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E D I T O R I A L

12 de abril de 2004
LA IMAGEN DEL CINE O LA AMENAZA DE OTRAS ALTERNATIVAS
Por Martín Tironi

El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante

A estas alturas nadie discute que vivimos bajo la seducción de la imagen. La cantidad de libros y pensadores que tratan el tema refleja que existe un cierto consenso respecto a que lo audiovisual se ha convertido en uno de los ejes de la sociedad contemporánea. Llama la atención, sin embargo, que el discurso reinante tienda asociar la imagen con lo seductor y desvanecente, con el lugar de lo sensual y efímero. Implícitamente, tiende a existir cierta nostalgia acerca del deber ilustrado del hombre de elevarse por sobre las percepciones y engañosas imágenes e instalarse en el plano del razonamiento argumentativo. La imagen y sus formatos no harían más que inhibir la capacidad reflexiva de los individuos, transformándolos en una gigantesca masa inerte exenta de capacidades superiores. La razón, en contraste, la palabra y la lógica, sí están capacitadas para indicar, de manera unívoca, el sentido de las cosas, y aportar a la historia y progreso del conocimiento. La imagen, en síntesis, no ofrece métodos confiables, su contribución sería de carácter más emocional que intelectual, formal que sustancial.

Ante este argumento, es lógico que el cine (como el gran operador de imágenes) sea puesto en cuestión sobre su capacidad de generar ideas propias y distintas. El cine sería una manera de visualizar y modelar ideas solamente, y sus contenidos serían generalmente exportados de otras áreas. La literatura, por su parte, en materia de lanzar ideas al mundo, le llevaría rotundamente la delantera al cine, universalizando temáticas y debates. Una película, en cambio, rara vez ha sido vanguardista en el terreno del conocimiento e imposiciones de ideas. El lenguaje del cine hablaría casi siempre de cosas preexistentes, de cosas de algún modo ya dichas y sacadas de libros u otras fuentes.

Pero es cosa de detenerse un instante para darse cuenta que lo verdaderamente revolucionario del cine no son las ideas per se (para eso claramente están antes la filosofía, la historia y tantas otras disciplinas), como su capacidad de concebir imágenes con sentido. En cierto sentido, las ideas que conseguimos mapear en una pantalla grande también las podemos hallar en un libro de psicología o relato de Borges. La diferencia es que el lenguaje fílmico traduce esas mismas ideas a un formato distinto, con códigos y dispositivos únicos. Entonces, las ideas puras, conceptos y categorías, son marginales al lenguaje cinematográfico. El cine coloca las miradas, guiños, alegrías y todo el arsenal de ideas y situaciones en un espacio y tiempo determinado, con lo que abre territorios insospechados para otros lenguajes. De este modo, las películas no solamente son una forma de materializar ideas, personificar argumentos y escenificar discursos ya conocidos, sino, fundamentalmente, otro lenguaje, otra manera privilegiada de opinar e interpretar la realidad. Privilegiada justamente por el auge de la imagen y la diseminación de los signos, que lejos de ser una trivialización del panorama cultural, funda una de las maneras en que la sociedad se comprende y autoobserva. El dominio de la apariencia, la imagen, la forma, en definitiva, de la estética, pone de relieve la necesidad de tomar en serio todo aquello que las personas serias toman por frívolo y superficial.


Amélie

Así es como la suspicacia respecto de la imagen resulta sobrepasada no solamente por la batalla del cine y su autonomía como lenguaje, sino básicamente a partir del momento que la imagen, de la mano con el cine, deja de habitar en la periferia y límites de la realidad, y se convierte en el vector esencial de la sociedad actual, haciéndose cada vez más importante su utilización en el análisis social y cultural. Podemos alegrarnos de ello o lamentarnos, pero es indiscutible que la imagen esta ahí, omnipresente, en la micro, en la casa, en todos lados.

En un momento en que la sociedad deviene cada vez más compleja y fragmentada, y en donde resulta difícil trazar los límites exactos de su movimiento, la imagen y todos sus derivados (metáfora, símbolo, signo, etc.) irán transformándose en un instrumento de primera calidad para comprender nuestro tiempo y sus diferentes pliegues. Los canales de comprensión tenderán fuertemente hacia la imagen, como una inédita forma de epistemología, porque poco a poco los métodos tradicionales se vuelven insuficientes para traducir las realidades de hoy. Si antes la imagen era sinónimo de lo sensual e irracional, hoy parece ser el dispositivo más apropiado para captar el aspecto abigarrado y descentrado de un mundo de características todavía insospechadas.

El cine, en este contexto, viene a encabezar esta nueva forma de saber y de aproximarse a la complejidad, que a diferencia del rigor conceptual racionalista (científico y universal) asume lo que tiene de simbólico y ambiguo nuestro entorno. La sensibilidad de la imagen viene a contribuir en ese intento desesperado por cuantificar la realidad, pero con un juego de significaciones y alusiones más abierto a lo incierto y al azar. La dificultad de aprehender lo contemporáneo con el lenguaje de las disciplinas científicas clásicas, vuelve precisamente la mirada hacia la estética y su posibilidad de generar sentido ahí donde Freud y Marx lo oscurecen. Porque, al parecer, las cosas a veces quedan mejor representadas con formas, metáforas y juegos de imágenes que con conceptos. Todo ello, por cierto, no implica el relativismo posmoderno, sino tomar la estética-ética de la imagen como una nueva narrativa de acercamiento al mundo, tan válida y útil como las otras.

Este es un tema del cual la crítica cinematográfica tendría que hacerse cargo, y no olvidar que la reflexión sobre el cine como espacio de representación y producción de sentido, es tan importante como la crítica de Wikén. Una reflexión sobre la forma del cine tiene una incidencia que traspasa las fronteras de lo fílmico, y se conecta con las diferentes formas de hacer sociedad.

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