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KILL
BILL
Título original: Kill Bill Vol. 1
País, año: Estados Unidos, 2003
Protagonistas: Uma Thurman, David Carradine, Lucy Liu,
Michael Madsen, Sonny Chiba
Director: Quentin Tarantino
Productores: Quentin Tarantino, Lawrence Bender, E.
Bennett Walsh
Duración: 110 minutos
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Tras seis
años de ausencia, el niño prodigio de Holywood estrena el
primer volumen de su última película, Kill Bill.
Tras el éxito de Pulp Ficcion, Tarantino regresa
demostrando toda su destreza para contar historias, su obsesión
por el reciclaje cinematográfico y la calidad de su capacidad estética.
Kill
Bill parte de un conflicto claro y simple: The Bride (Uma Thurman),
embarazada, es víctima del ataque de su antigua banda de asesinos
a sueldo el mismo día de su boda. Cuatro años más
tarde, la sobreviviente despierta de su estado de coma para vengar la
traición de sus camaradas. La cinta nos muestra la solitaria caza
de La Novia, su persecución a cada uno de los miembros de la banda
DiVAS, y la consumación de un desquite que debe pasar por una serie
de viajes, aprendizajes, estrategias, códigos y rituales propios
de esta raza de asesinos. Con un ritmo precipitado y brutal, esta venganza
nos introduce en un verdadero mosaico de violencia y referentes cinematográficos.
Sin duda,
uno de los sellos más patentes del realizador de esta película
es la violencia. En Kill Bill, el director toma el eficaz
anzuelo de la venganza para desbordar la imagen de sadismo, excesos, sangre
y combates. La violencia de Tarantino es minuciosa, revela una obsesión
por la disección, por fijar la mirada en el detalle. La cámara
se detiene en cada golpe, en cada patada, en cada cuchillada, cada rasguño,
cada chorro de sangre, aunque con un sutil sarcasmo. Su mirada embellece
la agresión, lo que puede provocar distanciamiento o fascinación.
Pero si Tarantino ejecuta una estilización de la violencia, al
mismo tiempo le quita sustancia, la desrealiza. La perfección de
cada gesto, caída o degollamiento da tregua a la atrocidad y le
da a la violencia un nuevo cariz: la convierte en coreografía,
en composición de signos.
De ahí
que en Kill Bill, la violencia sea sobre todo una estrategia
de lenguaje. Tarantino cita la violencia sin pelos en la lengua y la recompone
en su fino tratamiento de la imagen. Kill Bill es una experimentación
y parodia de distintos géneros cinematográficos de acción
y combate. Es una combinatoria del cine de samuráis, de las danzas
karatecas de John Woo, residuos de Westerns, mafia italiana y secuencias
de animación japonesa. El director sabe rescatar la violencia burda,
los géneros menores, y reactualizarlos, resignificarlos: puede
crear a la perfección una escena de artes marciales orientales
con aire a viejo oeste y música siciliana de fondo. Se ríe
de su propia mirada occidental; de la incapacidad de occidente por representar
con fidelidad a oriente, enredando las distinciones culturales entre chinos
y japoneses, el inglés con las lenguas orientales, reemplazando
ingeniosamente a yakuzas y mafiosos por mujeres expertas en el crimen
y la crueldad. Así vemos a Uma Thurman vestida de amarillo (en
homenaje a Bruce Lee) en largas y atractivas secuencias de batallas con
sus rivales femeninas, demostrando sus pericias en artes marciales, como
la muestra más llamativa de la maniobra del director.
Kill
Bill se demora golosamente largas y espectaculares escenas de
combates entre sus protagonistas, evitando la narración lineal
y privilegiando las historias marginales, las evocaciones al pasado y
los recuerdos, más que el presente. Está claro que lo predomina
la forma por sobre el contenido. Tarantino nos cuenta una historia fácil
con personajes débiles, pero sabe lo que hace, y lo hace bien.
Kill Bill es una prodigiosa combinación de registros,
una de las películas más vigorosas, con mayor poder visual
y experimentación formal de Tarantino. Queda entonces esperar por
el segundo volumen.
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