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C I N E
23 de agosto de 2004
THE LADYKILLERS
Por Gonzalo San Martín
EL QUINTETO DE LA MUERTE
Título Original:
The Ladykillers
Dirección: Joel y Ethan Coen
Guión: Joel y Ethan Coen basado en la película escrita por William Rose
Dirección de Fotografía: Roger Deakins
Música: Carter Burwell y T-Bone Burnett
Elenco: Tom Hanks, Irma P.Hall, Marlon Wayans, J.K. Simmons, Tzi Ma, Ryan Hurst
Casi siempre se ha manejado el discurso que el remake representa la cúspide del despropósito hollywoodense, el icono máximo de la escasez de ideas. Por otro lado, tenemos a los Hermanos Coen, dos de los guionistas y directores más imaginativos que ha generado el cine norteamericano. ¿Qué pasa cuando se topan con una idea absolutamente irresistible pero que no les pertenece? Ciertamente, le echan mano a su condición de directores de la industria, y así, sin arrugarse filman The Ladykillers, basada en la clásica película de 1955 de igual título, dirigida por Alexander Mackendrick, con guión de William Rose. La película fue una de las más entrañables producciones de los Estudios Ealing, productora inglesa que en los cuarenta y cincuenta se especializó en comedias negras y fue una de las más férreas perpetuadoras del concepto de “humor inglés” en el siglo XX (hace poco reanudaron su producción fílmica e incluso se espera dentro de poco el estreno de la animación Valiant).

Al hablar de The Ladykillers estamos hablando nada menos que de Alec Guiness, Peter Sellers, Herbert Lom y Cecil Parker. Hacer una adaptación de aquello implica, por decir menos, “meterse en las patas de los caballos”. Los Coen se lo tomaron con calma, y su ejercicio está al extremo opuesto de lo que hizo Gus Van Sant con la Psicosis de Hitchcock y se acerca mucho más a lo que hizo el viejo Hitch al reversionar su película inglesa El hombre que sabía demasiado.

Es, claramente, un “Tour de Force”, donde ambos directores (por primera vez firman su trabajo en la dirección como dupla) siguen al pie de la letra el argumento de la vieja versión y, sin embargo, hacen una película completamente distinta, ya que mientras la primera no deja jamás de oler a Inglaterra, el remake exuda Estados Unidos por todos los poros. Es cosa de ver cómo transforman a una enclenque ancianita inglesa en una típica “Big momma” bautista del sur; a partir de eso el juego ya está armado. Porque no hay que olvidar jamás que estamos frente a una jugarreta, planificada a la perfección, donde cada detalle es importante y son todos juntos los que nos arman la sonrisa de oreja a oreja con la que abandonamos la sala de proyección.

¿Quiénes en la actualidad son mejores que los Coen a la hora de poner en evidencia la ironía de la vida y como esta nos condena a la ridiculez de la misma forma en que un autor lo hace con sus personajes, pero sin la belleza formal que este puede lograr? Los hermanos se encuentran en la vereda opuesta de aquellos que piensan que la realidad supera a la ficción. Saben, como diría Nabokov, que “la vida es demasiado arrolladora, demasiado irregular y que su genio es demasiado desprolijo”, por lo tanto sacan todo aquello que no realza al azar y todo se vuelve una máquina de perfecta relojería, pero completamente absurda (como las maquinarias de Duchamp y Picabia). De ahí salen situaciones inverosímiles, pero perfectamente lógicas que pueden involucrar a un bulldog y a una máscara de gas, a un experto en explosivos con colon irritable perdidamente enamorado de una montañesa de cuerpo macizo, a un gato con mente de criminal de carrera, a un vietnamita de aspecto marcial mezcla de Confucio con Pol Pot, a un pedante profesor que ha descubierto la verdadera utilidad de los versos de Edgar Allan Poe, y nos pueden sumergir personalmente en el más torpe (y técnicamente notable) partido de football americano.

Podría decirse que es la aproximación más directa de los Coen al universo afroamericano, y aunque el personaje de Marlon Wayans (en una sorpresiva buena actuación) sea el clásico negro patán mal hablado, que podría hacer pensar que los Coen han caído en cierto estereotipo racista, se compensa notablemente con la entrañable señora Munson (personaje que hizo ganar a Irma P. Hall el premio del jurado a la mejor actriz de Cannes). Al fin y al cabo, en esta película nadie se salva, ni siquiera el venerable difunto Othar. Tom Hanks se ve cómodo en el registro cómico, y aunque su G. H. Dorr está a la sombra del siniestro Profesor Marcus interpretado por Alec Guinness, logra una escena final de un vuelo poético superior al original, ayudado por la cinematografía del, a estas alturas insuperable, Roger Deakins y del siempre efectivo Carter Burwell en la música original. Cabe también destacar los temas seleccionados por T-Bone Burnett, el mismo que ganó el Grammy a mejor álbum del año por O Brother Where Art Thou?; todo queda en familia.

En definitiva, los Coen vuelven en buena forma, luego de su decepcionante Intolerable Cruelty, que aunque no era una mala película, carecía de aquellas exquisitas minucias que hacen de su cine un festín visual sin parangón. Si se compara con aquella obra trascendental que fue El Hombre que nunca estuvo (a mi modesto modo de ver, la mejor película de lo que llevamos de milenio), The Ladykillers puede ser una soberana tontería, pero sin duda es una tontería filmada y narrada de manera magistral.

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