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Reflexionar
sobre un lenguaje siempre implica una cierta historia
de afinidades, de hitos personales y obsesiones a los
que volvemos empecinados, que no podemos obviar por
su insinuación constante, o por simple obediencia
a un placer –del ojo, de la conciencia- que no
queremos frustrar. Ello se encadena entre la impresión
y la discusión, como un acontecimiento-trabajo-creación
semicolectiva que va de lo íntimo de la dispuesta
soledad al mundo “otro” en la pantalla,
al diálogo. Es un proceso reconstructivo, productivo
de sentido, que sin la recurrencia del encuentro cuesta
alumbrar.
Es así que
el ciclo de Animación Francesa –ofrecido
por en Centro de Extensión de la UC entre el
12 y el 31 de agosto- o, más bien, el cine de
animación en general, plantea la dificultad de
querer aproximarse a un mundo de códigos diversos
al cine tradicional –basado en la fotografía
y el teatro- escasamente tematizado y, para el común
de los mortales, relegado a pasatiempo de la infancia.
En el acto mismo, sin embargo, esta dificultad no existe
(cualquier distancia, es disuelta en el goce) quedando
sólo a nivel de la crítica, en la (auto)
exigencia de un cierto saber sobre aquello que se dice.
Bien, desde el total desconocimiento, sólo a
partir de im-presiones, he aquí algunas notas
respecto a los trabajos presentados.
* Lo insólito,
como un constante sorprender la lógica visual
acostumbrada a las personas, las ciudades, las calles
y las relaciones reales, nos devuelve curiosamente a
un terreno de familiaridad, a revivir imágenes
–déja vu- , a recobrar una lucidez que
contradice precisamente la normalidad –aparente,
construida- de lo creíble. Dos esquimales construyen
un iglú dentro del frigider de la señora
que ve tele. Un buceador bucea en su vaso de agua. El
marido, impertérrito mira una modelo en la televisión.
La modelo, y su acompañante se retiran, muy elegantes
y pequeños, del televisor; ya ha terminado el
programa. “¡Querido, ven a ver!”,
film exhibido junto a otros varios bajo el título
de “Cuentos modernos”, habla de este destello
(re) creador de mundos que ya intuimos o conocemos.
El pensamiento se ha habituado a lo real, pero en lo
fantástico nos reconocemos en nuestra apertura
originaria a imaginar: Ori-ginar. Ima-ginar.
* En este sentido,
“Toro de noche” (bajo el conjunto “Bestiario”)
y “Niña de Alta mar”, en su tono
noctámbulo, onírico y atemporal, parecen
suspendernos en ciertos lugares que recobramos, en ciertos
territorios a los que retornamos sin palabras. La linealidad
narrativa es sustituida por una suerte de mural diminuto,
simultáneo y sin transcurso causal. El primero,
en que un niño y un toro se nos presentan en
las periferias de un pueblo nocturno, se complace en
configurar espacios desde las sombras; cada destello
denota una mirada, un desafío entre ambos, que
asoman desde la negrura hasta el danzar pictórico
en el que finalmente se funden. Se apuesta por la energía
casi ritual de lo viviente frente a lo viviente, de
la potencia y la fuerza pura de cara a la razón
ingenua que lo cuestiona. También se apela la
omnipresencia cromática de un cosmos en que se
diluyen, reconciliados en su desborde.
En niña de
alta mar, un personaje mínimo, frágil,
lejano e indefinible en la misma técnica que
lo anima (¿muñeca? ¿dibujo?), vigila
un océano inmenso con expresión más
vívida que muchos personajes de carne y hueso.
El corto, pequeña fábula de la ausencia
y del deseo, convence y conmueve, al igual que el anterior
–aunque un tanto más narrativo- situándonos
en un espacio que ya ha sido o que podría ser.
* El humor, el ridículo
y la ternura -frente a un trabajo que deviene completamente
de la interioridad de otro, de su técnica creativa,
sus colores, sus formas- hablan de la posibilidad de
concebir vivo-humano todo lo que se mueve, pensante
todo lo que habla, y socialmente existentes todas las
micro realidades que se nos muestran. La cualidad humana
se manifiesta como una proyección que realizamos
hacia el mundo. Lo anormal, lo exagerado, lo invertido
– y la complicidad ante un universo que es materialmente
sólo tinta, papeles, plasticina, etc- subvierten
un afán mediático de hiperrealidad anestesiante,
megalómano y monodiscursivo, que se dedica, por
el contrario, a la tipificación y el vaciamiento
de los mismos personajes humanos. Ver-reír-pensar
tienen que ver con desarmar la grandilocuencia tecnologizante
en rescate de una artesanía visual sin pretensiones
de verdad. |