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E D I T O R I A L

18 de abril de 2004
VICTORIA, LA PELÍCULA MALDITA DEL CINE CHILENO
Por Fernanda Carvajar y Martín Tironi
VICTORIA
Año, país:
Chile, 1959
Director: Néstor Pizarro
Protagonistas: Humbero Salinas, Ezequiel Labarca, Sonia Albornoz, Marisol Bahamondes
Duración: 82 minutos

La década del 50 fue la década de las sombras para el cine chileno. Entre 1951 y 1961 sólo se realizaron 13 largometrajes en el país, algo más de un film por año, lo que no es poco, si se lo piensa bien. Porque había que ser bastante pionero en esos años para hacer cine en Chile El cine era algo que se hacía en OTRA PARTE. Y OTRA PARTE en esos años quedaba muy, muy lejos, no como ahora, que todas las otras partes se acabaron y todos vivimos en la misma red, web o net.

Néstor Pizarro nació en Chañaral en el año 24. Su nombre figura en los créditos de varias cintas de la época, en las que se desempeñó como director de fotografía. Aun así, poco y nada se sabe de su vida, excepto míticas anécdotas aisladas, como por ejemplo, que en los años 1944-43 y según cuentan las crónicas policiales de la época, habría participado del contrabando de película virgen hacia la República Argentina. O que su padre, el camarógrafo Luis Pizarro, habría filmado por casualidad, el mismo año de su nacimiento, uno de los azares más conmovedores de la documentalística chilena: el suicidio de Luis Emilio Recabarren, película hoy enigmáticamente extraviada. Pablo Vergara, en el diario El Siglo, en 1971 comenta: "Carlos Pellegrini y Luis Pizarro lograron filmar el acontecimiento. Esto ocurrió por una extraña casualidad del destino, que hizo que en el momento de la lamentable desgracia se encontrase en las inmediaciones Pellegrini, quien inmediatamente llamó a Pizarro para que filmara el suceso. La copia, que mostraba además los funerales completos del líder proletario, fue adquirida por el PC y hoy día nadie sabe qué fue de ella".

Su primer y único film, Victoria (1959), filmado en las cercanías de Taltal, no circuló por los medios comerciales, pero se exhibió fugitvamente en el Teatro Pedro de La Barra de Antofagasta (ciudad donde vivía Pizarro en esos años). Diez años más tarde sería mostrada en Buenos Aires en una muestra de cine chileno promovida por el consulado de Chile en ese país. De todas formas, la circulación de Victoria se mantuvo en canales informales, invisible a los manuales de cine y la crítica de la época.

Bien se sabe del fracaso del cine chileno para consolidarse en una industria, más aún antes de los años 60, cuando permanece todavía analfabeto, sin un dominio de los códigos de la imagen, inundado por el folletín y sin poder desprenderse del gesto teatral. Chile Films, creado en los años 40, tiene pronto sus bolsillos vacíos y la mayoría de los directores que filman en Chile son argentinos, haciendo aun más frágil identidad filmográfica nacional. En este contexto, la figura de Néstor Pizarro, aparece con una mirada consciente y aguda, aunque claro, perteneciente a los modos de su época.

Victoria, ambientada en una caleta de pescadores en la Tercera Región, relata la historia de un hombre solitario que sale a pescar cada madrugada, sufre de insomnio y deambula día y noche de bar en bar. Las arrugas de su rostro reflejan el calor y el clima seco del norte, o esa condición tan propia del hombre nortino, que parte solo a ganarse la vida al mar, a la mina o arriba de su camión. No sabemos nada de su familia ni de su pasado, solamente que lleva una vida monótona y desgastada, en un pueblo que parece morir de aridez. En una escena vemos a Héctor recogiendo las redes en un amanecer nublado. En seguida vemos el regreso a la ciudad, vacía y polvorienta, que recuerda la Comala de Rulfo. Héctor entra a un bar y llama a la camarera. Llega una muchacha gorda, de redondos senos y dulces labios, que lo mira con profundos ojos negros. En ese momento empieza a sonar La prima cosa bella de Nicola di Bari, canción que sonará cada vez que ellos dos se encuentren, desatándose así la historia de amor entre el pescador y la voluptuosa adolescente.

La escena de este primer encuentro es un hallazgo cinematográfico. La cámara empieza a girar lentamente al interior del bar siguiendo la forma de un círculo. Produce vértigo, una sensación hipnótica que transporta hacia las formas más turbias del amor. La cámara gira rebotando las miradas de los protagonistas en los espejos y ventanas del local. Es una secuencia romántica, de ribetes fantásticos y abiertamente experimental, sin por ello caer en el artificio. Más bien, nos sumergimos en una cotidianeidad perturbadora, de confusión y ebriedad, que parece una escalofriante reflexión sobre el desequilibrio amoroso. Tras ese apasionado encuentro, repentinamente la cámara se desplaza a través de una ventana hacia el exterior del bar y nos muestra un montón de casas y calles en la mitad de la tarde, y entre medio un niño jugando en la falda de su madre. El encuadre se queda ahí, como esperando algo, como si ya no hubiera razón para seguir filmando.

A pesar de sus taciturnos personajes, la película alcanza tensión dramática. El romance entre los protagonistas se enriquece a través de la insinuación de un conflicto en la industria pesquera para la que Héctor trabaja, donde una extraña red de tráfico de armas se sirve de barcos pesqueros para trasladar su botín. Si bien este tema no queda bien resuelto, agrega matices a la cinta, acentuando la sensación de inestabilidad e inminente peligro que parece habitar a toda la caleta nortina y sus pobladores. La película concluye con Héctor inclinándose sobre la cámara, recordando el final de Los 400 golpes en que Antoine Doinel sonríe al lente al mismo tiempo que toca el mar por primera vez. En Victoria el protagonista también sonríe, pero no sabemos si por desgracia o por amor.

Néstor Pizarro con su película Victoria nos hace sospechar de la influencia que pudo haber tenido esta película en la filmografía de Raúl Ruiz. El escenario de los bares, la sensación de extrañamiento y el lenguaje que utilizan los protagonistas, de una dicción y una cadencia fonética que corresponden exactamente a las de los ambientes que refleja, son muy semejantes por ejemplo, a los de Los tres Tristes tigres. El vocabulario que utilizan los personajes es también el de todos los días, sin que ello signifique que hubieran caído en un naturalismo aberrante.

Victoria podría llegar a ser una película de culto, que con su atmósfera perturbadora, personajes contenidos y su turbulenta imagen del amor, parece guardar en su misterioso y extraviado trayecto el secreto de una obra de autor, el punto crítico que hacía falta al cine nacional.

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