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Segunda
parte de un film que ayudó a forjar un cierto
imaginario cultural durante los 90s (me refiero a "Antes
del amanecer"), "Antes del atardecer",
viene a sumergirse en el reencuentro de aquella pareja
(Jesse y Celine) que llenó de diálogos
y preguntas en torno al amor, la vida y el azar la sala
del cine Alameda hace unos 9 años (aunque hay
que aclarar que la pareja hace una reaparición
fugaz en el anterior filme animado de Linklater "Waking
life"). En esta segunda parte, Linklater vuelve
sobre algunos de sus tópicos con los que diálogo
en la siguiente crítica.
Las imágenes
de Linklater se detienen frente
a los cuerpos, lugares y momentos que desfilan frente
a la cámara y, como en el mejor Rohmer, lo cinematográfico
tiende centrarse en los modos, en las figuras del contorno
para, a partir de ellas, interpelar otros niveles de
la realidad que están más allá
de esa superficie. Estamos frente a un cine de apariencias
(un extraño retorno del ineludible Bazin), donde
superficie y profundidad calzan en un diálogo
que va más allá del espacio considerado
racional (¿los sueños comunican? ¿Los
azares están afuera?) y donde ambos se hacen
parte de una lógica que alcanzamos a percibir
sólo como flujo. El amor entonces está
entendido como algo que aparece, un fenómeno
de aprehensión (y pérdida) en pleno devenir.
Un ejemplo de esto
lo vemos en el final de la cinta, donde Jesse abandona
a su esposa; la rutina (la figura de la familia, la
responsablidad) son entendidos como lo opuesto al flujo
del cambio, que invocaría el amor. La mejor forma
de articular eso es por medio de una puesta en escena
que deja a los seres frente a la cámara moviéndose
en libertad, el plano secuencia no como ventana al mundo,
pero sí como forma de articular un continuo que
se deja ver sin interrupción, en pleno movimiento
(las traducciones e interpretaciones aparecen después,
por añadidura, frente a eso que aparece en su
sequedad en la pantalla). Las palabras se entretejen
entre mentiras y proyecciones hacia el otro de cómo
quieren ser vistos, sin embargo, más allá
de eso, los gestos de a poco van develando el sentido
real de ese proceso de comunicación, que es un
enamoramiento (¿hay comunicación que no
sea enamoramiento?) para componerse todo en un gran
proceso que convoca a la totalidad de los elementos
de la pantalla (lor personajes que aparecen hacia el
fondo forman parte de la escena que ellos recordarán
como amorosa); el amor como una suspensión del
tiempo que proyecta desde adentro hacia fuera una temporalidad
propia. El amor es entendido como un reordenamiento
de elementos (finalmente un lenguaje) que se expresan
en circularidad sin fin, que entretejen una espacialidad.
El amor, entonces, es entendido como un flujo espacio-temporal.
La trama no tiene
grandes giros y los eventos se suceden en cotidianeidad,
donde el recurso es la inminencia: siempre algo que
pareciera va a ocurrir pero que no ocurre. Esa es la
definición de la coquetería: Linklater
hace un cine de lo sensual y lo táctil a partir
de lo que no ocurre (por que no sucede), pero igualmente
ocurre (todo en ellos indica que sí sucede).
Es la mirada que dejamos deslizar hacia el lado (cosa
que Delpy hace a cada rato) o la sonrisa coqueta y embobabada
que le da Hawke a Delpy. "Vemos" y "Tocamos"
esos labios, reconocemos los detalles de esos rostros
y pieles abiertos el uno hacia el otro y desde ahí
a la pantalla. En ese sentido -como escuché que
alguien deslizaba al final de la función- es
una película "fome", sí. Es
fome como la vida misma, articulada bajo la mirada de
quien nada ve en los detalles, en los gestos, en las
calles de un París idealizado pero cinematográfico
y la luz que construye plano a plano, el paseo por la
calle del que recorre y se apropia de su entorno. Son
seres en devenir: quizás no exista una gran libertad,
sólo ese espacio cinematográfico donde
los eventos tienen apariencia de libertad. ¿Ser
libre se parece demasiado a amar? ¿Cuándo
amamos? ¿Qué se ama cuando se ama? ¿El
amor es una nimia construcción moderna o la fisura
por donde podemos encontrar una esperanza a su fin?
¿Qué relación posee con la memoria?
¿De qué forma esa memoria recuperada (como
la representación de este film) se ha construido
como un espacio en la memoria? ¿Y de qué
forma el relato construye espacialidad? ¿Cómo
recordamos cuando recordamos? ¿Qué es
una película finalmente? ¿Dónde
se puebla?
La
memoria como afecto no cuestiona si un filme es bueno
o malo, quizás sólo lo deja ir en suspensión
para después revivirlo en los diálogos
o escritos a partir de lo propio. Si el lenguaje es
vida, y entre medio de esa historia y nosotros logramos
establecer un vínculo de profundo reconocimiento
(entendido como una reiteración) quizás
en esos destellos (múltiples, casi tantos como
espectadores) pueda haber algo que llamaremos un acceso
cinematográfico a la vida misma, al lado de afuera
de la pantalla, directo hacia la espacialización
de la memoria, directo a lo íntimo del recuerdo
(aquellas imágenes de las que nos habla Bachelard
en "La poética del espacio").
Linklater es cine
como aprehensión, memoria y afecto. De seguro,
se trata de un filme que hubiera disfrutado el desaparecido
Francois Truffaut. |