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C I N E
25 de agosto de 2004
EL ARCA RUSA, DE ALEXANDER SOKUROV
Por Iván Pinto
EL ARCA RUSA
Nombre original:
Russian Ark
Año: 2002
Dirección: Alexander Sokurov
Reparto: Sergey Dreiden, Maria Kuznetsova, Leonid Mozgovoy, David Giogobiani, Alexander Chaban
Duración: 97 minutos
El último film de Alexander Sokurov (Madre e Hijo, Elegía de un viaje) es una operática y lúcida "visita" al museo como espacio de los tiempos superpuestos (espacio cronotópico) y elemento constituyente de lo que se da a llamar "modernidad". Desde acá, Sokurov aborda sin duda tal tragedia (la moderna) desde dos ejes claros: la anestesia y la amnesia. Lo siguiente es un intento por ordenar ideas y pensamientos en torno a tan ambicioso y único film.

1.- Si el cine es la máquina de los espectros (la máquina de las apariciones), Sokurov ha hecho desde ahí una reflexión sobre lo ya ido y presenta en un verdadero ejercicio de anamnesis (reconocimiento) las sombras, cuerpos y gestos perdidos entre las revueltas, idas y venidas del trágico transcurso de la historia rusa. La película, si bien es cierto, puede ser leída como la historia perdida entre las más de 33 salas del museo Hermitage, lugar construido por un Zar siglos atrás con una intención determinada: preservar la "alta cultura". Acá, el museo como el lugar de "hacer presente" sirve como espacio de operación para "hacer presente" las dos ausencias modernas: la amnesia (el olvido de los eventos) y la anestesia (el olvido del cuerpo). Museo y cine se complementan en un mismo ejercicio de reconocimiento (en oposición a la amnesia) y continuidad (en oposición al corte). Los eventos micro y macro históricos (desde el transeúnte que visita el museo en la actualidad hasta una enorme ceremonia protocolar frente a Nicolás I) se exponen por la retención exacta de las formas (un estudio detallado de ropajes, objetos, gestos) al servicio de una imagen que retorna a los espectros devorados en la desmemoria del avance y el progreso: el paciente ingresa al laberinto de las apariciones.

2.- La experiencia de quien recorre (el museo, el laberinto), en este caso, un escritor aristócrata del S XIX, es llevada a su máximo punto. La cámara, en suspensión (un gran paréntesis temporal), dibuja el recorrido como experiencia condensada, continua (un plano secuencia sin corte de casi dos horas), que perdura en su concentración marcada por un off que pregunta, dialoga, comenta durante todo el film; film-sueño de alguien que despierta en el medio de él y en ese espacio hay un acceso a una nueva memoria (¿se puede estar en una y mil partes a la vez?). El cine, acá, no sólo es máquina de la secuencia temporal, sino también máquina que logra acceder al tiempo de los tiempos, un acceso fugaz a un todo (cual experiencia mística) donde no es el tiempo el que se fragmenta, sino es la temporalidad la que logra ser pensada desde una forma completamente nueva.

Pregunta: ¿De qué trata el film? Es lo que se niega. Quizás pueda haber ahí una respuesta de por qué todas las críticas de este film a lo único que hagan mención es a la hazaña técnica de hacer una película en plano secuencia de 2 horas.

3.- Pero la película no se quiere situar sólo como una constatación de formas, más bien es como si Sokurov quisiera que sus imágenes traspasaran la pantalla. Las referencias constantes a olores, sensaciones táctiles, sonidos (una banda sonora cuidada hasta el mínimo detalle) y, claro está, a una barroca composición de la imagen, apuntan a un tercer retorno prometido en el cine; hacer de tal experiencia una experiencia de la aisthesis, es decir de los sentidos. El museo se recupera como la experiencia del cuerpo (elemento que ya estaba en su anterior film, Elegía de un viaje). La detención frente a las obras (Rubens, El Greco entre ellos) y las impresiones de quienes recorren el museo ("este cuadro y yo tenemos un secreto" dice una misteriosa aristócrata, un grupo de eruditos guía al Marqués por todos los cuadros de una sala, una mujer ciega nos describe las sensaciones al tocar una escultura) apuntan a constatar una muerte, de seguro la de una cierta concepción del arte, una cierta concepción de la cultura. "Nadie recuerda el pasado" se escucha decir hacia el final. Luego viene la última secuencia, una gran procesión a la salida de un gran baile aristocrático, procesión que, como en los filmes de Fellini, está cargada de simbolismo religioso. El salón, las conversaciones, los trajes, los gestos, todos van hacia el final de la noche, como en algunos filmes de Visconti, hacia la muerte de una época.

El Marqués se despide. Llega la hora de su "muerte". Vemos el mar. Se acaba el sueño y, con él, uno de los filmes más sorprendentes del último tiempo.

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