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C I N E
10 de junio de 2004
MIRMECOLOGÍA PURA
Por Gonzalo San Martín
ELEFANTE
Título Original:
Elephant
País, año: Estados Unidos, 2004
Dirección y Guión: Gus Van Sant
Reparto: Alex Frost, Eric Deulen, John Robinson, Timothy Bottoms.
Dirección de fotografía: Harris Savides
Montaje: Gus Van Sant
Música: Ludwig van Beethoven, William S. Borroughs, Hildegard Westerkamp

Asistir al patético espectáculo de la cotidianeidad es algo a lo que estamos poco habituados en el cine, y que debería convertirse en una constante, ya que de él se pueden sacar conclusiones contundentes, como las que se desprenden del Elefante de Gus Van Sant.

Muchas veces he escuchado citar al sistema educacional norteamericano como un digno ejemplo en lo que a educación integral del estudiante se refiere. En esta película, por aproximadamente una hora, se nos confirma dicha apreciación: adolescentes lozanos deambulando por un colegio de una infraestructura envidiable, realizando actividades físicas en un espléndido campus deportivo, asistiendo a cursos de fotografía en dependencias bien equipadas, realizando debates progresistas en las salas de clases con respecto a la condición homosexual, etc. En fin, Estados Unidos cerciorándose que sus individuos jóvenes perpetúen su posición de país "líder del mundo libre". Sin embargo, ¿Qué sucede en los quince minutos siguientes? Todo se vuelve destrucción y aniquilación sistemática. Y el director no nos plantea lo eso como consecuencia de lo primero, sino como el simple acontecer diario en el azaroso juego de la civilización.

Inteligentemente, se nos da constantemente pistas falsas para poder dar una explicación a los sucesos acontecidos al final, pero cualquier espectador libre de ingenuidad se dará cuenta que tienen el mismo peso que las explicaciones dadas por los políticos a los problemas sociales. Ni la humillación por parte de tus pares lanzándote bolitas de papel, ni la bulimia, ni la homosexualidad escondida, ni una historia de alcoholismo familiar, pueden dar una explicación cabal del avance lento y devastador hacia la destrucción.

La mirada de Van Sant es perpleja y distante al mismo tiempo, comparable a la de Robert Bresson en El Dinero y a la de Stanley Kubrick en 2001, odisea en el espacio. El ritual de muerte de los dos jóvenes asesinos es tan terrible y anodino a la vez como los crímenes en torno al billete falso en la película de Bresson y los asesinatos de Hal 9000, ilustrados en forma de rayas en la pantalla de un computador.

El mérito principal del filme es transformar en belleza nuestra falta total de trascendencia. Deleitarnos con los patrones de la hormiga tal como el músico Stockhausen se maravilló con las dos torres derrumbándose por televisión, definiendo el "trascendental suceso" como una obra maestra.

La puesta de escena es cuidadosa en detalles, y todos tienen igual relevancia, desde un perro saltando en cámara lenta hasta una niña tímida pasando imperceptiblemente por el lado de dos jóvenes populares. Salvo por el momento en el que un joven atormentado tapa sus oídos y el vómito de las tres niñas bulímicas en el baño, que tienden a la dramatización, la naturalidad de las actuaciones, lo banal de los diálogos, el pulcro trabajo fotográfico y la elegancia en los movimientos de cámara ayudan a entrar en el trance hipnótico necesario para sumergirse en aquella realidad que, por más que a un joven chileno de clase alta le pueda parecer cercana, es por sobre todo un muestreo del impredecible rumbo de la sociedad estadounidense.

¿Hacia dónde camina el elefante? Tal vez las pistas se encuentran al final del filme, donde un burlón "ini mini miny mo", se entrecruza con las masas de vapor de agua que se mueven al vaivén ineluctable de los cambios de temperatura de nuestra maltrecha atmósfera.

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