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C I N E
08 de junio de 2004
EL ESCENARIO DE LA VIDA
Por Iván Pinto
DOGVILLE
País, año:
2003
Dirección: Lars von Trier
Reparto: Nicole Kidman, Jeremy Davies, Chloe Sevigny, Stellan Skarsgaard, Patricia Clarkson, Paul Bettany, Lauren Bacall, James Caan
Duración: 170 minutos

Lars Von Trier escupe su última película, y antes que todo hay que concederle algo: ninguna película ha dado más qué hablar en el último tiempo sobre el cine y sus devenires, sobre artes, políticas, éticas y estéticas. A la vez, ninguna película asume un riesgo formal de tal magnitud. En gran medida, Dogville se sabe película-espectáculo, sabe que sus "rupturas" serán bienvenidas en el mercado porque eso se espera. La única condición es que debe ser explícita en su ruptura, no puede negarle el placer al espectador de saber que está viendo algo entretenido (espectáculo) y a la vez algo con "contenido crítico" (arte). Estamos ante un show, un show macabro, que en su operación reflexiona sobre las condiciones (si se quiere psico-analíticas) en que se constituye y se mueve el espectador contemporáneo.

El cine de Von Trier se sabe muerto, nace muerto. Desconfía de sí mismo, tiene un desprecio profundo por el espectador, por la industria del cine, por el contar una historia. Los referentes (Brecht- como nunca esta vez-, Juana de Arco, Godard) están al servicio de una moral que acusa, señala con el dedo, pero que no está dispuesta a asumir su propia fragilidad, solo a denunciarse a sí misma como película (acá, qué duda cabe, el falso escenario de paredes invisibles, el final subiendo de escalera diegética), pero no en su crítica, destructiva, sin concesiones.

Dogville se mueve en dos ejes, el odio, por un lado (aquello que está, se siente en el aire) y por otro, el mal (como algo que está, que nos atrae y nos repele). Nos hacemos cómplices de Nicole Kidman en su giro sorpresivo final. Nos hace desear la aniquilación del otro, lo vemos como justo. Justo en ese momento, un segundo de arrepentimiento, de descaro: quien ha perdido la máscara no han sido los personajes sino nosotros, los espectadores. "Usted es como ellos" nos grita al oído el cineasta. Quedamos en silencio mientras decidimos qué vamos a decir después de verla ("te gustó?", "que buena", "uff"). Y he aquí el punto. Dogville es un Titanic, un martillo, un suceso completamente grueso, donde los personajes están al servicio de un concepto de fondo, sin matices: Von Trier posee todo lo bueno y lo malo de todas las vanguardias del siglo XX, todo su ímpetu experimental y a la vez todo su totalitarismo. Lo increíble es que en el contexto actual eso se transforme en un evento social. Como decía una amiga, nos "sucede" Dogville y vamos al cine para que eso nos suceda. ¿Es suficiente a estas alturas que nos suceda algo en el cine como para irse satisfechos después de una película? Dejo la pregunta abierta.

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