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Mentira,
mentira, yo quise decirle, Carlos Gardel, "Volvió una noche" Hace tiempo que no iba al Normandie, y el esfuerzo, a pesar de los recuerdos, valió la entrega. La sala estaba repleta, como si el público, repitiendo un mito ancestral tantas veces conmemorado por la tribu, se reuniese nuevamente, como siempre, eternamente. Esta vez, pude disfrutar, en su pre-estreno, de Irreversible -2002-, el último y más reciente film del director franco-argentino Gaspar Noé (1963). En semanas ya pasadas, tuve la oportunidad de escribir sobre el hombre y su obra, y de paso, ofrecer testimonio de la "polémica" que suscitó la citada cinta en el Festival de Cannes 2002. La película de Noé es sencillamente formidable. Si hubiera que catalogarla, ésta se ubica, como toda manifestación de vanguardia y avanzada, en la incomprensión de la que es víctima el heraldo y adelantado. Es que Noé es el cineasta de los débiles, de los que no existen de otra manera, sino mediante la aparición de sus universales rostros, en su cámara que no perdona. Es el hijo bastardo ante la ley y en el espíritu, el proxeneta enajenado en una búsqueda enfermiza del placer redentor y autodestructivo, el cerebral filósofo que a la postre termina cediendo a su animalidad y asesinando como el más de los bandoleros... Al inicio de la película ya aparece el atribulado carnicero de Solo contra todos -1998-, contándonos que debió visitar la cárcel como castigo al incesto cometido con su hija en el final de dicha película. Tras cumplir condena por ello, y varios años después, lo observamos filosofando sobre el Tiempo y su capacidad de destrucción inherente. "El tiempo todo lo destruye", nos dice. Qué escena más llena de humanidad, en un escenario de soledad tan grande como un desierto. En ese preciso instante, y aunque Noé después nos muestre un cruel análisis de la Desesperanza, el director pasa a transformarse, precisamente, en todo lo contrario, en un testigo del Ansia humana y en un maestro de la Esperanza; una paradoja tan humana y gigantesca, como lo son el amor y la muerte.
Pero, Irreversible, técnicamente, también cumple con aquellos requisitos tan caros a eso que denominé en mi columna anterior como La Poética del Cine. Comenzando, su forma narrativa es a la inversa de lo habitualmente acostumbrado. La destrucción de la Vida antecede a su nacimiento. El absurdo es el acto primero, y motivo principal de la historia. La oscuridad es la potencia de la luz, la felicidad que concluye con la tristeza infinita. Pero no porque así se le haya antojado al director en un simple afán de ir contra corriente, sino para hacernos notar que el Tiempo vive sólo dentro de nosotros, desenvolviéndose mediante el desfile y sucesión de nuestros sentimientos, nacimiento de nuestras ilusiones y consumación de nuestros destinos. Gaspar Noé se hace cargo, en Irreversible, de una realidad donde el bien y el mal están entrelazados, son la misma cosa, separados uno del otro por un terciopelo azul imperceptible. Una "burguesa" abandona una fiesta donde todo está permitido, y mientras cruza la calle haciendo uso de un túnel, es salvajemente golpeada y violada, a metros del lugar de juerga y esparcimiento. Ahí fuera, también está todo permitido. Eso no gusta a quienes quieren mostrar una sociedad progresista y completamente civilizada, ¡menos, en Francia! Es la prueba más contundente que su pretendido proyecto de felicidad material y, por ende, espiritual, fracasó rotundamente... Allí se encuentran los principales detractores de Noé, en las filas de los librepensadores. La simiente existencialista en la cinta de Noé lo cubre todo. Es inevitable que el rodar incesante de la celuloide haga preguntarnos por el sentido de la vida, de la soledad de nuestros sentimientos, del tiempo que se basta a sí mismo, de la fragilidad risible de nuestros sueños y proyectos, en fin, de todo lo que consideramos esencial para vivir satisfactoriamente. Puedo apostar por Irreversible y señalar que será un film que fundará escuela, al igual que Solo contra todos. El motivo: cumple como pocos actualmente en retratar ese segundo de plenitud y conciencia terrible que explica la existencia y su verdadero significado, lo transforma en siempre. La vida en sí se constituye de esos momentos de lucidez aplastante, y el tiempo que transcurre entre un momento y el que lo secunda lo empleamos en comprender y aventurar conjeturas, obtener conclusiones y delinear comportamientos. ¿Por qué Noé concluye su cinta invocando el cielo? ¿Qué persigue? ¿Qué busca? ¿A Dios, para que regrese a la tierra, o para destruirlo definitivamente? |
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