Dentro de las superproducciones basadas
en héroes del cómic, cuando es un mismo
director el que realiza la primera parte y la secuela,
siempre trata de cuidar más la factura en la
segunda parte, intentando (dentro de las posibilidades
que la producción le permite) incluir ciertos
ingredientes que tienen más que ver con sus visiones
personales. Así lo vimos con Tim Burton y Batman
, Brian Singer y X-men , Guillermo del Toro y Blade
y ahora Sam Raimi y la segunda parte
de El Hombre Araña.
Hace bastante tiempo que no se veía
en la pantalla el toque Raimi, y aunque en la primera
entrega del superhéroe arácnido se veían
atisbos, recién en esta película se recupera,
en ciertos momentos, aquel particular estilo visual
visto por última vez en Rápida y Mortal.
Hasta aquél western protagonizado
por Sharon Stone, Sam Raimi era sinónimo de travellings
sobre rieles kilométricos a velocidad ultrarrápida,
de aberraciones ópticas que superaban las capacidades
de cualquier lente gran angular o teleobjetivo y de
actores contorsionándose hasta más allá
de los límites de su anatomía. Era el
hermano gamberro de Joel y Ethan Coen, que en vez de
parafrasear a Preston Sturges y Raymond Chandler prefería
la chapucería de William Castle y Los Tres Chiflados.
Fruto de aquello son las dos primeras entregas de Evil
Dead y principalmente Crime Wave, donde con guión
de los ya mencionados Coen y posesionado con el espíritu
de Tex Avery, dio vida a uno de los más peculiares
esperpentos que entregó el cine en los años
ochenta. Posteriormente vino Darkman, donde no abandonaba
su toque y el western comiquero antes citado, donde
llevó aquellos ingredientes hasta el paroxismo
sin dejar de perder su norte. Era una especie de Guy
Ritchie predigital, con las ventajas que eso puede significar.
Fue justamente la llegada de los ordenadores
y la renovación del concepto de Blockbuster acontecida
en los noventas lo que lo hizo dar tumbos de ciego,
igual que al otro gran malabarista, Brian De Palma (que
aún anda a los tropezones).
Raimi, a diferencia del director de
Caracortada, y debido principalmente a que
su cine nunca se alejó de la matiné (a
excepción del bodrio Por amor al juego
y la versión b de Fargo, Un Plan
simple), por fin puede volver a caminar erguido
en dos pies y con sus bolsillos rebosantes de billetes.
Se podría incluso decir que agachó el
moño por tanto tiempo sólo para poder
finalmente llegar a estos resultados. Y es que el Hombre
Araña 2 tiene muy buenos momentos Raimi:
los créditos iniciales, la secuencia de la operación
al doctor Octopuss y, en general, la mayoría
de las apariciones del archivillano.
Es el trabajo de un buen artesano que
logra sacarle un buen rendimiento al equipo que tiene
a su cargo. La película presenta buenas actuaciones,
en especial de Alfred Molina, a quien por fin le llegó
su hora de fama, y Tobey Maguire que logra darle la
personalidad de papel roneo que un personaje basado
en una historieta Marvel necesita.
El guión no es gran cosa. A decir
verdad, tiene mucho de telenovela juvenil, pero es efectivo,
en ciertos momentos gracioso y equilibra bien los momentos
íntimos (con tendencia a lo soso) con los de
acción física, necesarios en un film de
hombres en malla y capucha. No se enreda nunca en telarañas
argumentales, lo cual se agradece.
Con respecto a los efectos especiales,
son bastante superiores a los de la primera entrega,
aunque hay que reconocer que Hollywood aún no
ha llegado a solucionar definitivamente las imperfecciones
del movimiento humano generado por computadoras. Pese
a eso, las escenas de acción no defraudan.
Habrá que esperar que después
de la solidez demostrada, los productores le den a Sam
Raimi aún más soltura en la tercera parte,
y así posiblemente los nostálgicos verán
a Bruce Campbell (su actor fetiche) en un papel más
significativo que el de un accesorio portero de teatro.
En resumidas cuentas, cine evasivo de buena factura.