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E D I T O R I A L

10 de mayo de 2004
QUENTIN TARANTINO
Por Vicente Lastra

Son pocos los cineastas que pueden gozar, estando vivos, del calificativo de leyenda. Lo digo por ese hálito casi sagrado que emana de una figura que ha sido trascendental para el arte en el cual desarrolla sus habilidades. En el cine, desde hace unos veinticinco años, siempre lo ha sido el francés Eric Rohmer, antes Stanley Kubrick, ahora Quentin Tarantino. Y es que el director de Cine norteamericano se ha convertido, a sí mismo, sin quererlo, en el paradigma de un arte y cultura que, a falta de un mejor nombre, en esta ocasión llamaremos "posmoderno". Es así que sus películas son la culminación de un arte visual y literario que es llevado a través del celuloide a su máxima expresión.

Al momento de escribir estas líneas, podemos disfrutar del estreno en cartelera, del segundo volumen de Kill Bill. Es, sobre todo, basándome en esta pequeña saga, que iluminaré mis conclusiones acerca del trabajo de Tarantino.

Quentin Tarantino no presenta una profesión universitaria ni más estudios que los obligatorios en el sistema educacional estadounidense, es decir que nos encontramos frente a un autodidacta, el verdadero título de literatos y diversos artistas e intelectuales. No estudió literatura ni arte, tampoco cine o teatro. El creador de Perros de la calle y Tiempos violentos, eso sí, era un fervoroso lector de novelas, de poesía francesa decimonónica, principalmente de Jules Laforgue, de la filosofía de Schopenahuer, Nietzsche, y de las más diversas tiras de comics.

De esta última actividad, sin duda, heredó su estilo de fantasía y constantes referencias a un mundo donde todo es posible, donde sus personajes asesinan a 88 mafiosos, escapan de una tumba bajo tierra, y ensayan golpes mortales efectuados con los dedos para vencer a sus enemigos. Igualmente es apreciable esta influencia, en la vertiginosidad de sus diálogos, que si bien son levantados con técnicas narrativas simples y predecibles, presentan en sus aparentes toscas palabras profundas ideas y un discurso irónico, desde el que Tarantino echa al ruedo su destreza sin par de presdigitador. Sus diálogos no presentan la estampa pedestre de una película de cine. Aquí lo impredecible, un cambio radical de hechos y situaciones, afirmaciones disparadas a la nada, pero que sí dan en el centro de las cosas, son características de su particular verbalidad.

María Fernanda Carvajal, nos decía precisamente en su crítica para este medio que el director que nos ocupa desechaba todo intelectualismo en pos de un lenguaje cinematográfico casi puro, donde las imágenes prevalecían en forma abismante por sobre frágiles coloquios que parecían estar demás. En contraposición a esta argumentación, a mi entender, las conversaciones en el cine de Tarantino adquieren un papel determinante: la intertextualidad y citas de sus hablantes, nos remiten a parcelas cinematográficas propias, a las que sólo se puede acceder mediante la luz y pistas que nos entregan aquellas oraciones (el monólogo en relación a "Superman", declamado por Bill casi al final de la segunda parte, entra en la órbita a la que hago referencia).

Siguiendo con la hipótesis central de este análisis, las imágenes evocadas por Tarantino no caen en el huracán del revoltijo indiscriminado, debido a que el autor maneja su disciplina a la perfección: es la misma genialidad que hace que leer la poesía de T.S Eliot no nos parezca el colmo de la pedantería. Para hacerlo más explícito, el triunfo de Tarantino es el fracaso de, por ejemplo, Theo Angelopoulus en La eternidad y un día, o la confusión de David Lynch en Carretera perdida.

Pero ante todo, nuestro director lleva la ironía y el sentido del humor, a un límite de sutilidad extrema.

Desde el comienzo de Kill Bill, el guiño a la risa o la desesperación, que puede ser fácilmente perversión, se asemeja a una lograda partida de humor negro, y no sabemos si Tarantino nos encierra durante dos horas para ver una sucesión de patadas y combos, riéndose a nuestras espaldas detrás de la cortina junto al proyector, o si estamos ante una historia monumental y perfecta, que es tan notable en su construcción, que se da el gusto de incluir efectos especiales para justificar un poco su presupuesto y su director la fama de "maldito". ¿Y es que acaso no es una ironía manifiesta la elección de una muñeca como Uma Thurman para encarnar a una "heroína" que despedaza cuerpos humanos a diestra y siniestra? ¿No es el mismo Bill un asesino terrible, dicho en sus propias palabras, que prepara sandwiches a su hija con el cuchillo carnicero de Jack El Destripador? Por favor, tomen nota de la manera en que se limpia los dedos Bill, después de concluir su labor como chef. Y los trajes negros, los peinados, los nombres de los protagonistas, duelos con sables en pleno tercer milenio, verdaderos templos del saber metafísico y bélico, escondidos en selvas ocultas e inencontrables, un proxeneta cuya mejor mujer tiene labio leporino, y las sencillas ocupaciones de un circuito mafioso en tiempos de paro; Hakori Hanzo atendiendo un restaurant vacío en Hong Kong, el hermano de Bill limpiando baños en un boliche de mala muerte enclavado en la soledad sonora de El Paso.

Pero las escenas que nos permiten contemplar a Tarantino en su real magnitud de artista, hondamente humano y cuestionador del orden de las cosas, son las que adornan la conversación entre Bill y la Thurman, antes de enfrentarse en un acto de redención; el todopoderoso Bill falleciendo a causa de un golpe tan verdadero y falso como la realidad entera, que se arregla y cae como un dibujo animado desplomándose para la fotografía -no sé ustedes, pero yo recordé la tercera parte de Allien-; y el final de la guerrera(o), la postal cantando con su hija: el Grial que perseguía.

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