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C I N E
04 de mayo de 2004
KILL BILL VOL. 2
Por María Fernanda Carvajal
KILL BILL VOL 2
Titulo original:
Kill Bill vol 2
Director: Quentin Tarantino
Elenco: Uma Thurman, David Carradine, Sonny Chiba, Vivica A. Fox, Daryl Hannah, Samuel L. Jackson, Caitlin Keats
Sitio oficial: www.kill-bill.com
Año de rodaje: 2004
Estreno: 29/04/2004

El segundo volumen de Kill Bill comienza devolviéndonos al punto de partida. En una capilla de El paso, Texas, se está ensayando una boda. La Novia sale a tomar aire, sentado en un banco hay un hombre perturbador de cara desgajada soplando una flauta. A paso lento, ambos personajes se reencuentran y con la calma de una piedra en el desierto, se nos vuelve a mostrar la traición de Bill, esta vez sin sangre y con un hermoso plano que se retira del interior de la capilla hacia el desierto. Kill Bill, vol 2 es menos espectacular que su primera parte, vuelan menos articulaciones y no hay chorritos de sangre adornando los cuerpos caídos de los 88 asesinos vestidos de negro. En lugar de eso, se nos cuenta una mejor historia, pues aparece la pieza clave, el anzuelo de la venganza: aparece Bill. Así, empezamos todo de nuevo, pero sumando un punto de vista que da más brillo e interés al relato, dibujando mejor a los personajes y atenuando la atrevida arbitrariedad de la primera parte. Este volumen está más pulido, más íntimo y más trágico, incluso me atrevería a decir, más romántico.

Nos preparamos entonces para dilatar nuestra pupilas ante el desquite de la Novia con sus tres últimas víctimas. Ahora el escenario se localiza, Texas y México serán los únicos paraderos de la Novia que esta vez llega directamente a sus enemigos. Sucede así que los últimos integrantes de la banda Divas se eliminan unos a otros a través de sucias revanchas -el entierro de la Novia viva, la víbora que muerde a Budd-, como pequeños rituales de sadismo que Tarantino sabe dilatar con talento y crueldad. Así también se nos va revelando más información sobre los integrantes de la banda y escarbamos en el pasado de La Novia y sus aprendizajes de lucha, ya no en el arte japonés de la espada, sino en artes marciales chinas con el arrogante maestro Pei Mei y su barba movediza, que nuevamente hacen pensar en esa forma burlesca que tiene Tarantino de reintroducir los elementos culturales de oriente a sus pastiches cinematográficos.

Este volumen es menos sangriento y eso produce un giro interesante. En comparación a las masacres del volumen anterior, nos encontramos aquí con una suerte de austeridad, que modifica la tensión de la película, la contrae: esta vez, Tarantino encierra la violencia. En los momentos cruciales, la violencia se ve arrinconada (Beatrix Kiddo en su ataúd, combates al interior de una casa rodante, Bill y Beatrix combatiendo sentados a la mesa) dejando entrever sólo movimientos, pequeñas acrobacias y felinos rasguños, detalles y no actos completos. Tarantino niega el escenario abierto, donde la agresión puede desplegarse y elige un espacio donde nada se puede ver claramente. Falsifica la violencia para recrearla en todos los lugares pequeños.

Así el encuentro entre Bill y La Novia también escapa a grandiosidades, generando un anticlímax de graciosa ironía. El propio Carradine plasma con su presencia una quietud, humor y perversión que acentúan el tono burlesco y a la vez espeluznante de las últimas secuencias, donde toda la violencia queda suspendida por la atmósfera tan doméstica que produce el encuentro entre la madre, el padre y la hija, que cocinan, ven televisión y esperan para consumar el duelo pendiente. Los diálogos de estas últimas escenas son probablemente los más interesantes de toda la cinta, haciendo de Bill el portador de una serie de teorías sobre la vida, una suerte de vocero de toda la filosofía 'cool' de un Tarantino que se encarga de desmenuzarla, tragarla y devolverla a través de sus personajes. Tarantino finaliza su culebrón de batallas de forma casi sutil, íntima. Y la última escena es poderosa, sarcástica, sorpresiva.

Tarantino sostiene un estilo, sabe crear un humor y juguetear con el cliché. Sus historias y personajes se mantienen siempre en el espesor que puede darles un maestro del artificio al que no le interesa el fraseo intelectual, ni la sicología de sus personajes, que adopta una falsa inocencia y que sabe construir en la agresividad una imagen seductora. Tarantino es un mirón voraz, que sabe entretejer a partir de sus referentes y caprichos cinematográficos un gran comic de autor y puede solemnizar sus propios desechos estéticos. ¿Arbitrariedad o genialidad? Todavía hay que seguir preguntándoselo.

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