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Dogma
es un desafío al conformismo del cine. El cine
es la forma artística más conservadora
que existe. Y esta es una manera obvia de provocar,
de crear algún tipo de vida
Tomas Vinterberg
El ciclo de cine de Lars von Trier, ofrecido por el
Centro de Extensión de la Universidad Católica
entre el 3 y el 16 de mayo recién pasados -que
incluyó sus 5 principales trabajos- obliga a
cuestionarse sobre la posibilidad de una vanguardia
en el contexto cinematográfico actual. El director
representa la figura clave del movimiento Dogma 95,
fundado hace ya casi diez años por un grupo de
directores daneses (además de él, Thomas
Vinterberg, Soren K. Jakobsen, Kristian Levring) que
se dirige a subvertir los cánones del cine comercial
en una desestabilización los hábitos perceptivos.
Los filmes exhibidos confirman que esta intención
provocativa no es vana, superficial ni gratuita, constituyendo
una alternativa creíble y sólida al cine
de las grandes productoras.
La
cinta Europa (1990), previa a la creación
de Dogma y la declaración de sus Reglas, representa
una excepción formal en la trayectoria del cineasta.
Argumentalmente planteada como una reflexión
sobre la Europa desvastada de posguerra, se dedica a
revisar los fundamentos y la praxis del cine como medio
expresivo, experimentando con las posibilidades narrativas
y significantes de la imagen a través del uso
de cámara minúsculas, la superposición
de planos, y permanentes citas al espacio cinematográfico
como estructurante del relato mismo. A la vez, pareciera
ser una explicitación muy sutil del cine como
espacio hipnótico, en que renunciamos a una conciencia
crítica sometiéndonos a la lógica
(im) puesta en escena. El narrador inquietante de la
historia, que guía al protagonista, y que a ratos
pareciera guiarnos como espectadores (lo que no está
exento de ironía), de algún modo será
sustituido en Contra viento y marea y en Dogville, por
la fragmentación del relato en episodios, entre
los cuales un texto nos indica el posterior desarrollo
de la acción.
Contra
viento y Marea (1996) que se desarrolla bajo la
forma de un melodrama, ya aplica los preceptos Dogma
de no intervención técnica en la imagen
y de filmar "in situ". A través de
la trágica historia de Bess, una mujer que vive
un amor desmesurado en el contexto de una comunidad
religiosa rigorista e intolerante, se apunta críticamente
a la "comunidad" como un espacio de doblez
ético, en que la actitud colectiva finalmente
se decide por la marginalización de cualquier
"otro" que fracture su normalidad hegemónica.
Esta denuncia de una paranoia homogenizante se verá
reiterada, aunque esta vez con un carácter marcadamente
político, en Dogville.
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Bailarina
en la Oscuridad (2000) asume, recurriendo al formato
digital, las convenciones narrativas del género
musical, tensionándolas frente un desarrollo
dramático en los acontecimientos (se repite la
forma de melodrama de Contra Viento y Marea). En efecto,
el destino inevitable de estas protagonistas femeninas,
que suprimen lo racional en aras de una afectividad
sin límites, pareciera ser una entrega sacrificial
y desesperada, en el centro de un enjuiciamiento social
exacerbado . Von Trier parodiza y desmantela la tipología
de este género - que surge en el EEUU de la Guerra
Fría- delatándolo como artificio ideológico
de función domesticadora, superpuesto a la concreta
realidad histórica de la "caza de brujas"
contra eventuales representantes del "comunismo
internacional" durante aquellos años.
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En
Los Idiotas (1998), el director realiza su constante
sátira-crítica e insistencia en lo hiperreal
por una vía formal y narrativamente distinta.
Este grupo de jóvenes que simula idiotez causando
perplejidad y rechazo en la normalidad circundante,
pudiera considerarse una metaforización de lo
que el mismo movimiento Dogma encarna para la institucionalidad
mediático-estética. Se problematiza así,
a través de citas a lo documental y a lo pornográfico,
la relación entre una propuesta de "contra
intelectualidad", (retorno a lo prelinguístico,
re apropiación de un lenguaje) y un contexto
de manipulación creciente de aquello que se muestra.
Sin embargo, el film se resiste a una lectura simplista,
en tanto evidencia en sí mismo el despliegue
de técnicas manipuladoras de lo emocional. Una
omnipresente cámara voyerista va develando esa
asociación tan actual entre el deseo de veracidad
(lo propio del Reality Show, por ejemplo) y una pornografía
en que lo privado se difumina, en que los márgenes
corporales se anulan y la misma autenticidad de lo expresado
introduce una pregunta por sus fundamentos.
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Dogville
(2003), anunciada por Von Trier como el primer trabajo
de una trilogía sobre EEUU, gira en dirección
opuesta a todas sus realizaciones anteriores. En lo
formal se propone el artificio radical; la escenografía
se formula teatralmente, como pura convención
denotativa. En la cinta -cuyo desarrollo refiere constantemente
al cine negro- se critica sustantivamente la mentalidad
y el cine norteamericano a partir del tema de la comunidad
excluyente: la fobia disimulada (y luego desatada) al
extraño que contradice una serie de lugares comunes
respecto a la asociatividad yanqui. Además se
efectúa una deslocalización disruptiva
de un icono, al aparecer Nicole Kidman como la fugitiva
violada por todo el pueblo (algo similar a lo que se
hace con Bjork en Bailarina en la Oscuridad)
Más
sub textualmente, asistimos aquí a una denuncia
tenaz de las operaciones de ocultamiento y engaño
desplegadas por el sistema de comunicación de
masas estadounidense, sobre todo en el explícito
contraste final entre la falsedad del territorio fílmico
y la realidad innegable del dato fotográfico.
Ello, en contrapunto con una música que hace
que lo doloroso lo sea aun más, que nos lanza
la mentira a la cara, como cómplices de un encubrimiento
histórico que en el mismo hecho fílmico
actual, políticamente entendido, se podría
desenmascarar.
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