Llega uno
de los estrenos más originales y refrescantes
en lo que va del año, Las Trillizas
de Belleville. Tratada con una oblicuidad
y geometría extrema, la visualidad de esta película
nos pone frente al modesto mundo de Champion y su abuela
Madame Souza, cuyos días pasan sacudidos por
trenes y dedicados al entrenamiento de Champion para
el “Tour de France”. Y es en esta emblemática
y sagrada tradición del pueblo francés
donde unos gangsters raptan a tres de sus rezagados
participantes para oscuros designios, uno de los cuales
es Champion, lo que provocará que su abnegada
abuela emprenda un viaje Gulliveriano para rescatarlo,
ayudado por las Trillizas de Belleville, otrora ídolas
del Music may, hoy octogenarias que comen ranas y se
divierten a lo Stomp.
Tal vez por
el hecho de haber sido nominada este año al Oscar
como mejor película animada junto a Buscando
a Nemo y Tierra de Osos, esta cinta puede
generar ciertos prejuicios o, al menos, confusiones
que es mejor despejar de entrada; la única semejanza
entre esta cinta, realizada por la francesa Sylvain
Chomet y las nominadas de Pixar y Disney respectivamente,
es la categoría que compartieron. Sin desmerecer,
por supuesto, a estas entretenidas cintas.
Seríamos,
en cambio, mucho más acertados al hablar de conexiones
entre “Las Trillizas” y el imaginario de
las cintas del director Hayao Miyazaki, autor, entre
otras, de La Princesa Mononoke y El Viaje
de Chihiro, esta última recientemente en
nuestras pantallas. La cinta se emparenta con películas
que ofrecen una materia de expresión visual que
no busca llevar a los niños a sus camas con mejores
sueños, sino todo lo contrario. O, como prefieren
afirmar los alarmistas, películas animadas adultas.
Afortunadamente, en los últimos años hemos
visto liberado a este tipo de cine de la infantilización
a la cual estaba canónicamente ligado desde un
comienzo y, para nuestro provecho, las fronteras entre
cine de animación, cine de arte y ensayo, cine
erótico y cine infantil se desdibujan y se reagrupan
en nuevos e insospechados subgéneros.
Podemos afirmar
que el cine de animación ya no se polariza entre
la animación infantil clásica y la animación
adulta, entendiendo por esta última al Hentai,
Sailor Moon versión hardcore, la ultra
violencia, etc. Hoy, y desde Fritz el Gato o Heavy Traffic,
se hace innegable la presencia de un cine de “monitos”
intermedio, “serio”, donde la audacia del
trazo puesto en movimiento convoca, cual perturbado
hechicero sobre una pócima alucinógena,
imágenes, mundos y construcciones espaciales
y temporales “aberrantes” que le son propias
a este medio de expresión; mundos sobre los cuales
viene reclamando hace ya tiempo su derecho de Creador.
Siempre he
pensado que para lograr la simpleza en el arte no es
imperativa una economía de recursos. El cine
de animación es una profusión de puntos
y rayas, al igual que el cine de ficción es una
suma infinita de granos o aluros de plata; nuestra limitada
visión nos lleva a ver manchas de luz o sombra
agrupadas homogéneamente. Maldita la frase minimal-deco
de “poco es mucho”. En Las
Trillizas de Belleville todo se
mezcla en grandes cantidades; géneros, paisajes,
política interna e internacional, ficción,
sueños, animación e imagen “real”,
etc. Y, sin embargo, el resultado es tan nítido,
tan dúctil al entendimiento y a todas sus posibles
lecturas, que ni siquiera fue necesario subtitular el
film (de todas formas, casi no hay diálogos en
el idioma original). Espero que el boca a boca de quienes
vean la película no propale este punto peyorativamente.
PD: La banda
sonora es excelente, el single “Belleville Rendez
Vouz” es de lo mejor que he escuchado este año.