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21-10-2003
NICOLÁS PHILIBERT
 
Por Vicente Lastra

Durante la primera semana del mes de octubre se llevó a cabo en el Centro de Extensión de la PUC, una detallada muestra de la obra filmográfica del documentalista francés Nicolas Philibert (1951). En Francia, la exhibición de dichos documentales es un verdadero acontecimiento artístico-social, y es frecuente que los testimonios silenciosos de Philibert le disputen, palmo a palmo, la taquilla al estreno hollywoodense del momento.

Licenciado en Filosofía de profesión, Philibert escogió prontamente proyectar sus ideas y pensamientos a través del lente de una cámara. A los 27 años, ya lo encontramos dirigiendo La Voz del Maestro (1978), junto a Gérard Mordillat. Posteriormente, le seguirían El País de los Sordos, Ser y Tener, y La Cosa ínfima, por nombrar las más recientes.

Podríamos decir que el Cine de Philibert es una lección y una exaltación de sutileza, delicadeza humana y recogimiento místico. Sus trabajos son de un manejo y seguridad tal, que a medida que avanzamos en el desarrollo de sus films, nos preguntamos si, de una manera u otra, no estaremos contemplando un día universal, que puede ser el de cualquier Hombre, unido por un lazo de humanidad tan profundo y conmovedor que no recuerda, inevitablemente, las mejores páginas de un Balzac.

Fiel exponente del Naturalismo francés, en la mejor línea del gran Rohmer, lo que nos presenta Philibert es una humanización profunda de la naturaleza, la locura, la infancia, un Museo y su tropel de lienzos, estatuas y telas, la sordera, el mismo Arte, y su posibilidad de redención.

Es en este punto, el de su capacidad existencialista, el que conecta a Philibert con una de las más caras obsesiones de "La Nueva Ola", tanto de Francois Truffaut, como de Jean-Luc Godard: la de desplegar en su visión de mundo el tema del absurdo, bajo una óptica absolutamente agnóstica, y, por ende, desesperanzadora, pero diciéndonos, con absoluta objetividad, que éste puede ser un sentimiento tan Humano como la misma Esperanza, como el Amor y la Muerte. Y es que ahí se encuentra el verdadero talante artístico de nuestro cineasta, su intuición cinematográfica. Sin la ayuda de un guión y una portentosa historia narrativa, su precisión fotográfica, su silencio contemplativo, bastan para transmitirnos qué piensa y cómo siente. Philibert hace caso a los dichos del poeta mexicano Amado Nervo, cuando nos dice que los grandes afectos no necesitan de las palabras para manifestarse, sino de una mirada, una muda caricia... Ese es el secreto del Arte de Philibert, el llamado "cineasta de lo invisible", el poder enunciativo del silencio, que filma sensiblemente su lente.

A mi parecer, y dado que pude gozar de la muestra santiaguina en su totalidad, donde mejor se aprecian las características cinematográficas de Philibert es en el documental Ser y Tener (2002), que, dicho sea de paso, también es el de fecha más reciente en su, a estas alturas, extensa producción.

La historia es simple y sencilla, vista de buenas a primeras: la aparente grabación de la relación que establecen un maestro de escuela rural, y sus pequeños alumnos, en el transcurso de la temporada seglar. Es de esa paradigmática relación, tan importante habitualmente como el amor filial, de la que se sirve Philibert para enseñarnos el significado, grande y profundo, que tiene el Cine para su alma.

Un buen maestro enseña a sus discípulos, antes que nada, a descubrir el mundo, para amarlo, comprenderlo, aceptarlo, entender que no es un monstruo hipócrita, y que a los primeros jalones de riendas, obedece dócil a nuestras órdenes. El Cine para Philibert, en cierto modo, sería eso: una especie de profesor que nos permitiría, gracias a su atributo de eternizar momentos, descubrir una realidad que no podríamos ver de otra manera, si no fuera mediante la magia sin parangón que posee el séptimo arte. Citando palabras suyas, "...en cualquier lugar, hay cosas que ver, que comprender y que escuchar". Philibert escribe sobre la cinta, no transcribe hechos, les entrega algo de su vida y de su temperamento, de su pasión. Tengo la impresión que el mundo se hace menos frío una vez que Philibert lo ha captado.

En el documental al que nos referimos, el Maestro traspasa algo de su humanidad a sus alumnos. Éstos se reconocen como iguales y llegan a mirarse los unos a los otros. Los hace necesitarse, comunicarse con ese don que es alcanzar la plenitud a través de los demás. Para el final, el pedagogo observa emocionado, casi llorando, a sus alumnos, abandonando el establecimiento para disfrutar de merecidas vacaciones. Con la misma sensación uno abandona la sala de cine, después de ver a Philibert, como si, acabada la película, hubiésemos perdido algo que entrevimos fugazmente, pero que no pudimos aprehender.

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