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C I N E
28 de septiembrede 2004
EL CUERPO DADO, EL CUERPO QUITADO
Por Iván Pinto
Machuca es una cinta de espacializaciones, pequeñas constataciones, donde los protagonistas son quitados del habla y del gesto (por un lado por una situación específica de su historia, por otro, por opción del director que, en efecto, es un gran director de rostros y miradas) y son puestos como cuerpos observantes de una realidad que tiende a escapárseles como totalidad. La mirada de quien da ese cuerpo a la historia está llena de tosquedades -por un tema narrativo-dramático- y de refracciones: quien filma no está fuera de los procesos históricos que relata. El habla, en este caso, es una pérdida notable: ni Martelli (otra gran actriz de miradas) ni otros personajes dan con la intermitencia y eterno fading out de las voces de la época, más bien la representación de esa voz es un gran registro de quienes están representando, desde donde nos están contando esa historia. Similar cosa ocurre con los gestos, ciertos tics, demasiado actuales como para poder recuperar algo que quizás ya nadie recuerda. En lo personal, el único registro que recuerdo con claridad es "La batalla de Chile".

Sin embargo, los méritos de esta cinta no son pocos. De lo filmado hasta ahora (dejando fuera ese macrodocumental de Patricio Guzmán) es lo más cercano a una cinta que sea el relato de los agitados días del ‘73. ¿Cómo lo logra? ¿Qué se produjo? ¿Qué incidió entre el encuentro del público y esta cinta? La respuesta sería una extraña mezcla entre una credibilidad al director (Wood debe ser uno de los directores más queridos en Chile), un momento incipiente y también creíble de la industria del cine local (como producto de mercado el cine chileno ha logrado insertarse muy bien), pero sobre todo el respeto y cariño que se nota que existe en la cinta. Wood da cuenta de los días previos al golpe de una forma desprejuiciada (pero con sus propias opciones políticas ¿un cristianismo humanista?) y sobre todo personal; el director quiso contarnos su propia historia para, quizás a partir de ahí, lograr un encuentro en los imaginarios.

Pregunta: ¿qué se pierde en los quiebres históricos? Algo extraño, a ratos muy mínimo, más cercano a una impresión en primera persona que a algún escrito analítico. Es algo que está inserto entre los modos (los ritos, pequeños tópicos de un día a día) y las afecciones personales (el cómo sentimos el mundo) más relacionado con gestos y colores, luces que entran por la ventana, primeros besos, situaciones familiares y, siempre, el plano detalle de quien observa que con reglamentaciones y temas coyunturales. En ese sentido, la fotografía espacializa la mirada del niño, da las luces, los colores de una forma acertada, elocuente, expresiva.

La tristeza hacia el final de Machuca es la de dar cuenta de la pérdida de esos ritos y afectos, la vida que desde ahí en adelante se ve como se ve: patios de casas, horas de café, encuentros individuales en la gran noche de Chile, donde los que habitan, habitan en las pequeñas soledades de la parcelación amoblada de los cuerpos, de acuerdo a lo que, por algún motivo, les tocó vivir.

Wood da ese sentido con una imagen única: el protagonista va a ver una ciudad, la toma poblacional, que se vislumbra como algo que está en otra parte y que para ir hacia allá debe ingresar, hacer un cruce de una cancha - que es desierto- y así poder entrar en aquello que se veía sólo como una muralla: la de la clase social. Wood da con un Santiago en el que conviven dos Santiagos. El de "este" lado y el del "otro" lado: el Santiago de los "polera negra" (como grita un niño de clase alta a los otros niños en la piscina del colegio), hoy en día el de la S-H de Shile, de las casas de cartón, blocks, y un mundo que pareciera aparecer sólo para las noticias policiales de canal 13. De lo que da cuenta la película desde su oblicuidad es del fracaso de un ideal político en el que los cuerpos usualmente marginados tengan un rol activo en la historia.

Es una visión de mundo, de las cosas que se impone sobre otro. Ni siquiera hay un juicio. El ordenamiento, la disciplina, el recato (se ve en los afiches de la Junta militar, por ejemplo) logran imponerse sobre algo que, caótico, abogaba por el encuentro de aquello que está segmentado o separado por algún motivo: los cuerpos salen a la calle, lugar donde aquellos que estaban separados pueden estar juntos en un mismo relato.

Es el silencio de quienes asistieron al terminar la cinta: todos saben que aquí ocurrió algo y sólo desde eso íntimo (sin legalidad, sin querer convencer a nadie de nada) podremos entender qué significó aquello que se vivió. Sólo mediante ese proliferación de los "yo" quizás pueda haber un diálogo posible ya no entre "las partes" si no entre los sujetos que han vivido. Ese es el gran logro de Machuca: dar espacio a esas conversaciones, esos encuentros que, de alguna forma, estaban esperando. Mucha gente llora al salir de la sala ¿qué ocurre ahí? ¿Por qué todos "respetan" a esa cinta? ¿Hay ahí un primer paso para un reconocimiento?

El cine resguarda a la historia, pero quizás desde una forma en que nadie se imagina, adquiriendo nuevos "yo", nuevas formas en el transcurrir histórico. Refracciones y cuerpos devueltos: en los espectros de quienes circulan en la ficción representada del gran relato de Chile, los colores, personajes y situaciones ubicadas en un contexto social (pero personal) determinado. Es la adquisición y la pérdida en ese devenir mismo que son los eventos. ¿Hay otra forma de dar cuenta de ello?

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