Luis
y Auguste Lumiere
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Desde
sus primeras épocas el cine se preocupó
por las grandes audiencias de público, por ese
universo de multitudes comunes y corrientes que poco
y nada tiene que ver con el hombre culto y meditabundo
que vive rodeado de vanguardia y originalidad. En sus
inicios, el cine fue diversión, entretenimiento,
ejercicio lúdico entre producción documental
y ficción. Eran cintas de sensibilidad popular,
historias de la vida cotidiana confeccionadas con el
entusiasmo de la novedad. A nadie se le ocurría,
por aquel entonces, pronunciar la palabra "arte"
para referirse al cine. Todavía era visto como
una expresión vulgar y superficial.
Más
adelante, cuando los temas se volvieron repetitivos,
el cine empieza a mirar a los clásicos de la
literatura, la Biblia o la misma historia como fuente
de inspiración para sus producciones. Esto llevó
a que una nueva clase de público se interesara
por el cine, espectadores letrados, cultivados culturalmente,
que hasta entonces despreciaban el cine por su escaso
contenido artístico y por su orientación
masiva. De a poco la desconfianza aristocrática
comienza a ceder a partir del momento que la elite cultural
descubre que las películas también tratan
los "grandes temas", en una época donde
los valores culturales superiores se creían privilegio
de otras áreas. Entonces, con la intención
de conquistar a ese público profundo y celosamente
desarrollado interiormente, el cine empieza adaptar
piezas clásicas y se invitan incluso a los actores
de la Comedia Francesa para que las interpretaran.
Estos
esfuerzos, sin embargo, no fueron suficientes para legitimar
al cine como lenguaje propio y autosuficiente. Pero
con el correr del siglo XX, y especialmente a partir
del surgimiento de ciertos clásicos y teóricos,
éste comienza delimitar zonas autónomas
respecto del resto de las artes, su ejercicio adopta
signos singulares y de inmensa novedad estética.
De esta forma, la lucha por la autonomía del
cine comenzaba a librarse, con espectadores y autores
cada vez más comprometidos con desarrollar una
narrativa independiente y crítica en algunos
casos.
André
Bazin
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Es
en este momento cuando el cine inicia su camino por
la academia y su estudio se convierte en una rama de
las ciencias sociales y los estudios culturales. Los
análisis cinematográficos aparecen en
las aulas universitarias mezclados con marxismo y estructuralismo,
y el status del cine se eleva a un nivel en que los
mismos filósofos comienzan a estudiarlo. Desde
ahora, las películas no sólo cautivan
la sensibilidad de las masas, sino también a
los ilustrados e intelectuales, que aprovechan este
nuevo formato para proyectar sus ideas, ideologías
y visiones de mundo. Nace un campo cinematográfico
distinto al de la industria del entretenimiento, bajo
la idea (proveniente de Cahiers du Cinéma)
que la estética de una película puede
constituir una política de autor, con concepciones
del cine y del mundo enteramente subjetivas. Surgen
al mismo tiempo públicos y revistas cada vez
más especializadas, interesados en encontrar
herramientas teóricas que permitan la lectura
de los films.
Este
proceso, que podríamos llamar de racionalización
o toma de conciencia del cine, es mucho más complejo
y extenso que los expuesto hasta aquí, y hoy
en día es un fenómeno de una magnitud
tan asombrosa, que resulta difícil separarlo
de las formas como los propios individuos contemporáneos
se representan el mundo. El cine penetró en la
experiencia vivida de la gente, su imagen es tematizada,
se acepta o rechaza en múltiples circuitos de
la sociedad, en conversaciones informales o clases universitarias,
todo lo cual hace imposible reducir su influencia a
un solo ámbito, como se hacía antes. La
fuerza de la trayectoria del cine se refleja en que
trascendió lo estrictamente cinematográfico
y que sus valores estéticos recorren el mundo
sin discriminación: tanto el consumidor de cine
experimental como el de comedias románticas ve
satisfechas sus necesidades, uno buscando una excitación
de tipo intelectual y el otro una forma de distracción
capaz de hacerlo reír o llorar. Esta idea puede
ser perturbadora para quien pretenda definir la esencia
del cine de una vez y para siempre, pero reveladora
para quien ve en el cine y su historia un sistema que
ha logrado integrar universos que parecían antagónicos,
el de la entretención y la reflexión,
lo popular y lo culto.
En
apenas cien años de vida, y eso es lo increíble,
el cine ha logrado acceder no sólo a la historia
de las artes, sino también a la historia del
entretenimiento y el conocimiento. Observar la historia
del cine y los distintos momentos por los cuales
ha atravesado para conformar propiamente un lenguaje,
es imprescindible para comprender los nuevos procesos
que se vienen. Queda esperar nuevas historias. Sí,
nuevas historias.
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