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EL
QUINTETO DE LA MUERTE
Título Original: The Ladykillers
Dirección: Joel y
Ethan Coen
Guión: Joel y Ethan
Coen basado en la película escrita
por William Rose
Dirección de Fotografía:
Roger Deakins
Música: Carter Burwell
y T-Bone Burnett
Elenco: Tom Hanks, Irma P.Hall,
Marlon Wayans, J.K. Simmons, Tzi Ma, Ryan
Hurst |
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Casi siempre
se ha manejado el discurso que el remake representa
la cúspide del despropósito hollywoodense,
el icono máximo de la escasez de ideas. Por otro
lado, tenemos a los Hermanos Coen, dos de los guionistas
y directores más imaginativos que ha generado
el cine norteamericano. ¿Qué pasa cuando
se topan con una idea absolutamente irresistible pero
que no les pertenece? Ciertamente, le echan mano a su
condición de directores de la industria, y así,
sin arrugarse filman The Ladykillers,
basada en la clásica película de 1955
de igual título, dirigida por Alexander Mackendrick,
con guión de William Rose. La película
fue una de las más entrañables producciones
de los Estudios Ealing, productora inglesa que en los
cuarenta y cincuenta se especializó en comedias
negras y fue una de las más férreas perpetuadoras
del concepto de “humor inglés” en
el siglo XX (hace poco reanudaron su producción
fílmica e incluso se espera dentro de poco el
estreno de la animación Valiant).
Al
hablar de The Ladykillers estamos
hablando nada menos que de Alec Guiness, Peter Sellers,
Herbert Lom y Cecil Parker. Hacer una adaptación
de aquello implica, por decir menos, “meterse
en las patas de los caballos”. Los Coen se lo
tomaron con calma, y su ejercicio está al extremo
opuesto de lo que hizo Gus Van Sant con la Psicosis
de Hitchcock y se acerca mucho más a lo que hizo
el viejo Hitch al reversionar su película inglesa
El hombre que sabía demasiado.
Es,
claramente, un “Tour de Force”, donde ambos
directores (por primera vez firman su trabajo en la
dirección como dupla) siguen al pie de la letra
el argumento de la vieja versión y, sin embargo,
hacen una película completamente distinta, ya
que mientras la primera no deja jamás de oler
a Inglaterra, el remake exuda Estados Unidos por todos
los poros. Es cosa de ver cómo transforman a
una enclenque ancianita inglesa en una típica
“Big momma” bautista del sur; a partir de
eso el juego ya está armado. Porque no hay que
olvidar jamás que estamos frente a una jugarreta,
planificada a la perfección, donde cada detalle
es importante y son todos juntos los que nos arman la
sonrisa de oreja a oreja con la que abandonamos la sala
de proyección.
¿Quiénes
en la actualidad son mejores que los Coen a la hora
de poner en evidencia la ironía de la vida y
como esta nos condena a la ridiculez de la misma forma
en que un autor lo hace con sus personajes, pero sin
la belleza formal que este puede lograr? Los hermanos
se encuentran en la vereda opuesta de aquellos que piensan
que la realidad supera a la ficción. Saben, como
diría Nabokov, que “la vida es demasiado
arrolladora, demasiado irregular y que su genio es demasiado
desprolijo”, por lo tanto sacan todo aquello que
no realza al azar y todo se vuelve una máquina
de perfecta relojería, pero completamente absurda
(como las maquinarias de Duchamp y Picabia). De ahí
salen situaciones inverosímiles, pero perfectamente
lógicas que pueden involucrar a un bulldog y
a una máscara de gas, a un experto en explosivos
con colon irritable perdidamente enamorado de una montañesa
de cuerpo macizo, a un gato con mente de criminal de
carrera, a un vietnamita de aspecto marcial mezcla de
Confucio con Pol Pot, a un pedante profesor que ha descubierto
la verdadera utilidad de los versos de Edgar Allan Poe,
y nos pueden sumergir personalmente en el más
torpe (y técnicamente notable) partido de football
americano.
Podría
decirse que es la aproximación más directa
de los Coen al universo afroamericano, y aunque el personaje
de Marlon Wayans (en una sorpresiva buena actuación)
sea el clásico negro patán mal hablado,
que podría hacer pensar que los Coen han caído
en cierto estereotipo racista, se compensa notablemente
con la entrañable señora Munson (personaje
que hizo ganar a Irma P. Hall el premio del jurado a
la mejor actriz de Cannes). Al fin y al cabo, en esta
película nadie se salva, ni siquiera el venerable
difunto Othar. Tom Hanks se ve cómodo en el registro
cómico, y aunque su G. H. Dorr está a
la sombra del siniestro Profesor Marcus interpretado
por Alec Guinness, logra una escena final de un vuelo
poético superior al original, ayudado por la
cinematografía del, a estas alturas insuperable,
Roger Deakins y del siempre efectivo Carter Burwell
en la música original. Cabe también destacar
los temas seleccionados por T-Bone Burnett, el mismo
que ganó el Grammy a mejor álbum del año
por O Brother Where Art Thou?; todo queda en
familia.
En
definitiva, los Coen vuelven en buena forma, luego de
su decepcionante Intolerable Cruelty, que aunque
no era una mala película, carecía de aquellas
exquisitas minucias que hacen de su cine un festín
visual sin parangón. Si se compara con aquella
obra trascendental que fue El Hombre que nunca estuvo
(a mi modesto modo de ver, la mejor película
de lo que llevamos de milenio), The Ladykillers
puede ser una soberana tontería, pero sin duda
es una tontería filmada y narrada de manera magistral.
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