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Ha sido generosa, este año, la programación del Centro de Extensión de la PUC, en entregarnos primicias y material cinematográfico selecto, de rara procedencia y elevada calidad; de extraña factura y delicada fabricación. Después de la muestra de Philibert, llegó ésta, del Nuevo Cine Israelí, efímera, breve, casi inadvertida, pero contundente. Para mí, fue una verdadera y grata sorpresa, encontrarme con un Cine tan profundo en sus temas, y de una sensibilidad artística tan madura, como el que se hace en la antigua Tierra Prometida. A primera vista, podríamos apostillar cuales serían los motivos principales sobre los que elaboraría su trama la materia que nos atañe. Contradicción para aquellos, es que los temas del Séptimo arte israelí, no se estancan en principios arcaicos de moralización política: los sentimientos de culpa, el Holocausto (en un sentido de instrumentalización ideológica), o la disyuntiva palestina, no son el maná que baja desde el cielo para ocultar falencias narrativas y técnicas. El Cine Israelí es fuerte en humanidad, emoción, coherencia orgánica y universalidad interpretativa. Sus historias tienen esa intencionalidad que hace reconocernos a todos más allá de trivialidades exteriores o egoísmos estériles. En sus cámaras y montaje prevalece, preside el escenario, la oscuridad que antecede al encuentro de la Luz. Quizás, retomando la cultura hebrea, su papel, en muchos aspectos, es el de forjadora de la civilización cristiano-occidental, para muchos fallecida tras la Segunda Guerra Mundial. Un buen punto que requiere de más detenimiento para un análisis riguroso. Por otro lado, los acontecimientos y hechos que han conformado la historia de esta joven nación, fundada en 1948, son el cincel que esculpe los contornos de la acción y el desarrollo de las cintas. La diáspora de judíos desde la Europa oriental, finalizada la última conflagración mundial, el fin de la URSS, y un nuevo contingente de exiliados que buscan sus raíces e identidad; el miedo, el temor del terrorismo; la última Guerra del Golfo y su pánico implícito, animan los vaivenes de las distintas situaciones vividas por los personajes. Son el telón de fondo adecuado para que la narración secuencial tenga la veracidad y realismo de un Cine que quiera atestiguar fehacientemente los dramas individuales y, en un aspecto más amplio, comunitarios. Dos films son los que disfruté y aplaudí a rabiar: Los Amigos de Yana (1999) y Enfermo de Amor en la calle Nana (1995). El primero muestra la vida, desventuras y alegrías de la joven y bella Yana, rubia y fina, como sólo pueden serlo las mujeres con una corriente del Danubio y el Volga en el pelo, de los Urales y la estepa infinita, en los hombros y el cuello. Rusa de nacimiento, Yana aterriza en Israel buscando mejores oportunidades junto con su esposo. Pero, las deudas los persiguen y acorralan y las recriminaciones los empujan a buscar soluciones desesperadas. Él retorna a Rusia para buscar dinero, mientras ella permanece sola, en calidad de aval, y embarazada, en Tel-Aviv. En la realidad colectiva, principia la Guerra del Golfo: sus amenazas de misiles mortales y ataques con armas biológicas, el temor a una catástrofe de las grandes. Occidente conoce a ese hombre llamado Saddam Hussein. Y Yana, que cae, poco a poco, en el abismo de la soledad y la desesperación, conoce de la pobreza y la orfandad. Tiene un vecino cineasta, galán e impulsivo, amante del sexo casual, que la conquista ofreciéndole un hombro y ayuda efectiva. Se aman mientras las sirenas sacuden el aire cálido de la noche, y rasgan el silencio e imperio de la luna. Yacen cubiertos con máscaras, pero los cuerpos y el corazón, las almas, desnudas. La otra cinta, Enfermo de Amor en la calle Nana, es un lúcido y espeluznante retrato, de ese raro sentimiento, único capaz de crear la alegría y la esperanza, que es el adorar a otro ser humano. Víctor es un personaje, un casanova compulsivo y arrogante, hasta que conoce a Mijaela, y su obsesión lo lleva a destruir su vida, perder la cordura, y terminar en un hospital siquiátrico. Dentro de la locura, conoce el amor verdadero, ése que vive y palpita en la ilusión y proyección de nuestra alma, no en la correspondencia de una imagen, que al fin y al cabo, hemos creado, nosotros mismo. Recuerdo ahora, al instante, para explayar de mejor forma la idea, una genial frase anotada en un diálogo de El Ladrón de Orquídeas, cuando uno de los hermanos gemelos, segundos antes de morir, y recordando a una lejana amada, le dice al otro: "Yo soy lo que amo, no quien me ama...". Ese es el Cine Israelí: un alentador ejercicio de profundización humana, que hace falta en unos días, donde voces desorientadas quieren arrebatarle al Cine su condición de Arte. |
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