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El
Astuto Mono Pinochet y La Moneda de los Cerdos
aparece con desajustes. Los desajustes de este documental,
último trabajo de Bettina Perut e
Iván Osnovikoff, empiezan por
la cronología que se atrasa un año de
la apropiada, convencional ocasión de estreno,
cuando se cumplía el aniversario 30 del 11 de
Septiembre, gran ocasión de los medios y los
audiovisualistas para sacar conclusiones acerca del
antes el durante y el después del Golpe Militar.
Este desfase, deliberado
o no, por razones de producción o de marketing,
no sabemos, favorece la identificación del segundo
desajuste. Lo expuesto no es material de archivo, el
documental se ha distanciado del objeto más lógicamente
conmemorativo: el documento fílmico, televisivo,
gráfico.
Perut + Osnovikoff
exponen a grupos de niños, de escolares, de estudiantes
de teatro, de talleres de debate, a los actores, los
personajes y los técnicos de un cortometraje
argumental sobre la dictadura militar, representando
diversas aproximaciones al episodio del 11 de Septiembre.
Según estas conciencias infantiles, adolescentes,
Allende es un tonto bueno y un despota. Pinochet, un
maestro del disfraz, lobo vestido de cordero, supervillano
disfrazado de gringo, un anticristo que goza crucificando
a sus víctimas. Fidel, un traficante de armas
con acento de dealer puertorriqueño.
Las recreación
teatral del 11, paradojalmente el modo directo de referencia
a la história, incluye dilatados episodios de
tortura, fusilamientos, suicidios, juegos de crueldad
y de regocijo por el poder.
Estas subjetividades,
que habrán compuesto sus versiones de la historia
a partir de los datos de otras subjetividades fortalecidas
por el prestigio del testigo, lo que exponen es el inventario
de los tópicos esenciales del acontecimiento:
los tópicos de los idealismos, de las incomprensiones,
del malentendido, de la mentira, de la hipocresía,
de la ambición, del deseo, el impedimento, la
frustración, la tortura, la muerte. Lo expuesto
es una ecuación ética de este largometraje
nacional, visto poco y mucho últimamente, siempre
en malas copias, y elevándose a la condición
de película de culto.
Perut + Osnovikoff
han expuesto– exponer, ahora en el sentido de
poner en riesgo una cosa, de someterla, en este caso
a la intemperie de las miradas personales y de la fabulación-
son los temas imaginarios, sacrosantos, del martirio,
de la tortura, y de la conciencia de los protagonistas.
Para los niños Pinochet es un niño que
no sabe perder en un concurso de baile, y Allende, mientras
La Moneda es bombardeada se desespera, llora y dice
que quiere volver a ser niño. Me temo que por
todo esto se expongan los autores a diversos juicios
por herejía.
Desajustados en el
tiempo histórico, desajustados respecto de la
convención representativa, desajustados entre
la gravedad del asunto y el protagonismo infantil y
la estrategia del tratamiento subjetivo, el desajuste
de los materiales dramáticos y de la retórica
audiovisual sólo puede ser considerado como a
propósito.
Los temas y los tonos
saltan de secuencia en secuencia. Parece que los autores
intentaron abrir el debate sobre las causas del conflicto
institucional a la exposición del sustrato ontológico
del malentendido, la palabrería, la propensión
al caos, la hostilidad como modalidad de encuentro,
y la negatividad enquistada en toda significación.
Así la estridencia
cómica de las representaciones infantiles del
golpe se combinan con: las secuencias violentas, de
unos jóvenes que en un asado se enrostran cruelmente
sus diferencias de clase; los episodios morosos, artificiales,
intelectuales a fuerza de autoreferencia, del rodaje
de un corto sobre un padre militar y un hijo frentista;
las secuencias vertiginosas de un grupo de actores jóvenes
que se ejercitan a través de persecuciones, borracheras,
golpes, insultos; los debates y proclamas ridículas
de alumnos del Instituto Nacional que se rebelan para
conseguir la incorporación de mujeres al establecimiento.
El montaje sin efectismos
de continuidad, ni argucias causales, compone una estructura
de oscilación patética y rítmica.
Los episodios periféricos a los del Golpe compensan
dinámica, documentalmente, por las efusiones
de la cámara en mano, la propensión a
lo fijo de lo teatral. El resultado es exasperante,
distanciador.
Los diversos sentires
ante el tema y su trato se legitiman y repelen sistemáticamente;
las estrategias de la presentación y representación
se afirman ambas como posibles pero las dos como parciales.
Lo único que se impone de modo unánime
es el ruido, el desacuerdo, el gesto, que conforme a
la coherencia puntual de las propuestas, dicen más
de una urgente necesidad de la expresión que
de una eventual locura colectiva. Se trata de una polifonía
que señala una simultaneidad de voces que nunca
llega a articularse como coro, y que por lo tanto no
puede realizar la perspectiva etica trascendental que
tienen todos los coros trágicos. Ninguna de las
verdades particulares se impone como La Verdad.
La idea de la simultaneidad
puede explicar el último y más interesante
modo del desajuste propuesto por El Astuto
Mono Pinochet y La Moneda de los Cerdos.
Perut + Osnovikoff
son primero sonidistas que directores. Su arriesgado
trabajo con los materiales acústicos en el documental
“Fernando ha vuelto” de Silvio Caiozzi convierte
en ensayo, en música de cámara, lo que
originalmente estaba destinado a ser crónica,
estudio de caso.
La focalización
acústica de ciertas formas del ambiente (el rugido
de un soplete sellando la urna metálica, el quejido
que precede a cada nota en la ejecución en guitarra
en casa de Fernando Olivares mientras esperan que llegue
su cuerpo) describe mejor que el registro indiscriminado
de lo real la medida y la cualidad de los espacios;
en “Fernando..”, espacio cerrado, introvertido,
en suspenso, magullado.
La ventaja de los
sonidistas es su conciencia sistémica del acontecimiento,
la atención a lo distanciado activo, a lo que
condiciona lo visible más allá del encuadre,
más allá del tiempo y del espacio presentes:
recuerdos, fantasmas, analogías azarosas.
En “El astuto
Mono…” muchas veces, desde el comienzo con
los créditos, el acontecimiento acústico
esta separado del acontecimiento visual y regularmente
desfasados o combinados. En los primeros planos escuchamos
pero no vemos a los niños que juegan a nombrar
la película, juego dirigido por un miembro de
la producción que intuye a la propuesta del “Mono
Pinochet” sigue un buen nombre. Sólo al
final podemos ver el acontecimiento completo.
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Afortunadamente,
para nuestra paciencia y nuestra fe en la inteligencia
que entraña el realismo cruel de Bettina Perut
e Iván Osnovikoff, la tensión escénica
y retórica barroca siempre se equilibra con una
estética de la omisión. Nos parece que
la subjetividad de los autores, sus intenciones de buena
y mala fe, sus opiniones –aun cuando Bettina afirme,
con voz y actitud grave desde el escenario en el día
del preestreno, que lo visto son las subjetividades
de los otros- se ven con más claridad en los
motivos parciales, en los audios que caen sobre los
planos negros o copados de forma o saturados de acción
y en las secuencias donde mortifican el tiempo de la
acción con cámara lenta o plano obsesivo.
Los espeluznantes
diálogos radiofónicos de Carvajal y Pinochet,
los bandos militares a través de radios “patrióticas”,
el bramido de los Hawker Hunter –que en nuestra
memoria acústica asumen un valor semejante al
del estallido atómico en la conciencia de un
japonés-, son ejemplos del primer caso y como
registros fuertes deliberadamente evacuados de imagen,
componen una doctrina acerca de nuestra memoria auditiva,
y del destino de Nada de todo documento: cada una de
esas formas está disponible para cualquier uso
y poco o nada contribuye a la comprensión del
asunto, al desvelamiento del sentido de la Historia.
Esos fantasmas son patrimonio de todos, como lo es también
el tema del 11 de Septiembre.
En cuanto a lo segundo,
al tiempo mortificado, no sabemos si con el tratamiento
de cámara lenta a los planos del rostro furioso
de la niña Pinochet –la perdedora del concurso
de baile-, de las luces multicolores que giran al ritmo
de una música desquiciante; o con el primer plano
obsesivo de la niña Fidel Castro que grita y
se retuerce de dolor mientras es torturada por militares,
Perut + Osnovikoff quieren acentuar en el espectador
el malestar del tratamiento que su dispersión
expositiva y el montaje sobrepuesto disuelven regularmente
o revelar una vocación de Forma, una conciencia
plástica que no luce sino a fuerza de insistencia.
Aun cuando El
Astuto Mono Pinochet y La Moneda de los Cerdos
se resienta menos consistente, articulada y pulida que
“Un hombre aparte”, entusiasma verificar
la insistencia de los autores en una forma que desautoriza
las convenciones instrumentales de lo documental y la
ficción, que legitima la atención despiadada
en un medio donde domina el relato edificante y que
descubre para la incipiente conciencia audiovisual de
nuestro sistema cinematográfico –realizadores+financistas+público+crítica-
la realidad desatendida y sugerente de los sonidos. |