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VI
BIENAL DE VIDEO Y NUEVOS MEDIOS
Museo de Arte Contemporáneo, Parque forestal s/n
Hasta el domingo 7 de diciembre.
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Podemos ver
en la tecnología un abanico de opciones que siempre están
determinadas por la novedad. Si aplicáramos el concepto de vanguardia
que actualmente se ha masificado en todo ámbito, las tecnologías
audiovisuales e interactivas cargarían con gran parte del peso,
dejando para la historia aquello que los artistas del siglo pasado asumían
como un rol de militancia, presencia y activismo artístico. El
término vanguardia, que actualmente se utiliza para definir las
cosas novedosas o de última generación, pierde todo sentido
al momento de dilucidar un panorama artístico. La novedad de la
Bienal de video y nuevos medios no apunta a sólo
mostrar obras en las cuales el epicentro de acción esté
determinado por un soporte técnicamente novedoso, sino que, en
torno a esos soportes audiovisuales o interactivos -que además
han producido un gran impacto social-, muchos artistas han visto la posibilidad
de reconciliarse con la experimentación y han desarrollado propuestas
indesplazables del medio que los acoge. A fin de cuentas, la bienal nos
propone obras, y es desde esa plataforma que la novedad llega como un
bálsamo que tiñe y reúne a todos los trabajos bajo
un mismo techo.
Sin embargo,
aún me parece poco preciso el hecho de concebir todas las obras
montadas en el MAC como un solo bloque de novedades. Muchas de ellas parecen
escaparse a la denominación que las reúne, conformándose
como resumideros nostálgicos de aquello que alguna vez nos hicieron
creer las tecnologías de punta. No es necesario transformar esta
crónica en una crítica al positivismo tecnológico
de los ochenta, ni reafirmar una especie de postexistencialismo avalado
en la desilusión del poder tecnológico, ya que en ningún
momento las obras presentadas en el MAC asumen la condición esperanzadora
de una carrera espacial o de una raza humana sin aflicciones gracias a
los servicios prestados por la ortopedia tecnológica -al estilo
Supersónicos. Por el contrario, es curioso ver como la novedad
de Internet actualmente es plausible para el 6% de la población
mundial y cómo, dentro de ese reducido número, las manifestaciones
artísticas parecen invisibles al enmarcarse en la interfaz funcional
del medio Internet. Algo similar sucede con algunas de las videoinstalaciones,
montajes sorpresivos, pero en muchos casos carentes de un contexto donde
ser digeridos y/o asumidos por el gran público consumidor de productos
artísticos.
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Si para ver
la Bienal vamos a establecer un vínculo entre arte y tecnologías,
no va a ser por medio de los objetivos que ambos persiguen, sino por un
mero alcance técnico. Porque, definitivamente, para poder hablar
de bienal debe haber un marco teórico, aunque sea uno tan mentiroso
como el de la anterior bienal de Sao Paulo, abierto a todo tipo de propuesta,
pero entrecruzando las lecturas de manera que algo se pueda dilucidar
y no quedarse en el sólo hecho de repletar con nombres y computadoras
el museo.
La falta
de difusión ayuda a que la cosa se ponga aun más difícil
y que esa segregada minoría que disfruta mundialmente de Internet,
se reduzca hasta hacer impalpable un evento que por su sola existencia
debería ser validado como hit sociocultural. Pero es una característica
que se viene dando de manera reiterada en los grandes eventos culturales
acaecidos en Santiago; recordemos la reciente feria del libro y su pobre
impacto. Cuando en otros lugares del mundo la idea de realizar grandes
encuentros artísticos parece ir diluyéndose, en Chile, donde
recién se han realizado unas cuantas cosas, la falta de infraestructura
y de medios hace imposible un acercamiento social efectivo de los productos
culturales más recientes. Lecciones para una próxima vez,
lecciones como para que se comience a gestar un verdadero museo de arte
contemporáneo, construido especialmente para albergar muestras
como la bienal de video, la bienal de arte joven, y por qué no,
una futura bienal de Santiago; todas muestras que requieren de otro tipo
de musealidad.
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