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La premiación en Cannes y posterior estreno en nuestro país de esta cinta viene a hacer justicia a una filmografía que, siempre al margen de los intereses de la industria, lleva más de dos décadas produciendo filmes de absoluta autonomía artística y un intachable compromiso político. Hablo del cine de los Hermanos Kaurismäki (Aki y Mika) nativos de la lejana Finlandia, provenientes de bares de mala muerte, el rock and roll, las cervezas interminables, las citas cinematográficas y el amor al cine de Jean Luc Godard -no por nada el nombre de su productora era "Ville Alfa" en honor a su cinta Alpha Ville- y a una extraña tristeza que parece ser propia de los países nórdicos. Así, podemos considerarnos afortunados por poder ver en nuestras salas una cinta del calibre -y el linaje- de El hombre sin pasado, dirigida por Aki, el más personal de los dos hermanos. Sin mucha información que reste intensidad al ejercicio de puro cine que es esta película, desde los primeros minutos nos quedan claras las reglas del juego. Un hombre cae aturdido por un ataque y pierde la memoria; si acaso una mera excusa narrativa para ingresar a otros territorios, otros lugares entre los cuales intentará reconstruir su vida, un lugar costero, en las afueras de la ciudad. Entre la comedia negra, el drama des-dramatizado y la ternura, la cinta nos pasea por una galería de personajes únicos y memorables: un gordo guardia (Attyla) que intenta ser mafioso con patéticos resultados, una oficial del ejercito de salvación que de tanta ayuda se encuentra sola y pide a gritos alguien que la ame, un abogado que habla como si estuviera con la boca llena y se sabe los artículos de la ley de memoria, una triste banda de folk-rock cristiano que pareciera cantarle a los mismos desolados paisajes de la película y un lote de borrachines muy simpáticos, entre otros, todos seres solitarios, buscando alguna excusa para permanecer vivo en este triste y marginal mundo en el que habitan. Pero nada es tan terrible en la película, todo pareciera estar descrito con mucha melancolía, pero a la vez con ironía, humor y esperanza, esperanza de tiempos mejores, el humor de una fiesta que se acaba pero sigue -como la banda de rock que canta mirando a la cámara- como un salud por los viejos tiempos y la fe intacta esperando mejores tiempos para el mundo, el cine, la política. Nadie más podría haber hecho esta película, ni a ningún otro momento histórico podría hacerse pertenecer este aire perdedor pero vitalista que se respira en toda ella. Para la vieja guardia cinéfila, en honor a Godard, a Bresson, un salud por Joe Strummer -fallecido cantante de The Clash y amigo de los hermanos-, y para quien aún sueñe que las cosas esperan por un mejor mundo. Una película ni si quiera "buena" o "mala", simplemente necesaria. |
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