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VICTORIA
Año, país: Chile, 1959
Director: Néstor Pizarro
Protagonistas: Humbero Salinas, Ezequiel
Labarca, Sonia Albornoz, Marisol Bahamondes
Duración: 82 minutos |
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La
década del 50 fue la década de las sombras
para el cine chileno. Entre 1951 y 1961 sólo
se realizaron 13 largometrajes en el país, algo
más de un film por año, lo que no es poco,
si se lo piensa bien. Porque había que ser bastante
pionero en esos años para hacer cine en Chile
El cine era algo que se hacía en OTRA PARTE.
Y OTRA PARTE en esos años quedaba muy, muy lejos,
no como ahora, que todas las otras partes se acabaron
y todos vivimos en la misma red, web o net.
Néstor
Pizarro nació en Chañaral en el año
24. Su nombre figura en los créditos de varias
cintas de la época, en las que se desempeñó
como director de fotografía. Aun así,
poco y nada se sabe de su vida, excepto míticas
anécdotas aisladas, como por ejemplo, que en
los años 1944-43 y según cuentan las crónicas
policiales de la época, habría participado
del contrabando de película virgen hacia la República
Argentina. O que su padre, el camarógrafo Luis
Pizarro, habría filmado por casualidad, el mismo
año de su nacimiento, uno de los azares más
conmovedores de la documentalística chilena:
el suicidio de Luis Emilio Recabarren, película
hoy enigmáticamente extraviada. Pablo Vergara,
en el diario El Siglo, en 1971 comenta: "Carlos
Pellegrini y Luis Pizarro lograron filmar el acontecimiento.
Esto ocurrió por una extraña casualidad
del destino, que hizo que en el momento de la lamentable
desgracia se encontrase en las inmediaciones Pellegrini,
quien inmediatamente llamó a Pizarro para que
filmara el suceso. La copia, que mostraba además
los funerales completos del líder proletario,
fue adquirida por el PC y hoy día nadie sabe
qué fue de ella".
Su
primer y único film, Victoria (1959),
filmado en las cercanías de Taltal, no circuló
por los medios comerciales, pero se exhibió fugitvamente
en el Teatro Pedro de La Barra de Antofagasta (ciudad
donde vivía Pizarro en esos años). Diez
años más tarde sería mostrada en
Buenos Aires en una muestra de cine chileno promovida
por el consulado de Chile en ese país. De todas
formas, la circulación de Victoria se
mantuvo en canales informales, invisible a los manuales
de cine y la crítica de la época.
Bien
se sabe del fracaso del cine chileno para consolidarse
en una industria, más aún antes de los
años 60, cuando permanece todavía analfabeto,
sin un dominio de los códigos de la imagen, inundado
por el folletín y sin poder desprenderse del
gesto teatral. Chile Films, creado en los años
40, tiene pronto sus bolsillos vacíos y la mayoría
de los directores que filman en Chile son argentinos,
haciendo aun más frágil identidad filmográfica
nacional. En este contexto, la figura de Néstor
Pizarro, aparece con una mirada consciente y aguda,
aunque claro, perteneciente a los modos de su época.
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Victoria,
ambientada en una caleta de pescadores en la Tercera
Región, relata la historia de un hombre solitario
que sale a pescar cada madrugada, sufre de insomnio
y deambula día y noche de bar en bar. Las arrugas
de su rostro reflejan el calor y el clima seco del norte,
o esa condición tan propia del hombre nortino,
que parte solo a ganarse la vida al mar, a la mina o
arriba de su camión. No sabemos nada de su familia
ni de su pasado, solamente que lleva una vida monótona
y desgastada, en un pueblo que parece morir de aridez.
En una escena vemos a Héctor recogiendo las redes
en un amanecer nublado. En seguida vemos el regreso
a la ciudad, vacía y polvorienta, que recuerda
la Comala de Rulfo. Héctor entra a un bar y llama
a la camarera. Llega una muchacha gorda, de redondos
senos y dulces labios, que lo mira con profundos ojos
negros. En ese momento empieza a sonar La prima cosa
bella de Nicola di Bari, canción que sonará
cada vez que ellos dos se encuentren, desatándose
así la historia de amor entre el pescador y la
voluptuosa adolescente.
La
escena de este primer encuentro es un hallazgo cinematográfico.
La cámara empieza a girar lentamente al interior
del bar siguiendo la forma de un círculo. Produce
vértigo, una sensación hipnótica
que transporta hacia las formas más turbias del
amor. La cámara gira rebotando las miradas de
los protagonistas en los espejos y ventanas del local.
Es una secuencia romántica, de ribetes fantásticos
y abiertamente experimental, sin por ello caer en el
artificio. Más bien, nos sumergimos en una cotidianeidad
perturbadora, de confusión y ebriedad, que parece
una escalofriante reflexión sobre el desequilibrio
amoroso. Tras ese apasionado encuentro, repentinamente
la cámara se desplaza a través de una
ventana hacia el exterior del bar y nos muestra un montón
de casas y calles en la mitad de la tarde, y entre medio
un niño jugando en la falda de su madre. El encuadre
se queda ahí, como esperando algo, como si ya
no hubiera razón para seguir filmando.
A
pesar de sus taciturnos personajes, la película
alcanza tensión dramática. El romance
entre los protagonistas se enriquece a través
de la insinuación de un conflicto en la industria
pesquera para la que Héctor trabaja, donde una
extraña red de tráfico de armas se sirve
de barcos pesqueros para trasladar su botín.
Si bien este tema no queda bien resuelto, agrega matices
a la cinta, acentuando la sensación de inestabilidad
e inminente peligro que parece habitar a toda la caleta
nortina y sus pobladores. La película concluye
con Héctor inclinándose sobre la cámara,
recordando el final de Los 400 golpes en que
Antoine Doinel sonríe al lente al mismo tiempo
que toca el mar por primera vez. En Victoria
el protagonista también sonríe, pero no
sabemos si por desgracia o por amor.
Néstor
Pizarro con su película Victoria nos hace
sospechar de la influencia que pudo haber tenido esta
película en la filmografía de Raúl
Ruiz. El escenario de los bares, la sensación
de extrañamiento y el lenguaje que utilizan los
protagonistas, de una dicción y una cadencia
fonética que corresponden exactamente a las de
los ambientes que refleja, son muy semejantes por ejemplo,
a los de Los tres Tristes tigres. El vocabulario
que utilizan los personajes es también el de
todos los días, sin que ello signifique que hubieran
caído en un naturalismo aberrante.
Victoria
podría llegar a ser una película de culto,
que con su atmósfera perturbadora, personajes
contenidos y su turbulenta imagen del amor, parece guardar
en su misterioso y extraviado trayecto el secreto de
una obra de autor, el punto crítico que hacía
falta al cine nacional.
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