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18-06-2002
EL DUQUE DE BOMARZO EN EL DI TELLA

BOMARZO
Ópera en dos actos y quince cuadros
Músca Alberto Ginastera, libreto de Manuel Mújica Láinez

Coro y Orquesta Estables del Teatro Colón
Dirección musical: Stefan Lano
Director del Coro:
Alberto Balzanelli
Alfredo Arias, dirección escénica
Roberto Platé, escenografía
Françoise Tournafond, vestuario
Joël Hourbeit, iluminación
Diana Theocharidis, coreografía
Elenco: Carlos Bengolea, Marcelo Lombardero, Ricardo Yost, Luciano Garay, Christian Peregrino, Marcos Padilla, Carole Farley, Virginia Correa Dupuy

Teatro Colón
Del 13 al 25 de junio

Bomarzo de Alberto Ginastera fue encargada por Hobart Spalding, presidente de la Opera Society de Washington, Estados Unidos de Norteamérica en 1964 y fue estrenada en esa ciudad el 19 de mayo de 1967 en el Lisner Auditorium de la George Washington University. Las crónicas de dicho estreno llegan prontamente a Buenos Aires y escandalizan a la pacata sociedad de entonces.

Sólo por la descripción acertada de un crítico que indica los elementos de violencia, sexo y alucinación que tiene la obra (por otra parte no muy distintas a los de Rigoletto, por citar sólo una ópera), el dictador argentino de turno, general Juan Carlos Onganía, prohíbe el estreno previsto en el teatro Colón para agosto de 1967, inscribiéndose en la corta lista de autócratas censuradores de obras de arte en el siglo XX junto con Hitler, Stalin y alguno más.

Por ello, para la Argentina, Bomarzo siempre esta ligada con ese escándalo inicial. Pero Bomarzo es mucho más que un escándalo pasajero que nuestra sociedad no quiere olvidar. Es una de las partituras más importantes de la producción operística nacional y con toda justicia ha retornado al escenario del Colón en una versión muy buena por todo concepto en el vigésimo aniversario del fallecimiento de Alberto Ginastera.

La puesta en escena

En lugar de ubicar la acción en la renacentista Bomarzo, Alfredo Arias y Roberto Platé decidieron ambientar la acción en el Instituto Di Tella en la época del estreno de la ópera. El Instituto Di Tella fue un mítico espacio de las vanguardias artísticas de la década del '60, donde -entre otros- actuaron Alberto Ginastera (director del Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales del Instituto), los mismos Arias y Platé, Mujica Láinez, Oscar Aráiz, Marta Minujin, Marilú Marini, Gino Germani, Les Luthiers, Federico Klemm, Julio Le Parc, Griselda Gambaro, Federico Peralta Ramos, etc.

En lugar de las monstruosas esculturas de piedra, surgen en el espacio del Di Tella con la calle Florida por detrás, unos pocos elementos de ambientación iluminados en forma rutinaria. Arias y Platé trabajan la idea que ese ser mezquino, vengativo, cruel y acomplejado puede ser cualquiera de los vanguardistas de los '60 o más aún cualquiera de nosotros. Los ambivalentes trajes que mezclan lo moderno con lo atemporal y lo renacentista crean un clima extraño que termina fatigando al espectador por el abuso de la gama de los colores grises y negros. En toda esta concepción, el trabajo escénico de Arias busca la belleza plástica en cada una de las escenas, consiguiéndolo solo en forma parcial.

Inexplicable nos resultó el abrupto corte en el cuadro segundo, y que además no se caracterizó a los tres hermanos como niños, sino que fueron representados en la misma forma que en el resto de la obra. El añadido en forma permanente de movimientos coreográficos que nada añaden a la acción y que terminan haciendo perder interés al único cuadro coreográfico imaginado por los autores, o sea en el sueño onírico, tampoco resultó feliz como el cubrir al protagonista muerto con la bandera argentina.

La interpretación

Puntal de la versión fue la concertación orquestal de Stefan Lano, quien demostró conocimiento preciso de la partitura y un serio trabajo de preparación. La Orquesta Estable del Colón respondió adecuadamente a la batuta del maestro, lo mismo que el Coro Estable.

El protagonismo del 'Duque de Bomarzo' es casi excluyente. Está presente en la casi totalidad de las escenas y exige una gran labor escénica y vocal. Carlos Bengolea afrontó el riesgo con gran entereza y entrega, componiendo un muy buen protagónico.

Marcelo Lombardero demostró su calidad, afinidad y aptitud en este repertorio con su 'Silvio de Narni' mientras que Virginia Correa Dupuy evidenció nuevamente su ductilidad y calidad vocal para afrontar todo tipo de roles con esta 'Pantasilea'. La soprano Carole Farley, que Buenos Aires conoció en varios conciertos tiempo atrás y como 'Jenny Hill' en el Ascenso y Caída de la Ciudad de Mahagonny en 1987, efectuó como 'Julia Farnese' una muy pálida labor. Su castellano es incomprensible y su línea de canto muy pobre. Una contratación que no se justifica realmente.

Alejandra Malvino fue una 'Diana Orsini' con gran presencia escénica y algunos problemas vocales en una tesitura demasiado grave para la mezzosoprano. Del resto de los otros roles, todos pequeños en duración pero comprometidos desde lo vocal, destacamos las actuaciones de Luciano Garay como 'Girolamo' y de Christian Peregrino como 'Maerbale'.

Excelente por su musicalidad la niña Carla Franzé como el 'Niño Pastor', mérito del que no es ajeno el director del Coro de Niños del Colón, maestro Valdo Sciammarella.

En suma: el Colón cumplió adecuadamente con la ópera de autor nacional esperando lo siga haciendo en adelante con el mismo nivel de calidad para todos los otros autores argentinos tradicionales o modernos.

Por Gustavo Gabriel Otero
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