 |
Machuca
es una cinta de espacializaciones, pequeñas constataciones,
donde los protagonistas son quitados del habla y del
gesto (por un lado por una situación específica
de su historia, por otro, por opción del director
que, en efecto, es un gran director de rostros y miradas)
y son puestos como cuerpos observantes de una realidad
que tiende a escapárseles como totalidad. La
mirada de quien da ese cuerpo a la historia está
llena de tosquedades -por un tema narrativo-dramático-
y de refracciones: quien filma no está fuera
de los procesos históricos que relata. El habla,
en este caso, es una pérdida notable: ni Martelli
(otra gran actriz de miradas) ni otros personajes dan
con la intermitencia y eterno fading out de las voces
de la época, más bien la representación
de esa voz es un gran registro de quienes están
representando, desde donde nos están contando
esa historia. Similar cosa ocurre con los gestos, ciertos
tics, demasiado actuales como para poder recuperar algo
que quizás ya nadie recuerda. En lo personal,
el único registro que recuerdo con claridad es
"La batalla de Chile".
Sin embargo, los
méritos de esta cinta no son pocos. De lo filmado
hasta ahora (dejando fuera ese macrodocumental de Patricio
Guzmán) es lo más cercano a una cinta
que sea el relato de los agitados días del ‘73.
¿Cómo lo logra? ¿Qué se
produjo? ¿Qué incidió entre el
encuentro del público y esta cinta? La respuesta
sería una extraña mezcla entre una credibilidad
al director (Wood debe ser uno de los directores más
queridos en Chile), un momento incipiente y también
creíble de la industria del cine local (como
producto de mercado el cine chileno ha logrado insertarse
muy bien), pero sobre todo el respeto y cariño
que se nota que existe en la cinta. Wood da cuenta de
los días previos al golpe de una forma desprejuiciada
(pero con sus propias opciones políticas ¿un
cristianismo humanista?) y sobre todo personal; el director
quiso contarnos su propia historia para, quizás
a partir de ahí, lograr un encuentro en los imaginarios.
Pregunta: ¿qué
se pierde en los quiebres históricos? Algo extraño,
a ratos muy mínimo, más cercano a una
impresión en primera persona que a algún
escrito analítico. Es algo que está inserto
entre los modos (los ritos, pequeños tópicos
de un día a día) y las afecciones personales
(el cómo sentimos el mundo) más relacionado
con gestos y colores, luces que entran por la ventana,
primeros besos, situaciones familiares y, siempre, el
plano detalle de quien observa que con reglamentaciones
y temas coyunturales. En ese sentido, la fotografía
espacializa la mirada del niño, da las luces,
los colores de una forma acertada, elocuente, expresiva.
La tristeza hacia
el final de Machuca es la de dar cuenta de la pérdida
de esos ritos y afectos, la vida que desde ahí
en adelante se ve como se ve: patios de casas, horas
de café, encuentros individuales en la gran noche
de Chile, donde los que habitan, habitan en las pequeñas
soledades de la parcelación amoblada de los cuerpos,
de acuerdo a lo que, por algún motivo, les tocó
vivir.
Wood da ese sentido
con una imagen única: el protagonista va a ver
una ciudad, la toma poblacional, que se vislumbra como
algo que está en otra parte y que para ir hacia
allá debe ingresar, hacer un cruce de una cancha
- que es desierto- y así poder entrar en aquello
que se veía sólo como una muralla: la
de la clase social. Wood da con un Santiago en el que
conviven dos Santiagos. El de "este" lado
y el del "otro" lado: el Santiago de los "polera
negra" (como grita un niño de clase alta
a los otros niños en la piscina del colegio),
hoy en día el de la S-H de Shile, de las casas
de cartón, blocks, y un mundo que pareciera aparecer
sólo para las noticias policiales de canal 13.
De lo que da cuenta la película desde su oblicuidad
es del fracaso de un ideal político en el que
los cuerpos usualmente marginados tengan un rol activo
en la historia.
Es una visión
de mundo, de las cosas que se impone sobre otro. Ni
siquiera hay un juicio. El ordenamiento, la disciplina,
el recato (se ve en los afiches de la Junta militar,
por ejemplo) logran imponerse sobre algo que, caótico,
abogaba por el encuentro de aquello que está
segmentado o separado por algún motivo: los cuerpos
salen a la calle, lugar donde aquellos que estaban separados
pueden estar juntos en un mismo relato.
Es el silencio de
quienes asistieron al terminar la cinta: todos saben
que aquí ocurrió algo y sólo desde
eso íntimo (sin legalidad, sin querer convencer
a nadie de nada) podremos entender qué significó
aquello que se vivió. Sólo mediante ese
proliferación de los "yo" quizás
pueda haber un diálogo posible ya no entre "las
partes" si no entre los sujetos que han vivido.
Ese es el gran logro de Machuca: dar espacio a esas
conversaciones, esos encuentros que, de alguna forma,
estaban esperando. Mucha gente llora al salir de la
sala ¿qué ocurre ahí? ¿Por
qué todos "respetan" a esa cinta? ¿Hay
ahí un primer paso para un reconocimiento?
El cine resguarda
a la historia, pero quizás desde una forma en
que nadie se imagina, adquiriendo nuevos "yo",
nuevas formas en el transcurrir histórico. Refracciones
y cuerpos devueltos: en los espectros de quienes circulan
en la ficción representada del gran relato de
Chile, los colores, personajes y situaciones ubicadas
en un contexto social (pero personal) determinado. Es
la adquisición y la pérdida en ese devenir
mismo que son los eventos. ¿Hay otra forma de
dar cuenta de ello? |