la película se desarrolla entonces en el marco de esta gran carrera; la clásica búsqueda de la identidad, del origen, del lugar al cual pertenecer. Tanto Frank como Hidalgo llegan a la Carrera como indignos. El caballo lo es por su raza dudosa. Frank es indigno por partida doble; por un lado está su sangre, mitad india mitad inglesa, y por el otro el hecho que profese una religión distinta a los nativos. Es esta desventaja la que los sitúa como héroes en el sentido clásico de la palabra; hombres (y animales) que demuestran que es la fortaleza del espíritu lo que lo hace digno, no la sangre. Hacia este fin dedica Frank todas sus destrezas, no dejando que nada se interponga, blandiendo una moral que incluso llega a la abstinencia, no teniendo relaciones físicas de ningún tipo con las heroínas o villanas de turno.

La historia de Frank Hopkins, en definitiva, es ese tipo de historias, tan caras al la industria cinematográfica, acerca de seres de carne y hueso que aprendieron algo en sus vidas al amparo de una vertiginosa existencia, avalando así la importancia y el valor moral de las Experiencias como fragua del espíritu. Como Hunter S. Thompson en Pánico y Locura en las Vegas, como Frank Abagnale Jr. en Atrápame si Puedes y el propio John Nash en Mente Brillante son ese tipo de personas que uno quisiera ser por al menos algunas horas. Es el cine el que nos da la engañosa oportunidad de poseerlos y devorar sus propios peregrinajes espirituales, sus idas y sus vueltas, sus arcos de transformación de toda una vida en apenas dos horas de proyección.

Lo más débil de la película es, y no podía ser otro modo, la visión oriental que nos ofrece como contexto, como telón de fondo. Esa ley del Talión que casi le cuesta caro al protagonista parece extenderse a todo el comportamiento árabe de la cinta, salvo en las figuras chochas y universalmente buenas del abuelo y la hija sumisa pero con voluntad. De todas formas, es imposible pensar que una película norteamericana dará una visión menos caricaturizada sobre la zona que alberga la mayoría del "eje del mal", menos aún con los tiempos que corren, donde el extremismo mediático ha creado un ambiente de susceptibilidad y mecha corta que se enciende con cualquier provocación.

Obviamente, todo el cine norteamericano se adscribe a un plan mucho mayor de propaganda, donde no se pierde la oportunidad de inyectar con algo de odio (con el propio odio norteamericano) los ojos de árabes, islámicos o fundamentalistas que aparecen en sus entretenidas cintas. No obstante, en esta película al menos se crea un interesante paralelismo entre la barbarie oriental y occidental, pero claro, refiriéndose a los albores de la patria gringa, en tiempos en que su maldad no se comparaba ni remotamente con la que son capaces de mostrar impunemente hoy por hoy. De todas, formas nuestro protagonista es un cowboy, un sheriff, un estadounidense con sangre india que fue a oriente, les ganó a todos y de paso les enseñó un par de cosas sobre la vida, imponiendo su manera de ver las cosas. Y al fin y al cabo, eso no está tan mal, pero a veces inquieta pensar en las verdaderas intenciones que llevan a hacer una película así.

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