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EL
ARCA RUSA
Nombre original: Russian Ark
Año: 2002
Dirección: Alexander
Sokurov
Reparto: Sergey Dreiden,
Maria Kuznetsova, Leonid Mozgovoy, David Giogobiani,
Alexander Chaban
Duración: 97 minutos |
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El
último film de Alexander Sokurov
(Madre e Hijo, Elegía de un viaje)
es una operática y lúcida "visita"
al museo como espacio de los tiempos superpuestos (espacio
cronotópico) y elemento constituyente de lo que
se da a llamar "modernidad". Desde acá,
Sokurov aborda sin duda tal tragedia (la moderna) desde
dos ejes claros: la anestesia y la amnesia. Lo siguiente
es un intento por ordenar ideas y pensamientos en torno
a tan ambicioso y único film.
1.-
Si el cine es la máquina de los espectros (la
máquina de las apariciones), Sokurov ha hecho
desde ahí una reflexión sobre lo ya ido
y presenta en un verdadero ejercicio de anamnesis (reconocimiento)
las sombras, cuerpos y gestos perdidos entre las revueltas,
idas y venidas del trágico transcurso de la historia
rusa. La película, si bien es cierto, puede ser
leída como la historia perdida entre las más
de 33 salas del museo Hermitage, lugar construido por
un Zar siglos atrás con una intención
determinada: preservar la "alta cultura".
Acá, el museo como el lugar de "hacer presente"
sirve como espacio de operación para "hacer
presente" las dos ausencias modernas: la amnesia
(el olvido de los eventos) y la anestesia (el olvido
del cuerpo). Museo y cine se complementan en un mismo
ejercicio de reconocimiento (en oposición a la
amnesia) y continuidad (en oposición al corte).
Los eventos micro y macro históricos (desde el
transeúnte que visita el museo en la actualidad
hasta una enorme ceremonia protocolar frente a Nicolás
I) se exponen por la retención exacta de las
formas (un estudio detallado de ropajes, objetos, gestos)
al servicio de una imagen que retorna a los espectros
devorados en la desmemoria del avance y el progreso:
el paciente ingresa al laberinto de las apariciones.
2.-
La experiencia de quien recorre (el museo, el laberinto),
en este caso, un escritor aristócrata del S XIX,
es llevada a su máximo punto. La cámara,
en suspensión (un gran paréntesis temporal),
dibuja el recorrido como experiencia condensada, continua
(un plano secuencia sin corte de casi dos horas), que
perdura en su concentración marcada por un off
que pregunta, dialoga, comenta durante todo el film;
film-sueño de alguien que despierta en el medio
de él y en ese espacio hay un acceso a una nueva
memoria (¿se puede estar en una y mil partes
a la vez?). El cine, acá, no sólo es máquina
de la secuencia temporal, sino también máquina
que logra acceder al tiempo de los tiempos, un acceso
fugaz a un todo (cual experiencia mística) donde
no es el tiempo el que se fragmenta, sino es la temporalidad
la que logra ser pensada desde una forma completamente
nueva.
Pregunta:
¿De qué trata el film? Es lo que se niega.
Quizás pueda haber ahí una respuesta de
por qué todas las críticas de este film
a lo único que hagan mención es a la hazaña
técnica de hacer una película en plano
secuencia de 2 horas.
3.-
Pero la película no se quiere situar sólo
como una constatación de formas, más bien
es como si Sokurov quisiera que sus imágenes
traspasaran la pantalla. Las referencias constantes
a olores, sensaciones táctiles, sonidos (una
banda sonora cuidada hasta el mínimo detalle)
y, claro está, a una barroca composición
de la imagen, apuntan a un tercer retorno prometido
en el cine; hacer de tal experiencia una experiencia
de la aisthesis, es decir de los sentidos. El museo
se recupera como la experiencia del cuerpo (elemento
que ya estaba en su anterior film, Elegía
de un viaje). La detención frente a las
obras (Rubens, El Greco entre ellos) y las impresiones
de quienes recorren el museo ("este cuadro y yo
tenemos un secreto" dice una misteriosa aristócrata,
un grupo de eruditos guía al Marqués por
todos los cuadros de una sala, una mujer ciega nos describe
las sensaciones al tocar una escultura) apuntan a constatar
una muerte, de seguro la de una cierta concepción
del arte, una cierta concepción de la cultura.
"Nadie recuerda el pasado" se escucha decir
hacia el final. Luego viene la última secuencia,
una gran procesión a la salida de un gran baile
aristocrático, procesión que, como en
los filmes de Fellini, está cargada de simbolismo
religioso. El salón, las conversaciones, los
trajes, los gestos, todos van hacia el final de la noche,
como en algunos filmes de Visconti, hacia la muerte
de una época.
El
Marqués se despide. Llega la hora de su "muerte".
Vemos el mar. Se acaba el sueño y, con él,
uno de los filmes más sorprendentes del último
tiempo. |