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LOS
DEBUTANTES
País, Año: Chile, 2003
Director: Andrés Waissbluth
Productor Ejecutivo: Sebastián Freund
Fotografía: Arnaldo Rodríguez
Música: Cristián Heyne
Guión: Julio Rojas
Elenco: Néstor Castillana (Silvio), Juan Pablo
Miranda (Víctor), Antonella Ríos (Gracia), Alejandro
Trejo (Don Pascual), Eduardo Barril (Don Marco)
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Día
domingo en la tarde. Hoyts de Huérfanos. Una cola espera para entrar
a ver Los debutantes y me pregunto si es por la "incitante"
publicidad, por el hecho que aparece la Geisha o porque, finalmente, las
películas chilenas causan algún tipo de interés,
por decir algo de carácter más cultural. Intento inclinarme
por lo tercero, sin darle más vueltas, y entro a la sala. Empieza
la proyección.
Desde el
principio, la película anuncia cuáles van a ser sus contradicciones
-y junto con esto, sus méritos y falencias-, que se traducen en
un constante tironeo entre la búsqueda cinematográfica y
el facilismo del espectáculo. Entre dar el paso y no terminar de
darlo. Entre establecer procedimientos narrativos más originales
y no atreverse a utilizar esos elementos para enriquecer más la
película, pero, sobre todo, entre profundizar y no profundizar
en los conflictos de los personajes y dejarlos en meros esbozos.
Pero veamos.
De partida hay que aclarar varios puntos. La película se ambienta
en el mundo cabaretero, semi mafioso de Santiago. La trama recorre la
historia de dos hermanos que se enamoran de una misma mujer, Gracia, que
baila en un cabaret y, a la vez, es la amante del jefe de la mafia. Silvio,
el mayor, trabaja para él y Victor, el menor, es un escolar que
recién se abre al mundo. Poco a poco, ambos se meten en un lío
de proporciones, que termina en una tragedia. Es una película que,
si bien es cierto, se alimenta del realismo algo criollista del tipo Taxi
para tres, sus fuentes están más en el género negro
y esa contradicción que le es inmanente, entre el retrato social
y el mundo desdibujado desde las sombras. No es "realista" ni
su manipulación del relato, ni su fotografía, ni su dirección
de arte, ni mucho menos ese aire opresivo que inunda la cinta a ratos
-y que se desvanece también-.
Ahora bien,
la cinta intenta dar un giro a esta tragedia en descenso: la historia
es contada tres veces desde el punto de vista de Víctor, Silvio
y Gracia respectivamente. Cada historia llena un poco más los recovecos
de la trama, y me atrevo a decir que a medida que va pasando la película,
la historia mejora, siendo, lejos, la de Gracia la más potente
en cuanto a entrar en complejidad. Un personaje que parte como una simple
cabaretera, se nos abre en sus ilusiones y su desolada vida y, por primera
vez, logramos comprenderla. Que un personaje pueda hacer ese trayecto,
desde la desafección a la afección se ha visto poco en el
cine chileno -eso incluso a pesar de la irregular actuación de
Antonella Ríos-. La primera versión, de Víctor, pareciera
ser la más pobre en la búsqueda del motor del personaje.
En cuanto a un ritmo general, la película genera una expectativa
que, torpe, se mantiene, se desdibuja y vuelve a aparecer -justo un momento
antes del final Waissbluth ocupa un elemento distanciador, cuando la película
pedía a gritos cercanía, drama-.
No obstante
lo anterior, los aciertos de esta película no son pocos. Más
allá de su juego narrativo -muy buena idea, no tan bien conducida-,
su plana sicología y su ambigüedad frente al cine, creo que
lo que queda al final es una sensación de angustia, soledad, abandono,
rutas a seguir. De fondo queda el telón de una gran tragedia, donde
se salva quien ha sido más cobarde, pero también el que
tiene más por aprender en este mundo cruel. Queda también
un aire de desencanto, de vidas que necesitan algo más para sentirse
arraigadas, deseos de ascender en la triste vida de clase media de un
liceano, su hermano, una cabaretera. Todos víctimas y culpables.
Todos "debutantes", en algún sentido.
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